jueves, 30 de junio de 2016

Día 774: La paternidad desperdiciada

      La música penetraba en su conducto auditivo, por unos instantes se olvidó de la cera que acumulaban sus oídos. Era una sensación placentera, como de electricidad estática. Aunque la canción era una mierda. Algo tan feo, tan mal compuesto solo podría originarle diarreas al diablo. Pero nada de eso podría importar si lo que se desea es poner una lapicera sobre un pedazo de papel. Así de complicado puede ser, a veces, esa ardua tarea de escribir.
      Pocas personas cometen suicidio literario. Más bien un harakiri, por el bien de algo mayor, aunque ese algo mayor sea algo inexistente. El condimento puede ser nocivo a la frase, tanto como un kilo de sal volcado en una taza de café. El error que comete es creer que las ideas se piensan. Nada más lejano.
      Las ideas nacen como los bebés. Dos neuronas tienen sexo frenético en los confines del cráneo y nueve meses después se obtiene el resultado. A la idea hay que enseñarle a comer, beber y cagar, como todo bebé recién nacido. Una vez que tenga edad suficiente para portar armas de gran calibre, se la larga a la calle.
      Cuando una idea está bien criada, así, rebelde, asesina, neurótica obsesiva, sádica y todo lo demás, a veces deja un recodo al padre para que se escriba o cante su historia. La idea ya dejó su casa, es una fugitiva. Es al pedo seguirla, piensa diferente, de modo retorcido. Las ideas no gustan de ser encontradas.
      El inexperto piensa la idea y la acobija en su seno a la manera de una mamá mono y su monito. La cuida del frío y le hace provechito. Esas ideas son las primeras en ser atropelladas en la calle. Una idea debe ser criada a cárcel y cuchillo. No hay contemplaciones. No olvidar, por supuesto, de criarlas tal mal como se pueda, que las ideas, se saben, no son humanas.

miércoles, 29 de junio de 2016

Día 773: Evasión

      La tortuga irrumpió en la casa. Era una cosa delicada dado su carácter violento. Nadie quería matarte. Dicen que trae mala suerte, suspiró mamá luego de guardar su mano lejos de la voraz mandíbula de la tortuga. Papá, el más valiente de la familia, tomó una escoba y trató de ahuyentar al reptil. Se comió la escoba de un bocado. Así fue como a papá se le fue toda la valentía de un zarpazo. 
      Luego de ceder el puesto el hijo menor quedó como el más valiente de la familia. El pequeño, de unos tres años, ignoraba por qué razón una tortuga podía ser tan mala. Tortuga mala, mala, le dijo. La tortuga emitió un rugido gutural que secó sus palabras. Fue su hermano quien trajo un poco de cordura a la situación. Podemos evitarla. Eso dijo. Podemos evitarla. Es un bicho lento. Tarde o temprano se va a morir de hambre. Si la rodeamos cada vez que entremos o salgamos de casa tal vez se aburra de nosotros, no sé. 
      Mamá felicitó al niño. Es verdad, podemos evitarla. Y así fue como la tortuga no abandonó más la casa. Era una piedra movediza con gesto amenazante. Al que le resultaba más difícil evitarla era a papá. Papá tenía un carácter algo despistado que se acentuaba de modo atroz por las mañanas. No lograba despertarse hasta que la tercer taza de café hacia efecto. Eso ocurría casi siempre cuando se subía al auto.
      Así fue como papá casi pierde los dedos del pie. Se olvidaba de la tortuga. Muchas veces estuvo a punto de pisarla. Un día su pie quedó a centímetros de su boca. Un movimiento audaz evitó el desastre. La tortuga vivió cinco años en esa casa. Nunca se les ocurrió llamar al zoológico ni a un veterinario ni a cualquier tipo de especialista. Pudieron evitarla. Por fortuna la tortuga murió de vieja. Nadie supo nunca cómo hacía para vivir sin comer. Dos días después de su muerte llegó su reemplazante. Una nueva tortuga, más grande y mala esperaba en la puerta. El niño mayor, que para entonces era un adolescente, se preguntó, ¿podremos evitarla?

