lunes, 30 de mayo de 2016

Día 743: Doble yema sin caballo

      El héroe de la gente, el huevo frito, vuelve a las andanzas. Capaz de patear el hígado de los malhechores en menos del que se tarda al decir infundíbulo cronosinclástico. El huevo frito vengador. Pura yema. Ese centro jugoso para hincarle con gusto la papa frita. Ha renacido ese alimento capaz de salvar a las damas en peligro o los caballeros en apuros.

      Volvió un buen día y abrió un consultorio on line en Internet. Le pareció bien aconsejar a las personas, de la manera en que lo haría un psicólogo. Las visitas en su página explotaron. Fue tendencia en twitter por dos años consecutivos. Huevo frito psicólogo, más el hashtag. El huevo frito tenía una respuesta para todo. Pero digo, todo. Todo.
      El huevo frito sabe quien es primero del huevo y la gallina. También sabe porqué la gallina cruzó el camino. Incluso sabe respuestas más trascendentales como el punto de hervor del nitrógeno o los minutos de cocción que se necesita para hacer una torta galesa. Incluso aconseja a las personas con problemas de pareja. Es todo un huevo frito poderoso.
      Pero algo extrañaba el huevo frito, y no es a la papa frita. Lo que en verdad añoraba el huevo frito eran aquellos tiempos de combatir el crimen con sus propias manos. Como Superman, o esa clase de héroes. Era el Aquiles de las proteínas. Nadie pudo vencerlo. Salió a la calle, sin miedo a que lo reconozcan. Un vagabundo que pasaba por ahí lo vio y no supo quién era. No preguntó nada. Ahí mismo se lo comió. Estuvo rico.

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