lunes, 23 de mayo de 2016

Día 736: La veintiunava extinción

      Es insostenible. Existe la posibilidad y sucederá. Después no me digan que no se los dije, porque se los dije, y mucho. Pero claro, ustedes prefieren tratarme de loco, porque es lo que más les conviene para su acotada sabiduría. Dije, ahí vienen los advenedizos. Ahí vienen. Van a tomar nuestras almas y van a hacer un yogurth con ellas. Si, un yogurth de alma. No se qué sabor tendrá. Eso habría que preguntarle al advenedizo.
      Estas criaturas son horribles, lo juro. Permanecen la mayor parte del tiempo invisibles al ojo humano, pero cuando aparecen, agárrense. El máximo terror concebible por ustedes no puede equiparar lo que van a observar en los advenedizos. Son como un Cthulhu más feo y con resaca de droga. Y con escorbuto. Y con todas las enfermedades que puedan imaginarse. Son como zombies más feos. Algo en verdad horrible. Horrible. 
      No quiero asustarlos más porque como bien dije, el advenedizo prefiere quedar invisible. Por suerte tampoco suelen intervenir demasiado en nuestro plano de existencia. Salvo que estén hambrientos. Por suerte no comen por millones de años hasta que les llega la inanición. La última vez que comieron fue durante la era de los dinosaurios. Y no, no fue el meteorito lo que los extinguió.
      Me preguntarán, y es legítimo hacerlo, cómo es que sé tanto acerca de estas criaturas, qué me distingue de un loco de remate. Y les puedo responder, con el valor absoluto de la verdad. Yo soy un advenedizo. Bueno, al menos en parte.
      Verán, estos bichos suelen introducirse dentro de cuerpos humanos. Eso hicieron conmigo. Pasaron a través de mi sangre, como una buena enfermedad de transmisión sexual. Estoy seguro, no necesito comprobarlo (porque lo sé) que ellos jodieron alguna cadena de mi adn. 
      Ahora soy capaz de producir las células que ellos desean. Desean y saborean. Me convertí en un restaurante ambulante. Los tipos beben de mis entrañas y nunca se cansan.
      La extinción de los dinosaurios se llevó a cabo en el transcurso de miles de años. Así es el hambre de estos sujetos. Los advenedizos comen, comen y comen, hasta dejar seco al huésped, en este caso yo. Luego, al finalizar, buscan a otro. Y a otro, y a otro. Hasta que el hambre por fin se va. Dudo, y se los repito, que nuestra raza logre calmar su hambre. Así que más o menos saben lo que nos espera.

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