martes, 28 de junio de 2016

Día 772: Proverbio chino

      La madera estaba húmeda. Con un palito trató de sacar el barro de las ruedas. Pasaría una noche larga en la ruta. Sin fuego. Y el frío, por supuesto, esa compañía no tan grata. Soy afortunado, se dijo a si mismo Talbot, la batería del auto se encuentra en buenas condiciones.
      Rasguñó la perilla del dial con su mano derecha. Una lejana señal de AM, entrecortada, informaba algo acerca de un tornado y sus repercusiones en la prensa extranjera. Al parecer habían muerto muchos. No tenían cifras, tan solo ese adverbio que aglomera. Muchos.
Esa noche sería él solo. Talbot y la noche. Talbot y los restos de la lluvia. Talbot y la radio. Y cosas por el estilo.
      Habría deseado por una vez en su vida creer en Dios. O como mierda sea que se llame. Un algo que le traiga fuego. Calor. Eso. Su vida necesitaba calor. Un viaje zonzo. 80 kilómetros. Nada del otro mundo. El campo, todo el paisaje que se podía observar. 
      Desde ya eso no era el desierto pampeano, pero se le acercaba. Talbot nunca fue amigo de los celulares. De hecho las nuevas tecnologías le causaban una extraña náusea a la altura del esófago. Así que estaba, cómo decirlo, incomunicado. Sin comunicaciones en un camino de tierra poco transitado. Tendría que pasar la noche.
      Y la noche no se portó bien. El termómetro jugaba con la temperatura de los cuerpos. Era esa época del año en que las personas se envuelven en cuatro frazadas. Un meteorólogo aseguró esa misma mañana con cierto aire profético: hoy cae nieve. Y así fue.
      La nieve humedeció la madera. También congeló cada rincón del cuerpo de Talbot.  Y el auto dejó de responder. Giró las llaves por cuarta vez y desistió. Temía ahogar el motor o peor, que el monóxido de carbono se trepe en sus pulmones. Nadie quiere terminar en un cementerio, menos aun muerto.
      Talbot se frotó las manos. Una pequeña nube de humo salía de sus labios. Las ventanas del auto se encontraban blindadas por la escarcha. Y también nevaba. Nada podía salir mejor. El hombre cerró con fuerza los ojos y lo deseó una vez más. Calor. Calor. Una fuente de calor.
      A millones de kilómetros por hora viajaba un pedazo de piedra. No tenía planes para detenerse. Fue un imprevisto. Una jugarreta de la fuerza de gravedad terrestre cambió su órbita. Ingresó a la atmósfera con gran celeridad. En el apuro de caer al piso la piedra aceleró su velocidad. El roce con el aire elevó la temperatura de su cuerpo. La imagen se fue haciendo cada vez más nítidas una vez superadas un grupo de nubes. La piedra se mezcló con la nieve en un amasijo de vapor chirriante. Cayó sobre un auto detenido en el medio de un camino. Tardaron una semana en apagar el incendio.

lunes, 27 de junio de 2016

Día 771: Flores en el patíbulo

      No me voy a dejar engañar por el truco del dedo ni una vez más. Ya soy un nene crecido. A pesar de muchos. Ahora me atengo al método científico. Estoy exento de engaños, para que todos sepan. Por supuesto que la adulación a veces ejerce su efecto. Tampoco permanezco incólume. No soy piedra aún.
      Rompieron tantas veces mi corazón que preferí olvidarlo. Eso tampoco me convirtió en piedra. Las palabras, su influjo, fue lo que me corrompió. Las malditas palabras, con sus vocales y sus consonantes. Me prometieron un mundo que nunca llegaría a ver mis ojos. 
      Quisieron consolarme en momentos de angustia. Trataron de ofrecerme una vía de escape, una alternativa, quizás. Y no la hay, por supuesto. El camino más derecho y simple es el que conduce hacia donde todos vamos, casi sin chistar.
      Y allá no median las palabras. Allá no hay nada. Nada. Nada total. Puede ser blanco, o negro, o del color que gusten. Es una realidad difícil de tapar con los ojos. El aire puede sentirse con los oídos. No es placer, es más bien aceptación. Puedo atreverme así a negar lo sublime. Abrazo lo común, lo que me une al silencio, a la no palabra. Todos los balbuceos que puedo proferir antes de llegar al inevitable final del camino. Es una señal de ahogo. Nacemos con la soga al cuello y así decimos cuánto nos aprieta.

