domingo, 29 de mayo de 2016

Día 742: Carmageddon

      Si fuese un edicto policial lo habrían detenido. El tipo manejaba contra la ley, con ganas de pegarse un palo, de estampar el auto contra una pared y, si es posible, matarse en el acto. Manejaba con una total falta de control. Por supuesto, lo perseguían. Tenían miedo a que se accidente y deje herido a alguno más, aparte de su inservible vida.
      Por supuesto, detrás de sus acciones se escondían nobles propósitos. Una búsqueda del bien mayor de la humanidad. No, en verdad no tanto. El hombre siempre quiso permanecer en su beoda conducta. En realidad estuvo lejos del bien, pero también del mal. Una voz, un pequeño llamado, lo incitaba a conducir sin piedad del peatón. 
      Esa voz se elevaba, salía de las nubes. Era el comando que guiaba. El hombre, el auto, dos extensiones sin principio ni final. Sin motivaciones propias. Solo obedecer el comando. Qué tan desesperante puede ser una situación sobra la que no se tiene control absoluto. De la voz que incita. Atropella dice. Mata. Y no aclara. Todo es un juego. Un gran juego. 

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