jueves, 26 de mayo de 2016

Día 739: Yoga

      El anciano esperaba su turno en la ronda. Pronto sus armas serían expuestas. Nadie podía vencerlo en el campo de batalla. Sus treinta y cinco centímetros eran demasiado para la imaginación de cualquier correligionario del pene. Era un pene enorme, a decir verdad. El glande acariciaba casi la rodilla. Trompa de elefante, le decían, y no en vano.
      La mujer suspiraba a medida que las personas se sucedían. Era una prueba a su fortaleza. Luego de acometer el acto sexual los mataría a todos y, quien sabe, tal vez hasta podría hacerse con un trofeo.
      El cetro del anciano, ese inmenso molusco de una sola pata le sería suficiente. Antes cumplió con la primera promesa. Sigilosa como un ninja decapitó a los cinco amantes que tuvieron la suerte de probar su vigor sexual. El anciano quedó apartado en un rincón, muerto de miedo.
      Un chorro de pis se escapó de manera involuntaria. Sus piernas mojadas anticiparon el posible desenlace. No voy a matarlo, señor, dijo la mujer. Usted es, demasiado, apetitoso. La boca de la mujer saboreó cada centímetro de su trofeo, como si fuese un helado de palito. Tenía una destreza milenaria. Con un compás milimétrico intercalaba entre la lengua, los labios y la mano. Una melodía que hacía tintinear las castañas duras del anciano.
      Cuando quedó seco de todo jugo corporal la mujer escupió hacia un costado y en un solo movimiento rebanó el pene del anciano. Un hilo de sangre brotaba del nuevo muñón. Le aconsejo que se haga presión antes que se desangre, buen hombre, dijo la mujer.
      El anciano hizo un gesto de negación. Hacía fuerza, como si no pudiera esperar para ir al baño. Tenía todo su rostro pintado de rojo. El sangrado se detuvo. La mujer quedó asombrada, sin palabras. Yoga, eso dijo el anciano. Un nuevo pene, más grande que el anterior, nacía de su entrepierna.

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