domingo, 26 de junio de 2016

Día 770: Excesos

      El rugido del motor ahogaba cierta fuerza primigenia. Mientras la nafta recorría el motor el bólido sobrepasaba los doscientos kilómetros por hora. Nadie en la ruta haría sospechar un accidente próximo a ocurrir. La zona de radares había quedado atrás. A la distancia el ulular de una sirena empezó a mezclarse con el rancio rock duro que castigaba los parlantes del vehículo.
      Muy cerca. El hombre lo presentía. Debo aminorar la marcha. Soltó el pie del acelerador como si estuviese maldito. El coche se descomprimió, pasaron unos cuantos metros hasta que se detuvo del todo. Una gran mancha negra decoraba ahora el asfalto.
      La sirena ahora se sentía bien claro. Venía también a gran velocidad. Tan claro se sintió que aún después del impacto ululaba. La mitad de ambos autos desaparecieron como por arte de magia de un ilusionista morboso. Ambos, perseguidor y perseguido, frente a frente ante el espectáculo de la muerte.
      Al parecer fueron unos segundos de confusión, no uno, los dos, vivos. Se observaron, casi de reojo. Entre los restos de la colisión dos seres humanos sangraban sus últimos momentos de vida. La vida que se les va. Y lo increíble ocurre. Ante la muerte, la pelea. Sus puños se entrecruzan. Golpes que van y vienen. La sangre de cotillón. Morirán, es seguro.

sábado, 25 de junio de 2016

Día 769: Huevo frito de carne podrida

      De la ordalía al fracaso. Ni el fuego candente fue capaz de hacer confesar a la bruja. Esperar fue en vano. La muerte se negó a llevarla. Tampoco la vida la cobijó en su seno. La mujer flotó en el aire, en un estado continuo de indefinición, poseída por ciertas fuerzas de la naturaleza que los aldeanos desconocían
      Permaneció así durante doscientos años. La ciudad pasó por arriba a la aldea y la bruja quedó debajo, en los restos. Un caño maestro roto la trajo de nuevo a la superficie. Para desgracia de mucho la mujer despertó. Para sorpresa de otros, lo confesó todo.
      Cada uno de sus crímenes. Cada hechizo. Cada alma tomada. Todo. No quedó nada para decir. Ahora estaba dispuesta a morir sacrificada, como toda criatura de su especie, atrapada en las fauces del enemigo. Los hombres de la construcción se rieron. Esa momia era un juguete extraño. Hablaba. Una cosa digna de ser grabada.
      Eso hicieron. La grabaron. Y subieron el video a internet. Tuvo dos millones de visita en Youtube. La bruja se confiesa, así llamaron al video. Así llegó el rumor extendido a las puertas del Vaticano. Una presa fácil. La inquisición, que aun tenía poder en la Iglesia, decidió que era un buen momento para reaparecer.
      Un séquito de siete cardenales viajaron para visitar a esta supuesta bruja. Llegaron tarde. El contacto infecto de la civilización y el paso del tiempo hizo mella en su constitución sobrenatural. Como en una parodia barata de El mago de Oz la bruja se derritió como una lapicera puesta sobre una hornalla. Cuando los cardenales dieron su entrada triunfal, el cuerpo de la bruja emitió sus últimas burbujas desde el piso.

viernes, 24 de junio de 2016

Día 768: Descomposición

      Con mis sentimientos truncos déjenme. Es que estoy atado, terco, insistente, a esta vida y nadie va a hablarme de otra cosa si de sufrimientos me desgarra. Podría observarlo todo a través de una lupa y decir: miren, acá estoy. 
      Acá estoy. Ese es el lugar. No me muevo de ninguna parte. Compartimos sensaciones con la piedra o la cosa más inamovible del universo aunque este último se empeñe en movernos tanto y tanto. Yo sí soy algo digno de lo quieto. Mi territorio, mis palabras, mi inodoro y todo lo demás. 
      Voy a formar parte de este sueño opacado. Me calzaré este sucio uniforme con gusto. Soy que seré de mi gusto siendo esclavo del rigor del que una vez supe ser. Me tienta la trampa de hacer jugar mis cartas de un modo diferente. Soy lo que dicen una estrategia arriesgada, ese negocio al que apuestan pocos, una inversión dudosa.
      Y mi vida puede ser la bancarrota mas es mi vida y nada más. Y lo quieto que estando respiro. Siento. Así el pulmón colmado de aire, que imposible de retener debe soltar. Repito que me dejen, adobado en mis sentimientos, soy una buena carne, que más vale por lo que es o lo que nunca será.

