sábado, 28 de mayo de 2016

Día 741: Bungle in the jungle

      El depredador se camufló en la selva. Tenía mucho miedo de aquel humano. A decir verdad, había malogrado sus propósitos. Solo quería tener un amigo. Era feo, alto y con poco carisma. Nadie podía ser amigo de una cosa así. Y el humano bien lo entendía. Desde el primer momento en que se vieron las caras el depredador fue visto como una amenaza.
      Activó su modo de invisibilidad. Es la piel que reacciona ante el miedo, tanto que le dan ganas de desaparecer. En momentos así, con la soledad extremada, el depredador recordaba su infancia de tierno renacuajo. El mejor sapito de estanque, así lo mimaba su difunta madre, sea el Creador en la gloria.
      Pasaron semanas y tanto humano como depredador se esquivaron, gozosos de no encontrarse en la misma selva. Es grande la selva, muy grande. Y es curioso los giros que a veces tiene la vida. Los sentimientos mudan la piel. A veces se perciben escamas o el picor del nuevo recubrimiento epitelial.
      Así fue como hombre y depredador pasaron del miedo y odio al amor más desmesurado. Se quisieron con locura, como en una buena novela del siglo XIX. Por si lo preguntan, tuvieron tres hijos. Si quieren averiguar cómo lo lograron eso ya es motivo de otra historia.

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