sábado, 21 de mayo de 2016

Día 734: Azares

      Instigado por la culpa el apostador contrajo una deuda más con el fisco. No fue a propósito, fue la única explicación que salió de su boca. La esposa, fiel, dócil y paciente, observaba. La última gota explotó el vaso. No fue una discusión de palabras fuertes. Más bien se dijeron frases acertadas. Precisas. Como el escalpelo que sabe conducirse al lugar justo.

      Dieciséis años de matrimonio echados a la basura por una mala jugada de póker. La historia de su vida. Por cierto, el apostador tenía serios problemas con el alcohol. Él y la bebida se amaban con locura, y eso no es algo bueno. Las personas suelen ver prontuarios de gente adicta en esta clase de amores. Pero su amor por la bebida no era superado por las cadenas del juego.
      El tirano mono no se colgaba de su espalda, era un maldito hijo de puta que arañaba sus piernas y no lo dejaba caminar. Ese mono incitador de catástrofes. El que hace flotar con delicadeza las palabras. Que suaviza las pérdidas y exacerba las ganancias por más ínfimas que sean. Palabras del mono: "por una jugada peor cayó Roma" Así fue. Pero el apostador nunca fue Roma. Ni siquiera llegó a consolidar su imperio. Nació derrumbado desde la cuna.
Así fue como en su tierna infancia el apostador delineó parte de lo que sería el constructo de su destino. Colocó ladrillos fuertes, a prueba de sopladuras de lobos maliciosos. Fue un chanchito trabajador, de los buenos. Para cagarse la mente hay que hacerlo con ganas, sino no sirve. Esa fue la enseñanza de su padre, que en eso de cagar mentes lo aventajaba con creces. Padre, esa institución monolítica, laberinto impenetrable, dador y quitador de sabidurías. Su salvación y su tumba. El apostador apostó a una relación con su progenitor y perdió todas las fichas. Padre es una palabra muy grande. Padre Salomón.
      El apostador y el hombre que cagó su mente tomaron caminos separados. El apostador huyó de la casa paterna al cumplir la mayoría de edad. Padre murió bajo el signo de Cáncer, con ascendente en próstata. Librado del pesado fantasma del cagador de mentes. El apostador se sintió libre de hacer lo que bien le salía desde jardín de infante: jugar y hacer apuestas.
      Primero fueron bolitas, luego juguetes. De joven apostó relojes y el dinero que venía de ciertas ventas de droga. Los malos hábitos con la edad se disiparon. Solo quedó el mono. Ese mono ancestral, el rasguñador de rodillas. Ese mono hijo de puta. Su nuevo padre.
      Más temprano que tarde las deudas aparecieron. Facturas impagas por acá, préstamos no devueltos por allá. Y claro, la moratoria eterna con el fisco. Cansado de perder en lo que sea, el apostador cayó en la única tentación hasta ese día evitada. Haría trampa. Como los mejores.
      Convocaría a cinco personas de su confianza para una partida de ruleta rusa. El reglamento del juego es sencillo. Una bala dentro de un revolver. Aquel que pierde, recibe la bala dentro de su cráneo. Los ganadores o sobrevivientes se reparten las ganancias del perdedor. Y así prosigue el juego hasta que alguien se aburre o tiene miedo de perder.
El juego lo llevaría de nuevo a la cima. No le fue difícil conseguir el revolver necesario para tales menesteres. Uno trucado, que dispara solo en el momento indicado de acuerdo al modo de uso del percutor.
      Esa noche se armó la ronda. Seis personas se pasaban de mano en mano el revolver como si fuese un cigarrillo de marihuana. Click. Click. Click. Click. Así hasta contar siete. Uno de los jugadores revisó el barril para cerciorarse de encontrar la bala en su lugar. Click. Click. Click. Los sesos de la persona sentada al lado del apostador mancharon la mesa y parte de su pantalón. El apostador propuso una nueva ronda. Dos de los jugadores desistieron. Solo quedaron, entonces, dos personas en juego. Cargó una vez más el revolver y, como una gentileza, el apostador tomó el primer turno. Click. Click. Click. Un click extraño. Click. Un dato curioso: el apostador ganó.

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