jueves, 23 de junio de 2016

Día 767: Cronos

      No sé si considerarme un agradecido. Yo hice todo. Todo. Desde el más minúsculo neutrón hasta la galaxia más lejana de todo el maldito universo. Se me fue un poco la mano, lo acepto. Tengo mis limitaciones, ya saben. No puedo escucharlo todo, eso es algo típico de los superhéroes. Yo soy una simple entidad con ciertas cualidades para la construcción, nada más. Un albañil de la existencia, si quieren llamarlo de algún modo. 
      Hay selvas, concreto y vientos. Nubes, árboles y lechuzas. De algunos elementos y otros tantos se compone esa ecuación llamada Tierra. Un accidente lateral. Otra de las tantas esferas que se me escaparon de las manos. Digo manos porque sería difícil explicar con palabras y equivaler algo que no hay en lo que no existe pero sin embargo actúa. En cada momento actúa y me excede.
      Debo parecer un sujeto débil. Tan débil. Nunca fui el más fuerte en la familia. Me criaron a la sombra de mis hermanos. El menor. El gurrumino. El tragadioses. Es un feo apodo, pero es lo que hay. Les repito, yo no lo hice. Solo le di un empujoncito. A ver cómo salen las cosas. El tiempo inicia pero siempre acaba, de alguna manera. El viejo duerme en su guarida y pronto, más que pronto, mi tiempo tendrá que llegar. 

miércoles, 22 de junio de 2016

Día 766: Cerdo Jurásico

      El gran chancho se eleva en las inmediaciones del puerto. Ha comido demasiados humanos para llegar a ser lo que es. Tiene una cosa como de Godzilla sin olvidar su esencia porcina. Un gigante chancho color chancho. 
      A los alrededores, cerca, en la ciudad, los pobladores temen una invasión. No confían en las buenas intenciones del chancho enorme. No va a ser bueno, dicen. Aunque también piensan, nadie vive un paraíso en tierra. La muerte logrará despegar los cuerpos del pavimento, pero el abrazo del cadáver y el barro nadie lo quita. Salvo el fuego. El gran chancho, con pasos tremendos. Emite un oink que suena tanto como una alarma antiaérea. Y todos temen. Por sus vidas, por los niños, por la ropa recién tendida que no se va a terminar de secar.
      El tiempo ha sido poco justo con el pueblo. Dios, de existir, los castiga con un chancho Jurásico. Un chancho de película. Deben sus cuerpos a la expiación, acto contrito. Algunos, los pocos, aventuran Pompeya, pero sin la gentileza de la lava. El chancho muerde y despedaza. Es un animal. No se ciñe a la vida, ni a la película. No hay argumento. Es una urgencia del ser. Algo que temprano o tarde surge y surgirá, de seres, en su mayoría humanos, bailando en las fauces del cerdo que hace oink.

martes, 21 de junio de 2016

Día 765: El precio de la palabra

      Mi debilidad es la de querer apagar el silencio con palabras. No tienen una idea. Sufro. Y en grandes cantidades. Nunca pretendí que la verborragia fuese considerada un pecado capital, pero de algo si estoy seguro, siempre está en los restantes. O es lo que quiero creer. Soy un miedoso nato al vacío.
      Estimo que es la cercanía a la muerte lo que me aterra. Tengo quince, pero para eso no hay edad. Se teme o no se teme. No queda otra. No hay un punto medio en el que seamos todos felices. Tal vez lo sea el suicidio en ciertas sociedades. A mi no me preocupa esa idea. La muerte es un vacío demasiado grande para ser llenado. No quiero caer en esa clase de abismos.
      Sin embargo me atoro en las palabras. Utilizo frases rimbombantes para llamar la atención. Todos los adolescentes queremos que nos presten atención. ¿Qué ser humano no? Yo no fui esa excepción. Nunca quise sentirme especial. Las cosas se dieron de esa forma y no me quejé.
      Por momento creo encontrar un equilibrio. Muerte y palabra. Asesino el vacío con las palabra. Combatir el fuego con fuego. Así le dicen. Por supuesto. El vacío de la palabra. Decirlo todo, hasta que no quede nada.

