viernes, 20 de mayo de 2016

Día 733: Houdini

      El hombre fue en todo momento consistente a su fachada. No adiviné el precio de sus mentiras hasta que fue, digamos, muy tarde. No debo culparlo, a veces es la juventud lo que nos hace cometer ciertas impertinencias, a veces pasajeras, a veces no tanto. 
      Hubiera dado parte de mi herencia con tal de saber al menos el nombre del ilustre desconocido. Debí contentarme, en cambio, con unas siglas: W.R. Walter Rodney, Wilson Richards o William Reichhart, lo mismo da. Nunca me van a alcanzar las guías telefónicas del mundo para develar el misterio del nombre.
      Advertirán pronto el peligro de mi obsesión. Muchos en el pasado trataron de importunarme en ese mismo tópico. Palabras de mi hermana: "Déjalo ir, Bautista, ese hombre es tu pasado. No dejes que la obsesión sea el gusano que roe tu carne" un comentario sagaz, ¿no les parece?
      Perseguí las huellas borroneadas de W.R. al menos por tres de los cinco continentes conocidos. Eso es mucho decir. Fueron diez años en mi vida. Pasé hambre y fastuosidad, y a veces nada. Es el sentimiento más grato, sentir nada. Creo que es lo más cercano que podemos estar de los dioses. Al menos es lo que se nos permite a nuestra especie.
      De todos modos no importa. Vuelvo a mi relato. Juré ser fiel a la historia que deseaba narrarles. No es a mis digresiones adonde quiero conducirlos si no al descubrimiento capital, el día en que desenmascaré el vil accionar de mi enemigo.
      Lo supe tratar como a un hermano, no por conveniencia de sentimientos, no. Fue más bien la circunstancia de los eventos. No dilataré más esta situación. El hombre estaba prometido con mi hermana. El título es futuro cuñado. Cuesta entender como mi hermana tampoco pudo confesarme su nombre. Una explicación lógica situaría a este hombre en el lugar de un loco, analfabeto, huérfano bastardo, gangoso o una combinación de varias. H la verdad no, nada de eso. W.R., a mi pesar, insiste en vivir la existencia de un hombre normal. Nada que sea lógico, nada que merezca explicaciones.
      Iré al evento principal. Una noche en mi casa fui anfitrión de una partida de canasta. Bebimos y fumamos habanos hasta que el sol nos expulsó a la calle. Fuimos locuaces, temerarios y todo lo que se pueda pretender de un caballero. Pero no lo se por mi boca, ni por los tres concurrentes de aquella velada. Es una suposición. Igual que esta animadversión hacía W.R. No volví a verlo por la ciudad. Dejó a mi hermana con una escueta carta y muchas preguntas en la garganta. A mi me descolocó, en un sentido literal. Ya no volví a ser el mismo. Fui extirpado de mi esencia. No quise culpar al tabaco o la bebida. Debió ser W.R., un ladrón de buena monta. Allá debe estar, con algo que era mio y no sé qué es, salvo que era mío. Debe estar. Por las noches oigo al viento reírse de mí. A veces me pregunto qué tan cerca pueda estar. Y la ventana sigue abierta, a la espera.

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