lunes, 20 de junio de 2016

Día 764: Mercadotecnia

      Con esa actitud podría mandar a desempate al mismísimo dios, si esa cosa se dignara a existir. Por supuesto, todo radica en una fuerza primordial, un acto consecuente a la tensión humana. Existe una marcha secular hacia el fondo del propio ser. Escatológico desde un principio. Final y nada más. Fondo negro.
      La tesitura se repite. Es un cuento que ya se sabe. Es folklore. Autoplagio. El sentido está en la superficie, se expone a fuerza de repeticiones. Y ya no hay más actitud. Es un dejar hacer. La corriente se lo lleva todo, fuerzas y naciones por igual. 
      El poder de la lógica se escurre por entre los recovecos. Maneras actuadas sin pensar. ¿Podría decir algo semejante al espejo? ¿Y bancarse lo que vuelve? Parece que no.

domingo, 19 de junio de 2016

Día 763: Gran teatro del mundo

      Entender como ser parte del proceso. Es una tarea de lime y desagote. Mejores hombres que uno han muerto a manos del sistema. La vil norma que dice qué hacer y cómo hacer. Cuántos males evitables, dos, tal vez muchos, quién sabe. Todo está en la nube. O la nebulosa. Una nube de pedos.
      Todo entreverado, confuso, alterado, fragmentado, lacerado y cosas por el estilo. Cada pequeña persona tiene una aplicación en su celular que conduce directo a una caverna de Platón diseñada para sus propias necesidades. La verdad como una bola 8 de la fortuna. Si. No. Tal vez. Ni de broma.
      Cuantas verdades pueden parecerse a la verdad. Y otras tantas a la mentira. Todo estamento parte de las mismas palabras. A veces es cuestión de elegir y listo. 
      Dejarnos comer por las sombras, esa es la opción. En la oscuridad todo se confunden, como los besos de Catulo. No hay demasiadas vías de escape, es tan solo sucumbir a la fuerza de lo inevitable. Luces y sombras, así se forma todo espejismo.

sábado, 18 de junio de 2016

Día 762: Pterodáctilos en el estómago

      Sin duda estoy comprometido con la causa. Nadie mejor que yo para defender los colores de la causa más justa del mundo. Luchar. Pelear en la calle. ¿De eso se trata? Soy el mejor militante del mundo. Que vengan de a dos. No me van a tirar abajo. Bueno, no es para tanto. En realidad lo hice por Emilia. Si. Una mujer. El corazón me hace ruido. Bombea y a veces traiciona, el muy tarado. 
      Emilia también milita. Juntos militamos en la causa. No tengo ni la más puta idea de qué se trata la causa. Solo sostengo una pancarta y hago como que canto. Ya saben, fervor popular. Cada tanto me ligo un balazo de goma, cortesía de la yuta compadre. Pero no me importa, si ella está a mi lado para sostenerme con ese aguante que solo ella sabe demostrar en estas situaciones de gas lacrimógeno o muerte. Es todo tan hermoso. A veces siento que la manifestación, con gendarmes y todo, marcha en cámara lenta. Ustedes no saben lo que es tener pterodáctilos en el estómago. Eso es amor. O al menos es lo que yo creo que es amor.
      No soy un tipo muy instruido. Leí uno o dos libros en mi tierna infancia. A papá nunca le gustó esa cosa de la enseñanza. Él siempre decía: "es para criar vagos", luego de eso tiraba ese uno o dos libros que leí al fuego. Ya saben, para que la estufa a leña agarre más rápido. Ese fue todo mi contacto con la educación. El viejo tampoco me mandó a la escuela, él decía que la escuela es para criar vagos. En realidad creo que si lo veo a la distancia, para mi papá todo era para criar vagos.
      Así que desde muy pequeño me colgaron una pala en la espalda. Y me hicieron cavar. Tumbas, fosas sépticas, lo que venga. Trabajá, hacete hombre, eran las palabras de papá. No seas mariquita, esas también son palabras de papá. Y otras tantas que ahora no recuerdo tanto.
      Crecí, por supuesto, y me fui de casa, como la mayoría hacemos cuando andamos con ganas de hacer otra historia, una aparte. Conseguí trabajo en la capital, para cargar bolsas en el mercado central. Después conocí a Emilia, y la amé tanto como hoy, y supongo que mañana también. Son los pterodáctilos en el estómago. Me gustaría que ella me ame. Pero no sé, es tan inalcanzable. Como un ángel. Algún día sabré, supongo, de que se trata la causa. 

viernes, 17 de junio de 2016

Día 761: Nada en exceso

      Se arregló el estipendio en una suma adecuada para el trabajo a realizar. El patrón debería ofrecer dos comidas y proveer el lugar para que su empleado tenga al menos una hora de sueño. Y nada de exceder las seis horas. Todo está escrito en el contrato. Nada en exceso. 
      Debían cuidarlo como al mejor, esa cabecita les iba a proveer veinte bombas nucleares capaces de hacer añicos a Estados Unidos en cuestión de segundos. A los genios hay que tratarlos con cuidado, no sea cosa que se te volteen a la primera de cambio. No, eso no iba a ocurrir esta mañana. 
      El patrón se frotaba las manos. Pronto, más pronto que nunca amanecería ese tan deseado nuevo orden mundial.  Pero antes lo importante: almorzar. Nadie destruye un país sin antes tener el estómago lleno. Es una ley de primer orden. Seguro lo anotaría en la nueva constitución del mundo.
      Nada de justos. Solos los necesarios. Más hombres, menos mujeres. Es positivo que no todos logren sus fines reproductivos. Nada de explosiones demográficas. Nada en exceso.

jueves, 16 de junio de 2016

Día 760: La cabeza o la bota


      Hay una sensación como de cárcel. Flota en el aire, como el oxígeno y el resto de las mierdas que respiramos. Verán, soy un tipo acomodado, no me falta nada. Y sin embargo me quejo. Extiendo mi dedo acusador sobre ustedes. Y sobre ese, que no me gusta la cara que tiene. El negocio de la queja nunca estuvo tan bien. Deberían abrir sucursales en todo el mundo.
      Bajo el disfraz de la sorpresa arremolinada se esconden. Defensores de las causas perdidas, unidos por vaya uno a saber qué mierda. Me limpio la cara y me obligo a decirme que no debo preocuparme. Es el afuera. Allá. Lejos. Su aire está envenenado, no el mío. Así que nuestras cárceles son diferentes. Yo me quejo, ellos sufren.
      Y debo reconocerlo, sufren por mi culpa. Es mi empresa la que contamina el aire. Pero, ¿quién osaría detener las ruedas aceitadas de la civilización? ¿Unos cuantos marginales? Lo dudo. Yo me quejo. Los gobiernos que pasan son demasiado blandos. Les hace falta un poder de decisión que avasalle todas estas luchas de clases, que no sirven para un diablo.
      Los ricos siempre estamos. La cima es nuestra casa. Está en nuestra naturaleza, alimentarnos del rebaño desvalido. Somos depredadores natos a la búsqueda de algo para entretener el diente. Nunca tuve conflicto con esas verdades. Lamento, sin embargo, la hipocresía de no aceptarla. Todos deberíamos. Subyugarnos a la verdad. Ya saben cual es su espacio. La cabeza o la bota.

miércoles, 15 de junio de 2016

Día 759: Día de reposición

      Se acercó cojeando al teclado, en donde tipeó sus últimas dos palabras. Desde que tenia uso de razón era cojo. El hombre solía bromear con sus amigos acerca de aquella condición divina que lo emparentaba con Hefesto. Sin lugar a dudas la pierna derecha no funcionaba en lo absoluto. Era un artículo tan inservible como el apéndice o el hígado en un enfermo por cirrosis.
      Sin embargo moría no a causa de la pierna defectuosa. El ominoso devenir de su vida le fue anunciado esa misma mañana en que el nigromante entró a su comercio. Parecía un personaje sacado de la edad media. Un tipo misterioso. Y sucio. Muy sucio. El olor a mugre tapó sus narices. Era demasiado. Un cliente es un cliente, se repitió a sí mismo el comerciante cojo.
      Ser rengo también tenía sus ventajas. Uno podía obtener descuentos para discapacitados o cosas así. Después, bueno, nada más, la vida era bastante mierda para ser justos. Por suerte no le faltaba la buena salud. No hasta recibir la maldición del nigromante.
      El hombre era afín a maldecir a las personas por cualquier cosa. Discutió el precio de un paquete de galletitas. Le parecía excesivo. El comerciante cojo se negó a bajar el costo. El nigromante insistió un poco aunque no tanto. Ya la maldición afloraba de su garganta. Nombró a dioses desconocidos para el hombre actual y habló en una lengua más que muerta.
      Te pudrirás en vida. Como ese paquete de galletitas. Y eso fue todo lo que dijo. El comerciante cojo se rió. Tonterías. Nada de maldiciones en esta tienda, a volar pajarito. Todavía tenía la risa en la boca cuando el nigromante abandonó su local.
      Por lo profundo, vaya uno a saber por qué, se lo creyó. Se pudriría en vida. Como ese paquete de galletitas. Debería proteger a ese paquete. No, tonterías. Supersticiones de otras épocas, nada más. Sin embargo guardó el paquete de galletitas en la despensa. Por las dudas. Una cábala idiota. Nada más. 
      Los meses pasaron y el comerciante cojo olvidó toda esa cuestión de las galletitas malditas. Las ventas habían mejorado con la llegada de la primavera. Todo marchó sobre rieles hasta que llegó la rata.
      Un olor horrible. Es una rata muerta. El comercio apestaba tanto como una fábrica de chacinados. Y el cadáver no se dignó a aparecer. Buscó por todos lados. Por todos lados. Y no hubo noticias de algo muerto con forma de rata. Por casualidad abrió la alacena. 
      Y ahí estaba. No el ratón, por supuesto. Un solo paquete de galletitas colmaba el espacio. Tenía roído el paquete. La rata sigue viva. No. El olor venía de otro lugar. Faltaban unas cuantas galletitas. El comerciante cojo sintió un retorcijón a la altura del pecho, como si algo hubiese arrancado varios trozos de su piel. 
      Su pierna buena tembló. Debo estar pálido, pensó. O verde, lo mismo da. La sangre sale, la sangre sale. Nada volvería a su lugar. La rata había ganado. Con lo poco que le quedaba de fuerzas el comerciante cojo se acercó a la computadora y escribió: "galletitas vencidas".

martes, 14 de junio de 2016

Día 758: Oda absolutista

      Creo que nunca tuve esa impronta que muchos achacaron para mi vida. Si, soy un grandísimo hijo de la gran puta, pero eso que dicen no. Eso que dicen no. Aún siendo un villano del más puro octanaje reconozco mis limitaciones. Igual comprendo que las personas crean esas cosas. El que dirán a veces es fuerte. Y me pasa mucho en mi profesión.
      Debo ser cauto con el flujo de información. Gracias a esa prolijidad es que nuestra célula crece. Una labor de vigilantes, eso es. No esperen encontrar héroes dentro de estas paredes. Hay mucho policía con prontuarios cargados y tipos de ideologías cuestionables. Es así. No queda otra. Para combatir el germen de la maldad deben tomarse los recaudos necesarios. Y saber también cuando es momento para el sacrificio.
      Perseguimos terroristas y se los hacemos pagar. A nuestro modo. Por la patria. Castigamos a todos los que se esconden bajo el ala burocrática de las naciones, que extienden perdones y retrasos a quienes sin lugar a dudas no lo merecen.
      Contrario a lo que muchos suponen, es fácil atrapar a un terrorista. Caminan por la calle con la soltura que les brinda la carta blanca para actuar. Los políticos suelen mirar para otro lado. Ahí es cuando nosotros damos la entrada.
      No es fácil matar a un ser humano. Pero la carne una vez muerta se torna hábito a fuerza de la repetición. Nada más rutinario que pasar a cuchillo a un fundamentalista. Por suerte y gracias a Dios la cosa crece. Recibimos a diario cuantiosas sumas de dinero. Vienen de parte de sectores importantes. Ellos no quieren dar nombres. Prefieren que el monstruo actúe en silencio, antes que nos coma a todos.

lunes, 13 de junio de 2016

Día 757: Comida masiva

      Alabado sea el señor. Y con su espíritu. Y el mío. Y el de otros tantos. Nos organizamos para cocinar la más grande paella de la historia. No pregunten cual es el condimento.
      Agregamos arroz y papa, y mucha carne. Pero no pregunten más. No develaré el secreto del condimento. Los cocineros somos así, como los magos, reacios para compartir los trucos. Deben entender, es una rama muy competitiva. Sin temor a exagerar, la fama de los cocineros se cimienta sobre el cadáver aún fresco de sus antecesores.
      En mi caso nunca tuve un maestro de cocina. Siempre fui autodidacta. A mi manera, como diría ese cantor inglés. A mi manera aprendí, como pude, a prueba y error. Un poco de suerte por acá, otro poco de buen tino por acullá. Y no, hoy no pienso develar el secreto.
      Esta sabrosa paella piensa romper un nuevo record mundial. Pienso alimentar a cien mil personas. Dos estadios de fútbol completos. Contraté a cien ayudantes para cumplir mi propósito y a otros tantos mozos. A ninguno le conté mi secreto.
      Nadie sabe lo que hay en la carne y en la salsa. Tienen una idea acerca del sabor, dulce, como si fuese cerdo o conejo, pero nada más. Me siento tentado a confesarme, pero eso arruinaría la sorpresa. Voy a darles una pista, es algo que tiene que ver, mucho que ver, con nosotros, las personas.

domingo, 12 de junio de 2016

Día 756: Tela de misterio

      Ese hombre no tiene desperdicios, tampoco cosas buenas. Es, cómo decirlo, ni una cosa ni la otra. Esa clase de personas que no elegirías para formar parte de tu vida. Un nada. Hombre nada. Vacío. Descargado. Tabula rasa. Un sujeto ideal para experimentos, si esos experimentos existieran. Después de un tiempo los efectos desaparecen. Si nadie lo ve, nada lo reclama.
      Envuelto en una tela de misterio ese hombre entra a un local y pide una cerveza. Tiene un cigarrillo en la boca sin encender. Alguien le hace señas. Se acerca a la mesa sin decir una palabra. Ambos entienden de lo que trata el intercambio. En actitud silente esperan la cuenta, mientras se realiza la transacción. 
      Espías del siglo XXV. Entienden poco lo que reciben. Son meras mulas de carga. Ningún hacker es capaz de violar la mente humana. Aún. Salvo una mente preparada, la de la propia mula. Una mula puede decodificar el mensaje y vender la información al mejor postor. Mercado negro. Freelance. Por supuesto debe aguantar las represalias. Los cañones apuntando sobre su cabeza.
      El hombre entiende que se maneja con el filo del mismo peligro. Pero poco interesa. Tanto perdido por perdido aguanta una nueva tirada de dados. Su suerte cambiaría ese día. Eso es seguro. 

sábado, 11 de junio de 2016

Día 755: Yo escribo

      Me sale fácil la letra. Nacimos juntos al nacer. Nos separaron al separar. Nos jugamos tretas para saber qué tal fácil se nos da tener el mismo cuerpo. Nos sale bien adobar las carnes con una pasión caníbal de otro tiempo. De otro tiempo. Ese es el eco que llama y llama. Con las palabras me gusta tratar. La trato de usted. Con respeto. Señora letra. Señora palabra.
      Hay un poco de respeto y otro tanto de camadería. Somos como esos viejos amigos con derecho a roze. Y a veces nos cagamos a trompadas, como esos viejos amigos. Y tengo las de ganar cuando se trata de un monólogo. O un mantra. Repito, repito, repito sin obtener respuesta. En este viento serruchado recuerdo nos dimos un abrazo, de esos verdaderos. Sintéticos, tal vez.
      Por sobre todas las cosas palabras y letras junto a mí. Somos compañeros de vida. Nacimos encadenados. Compañeros de cárcel. No sirve que tanto pueda alejarme, las paredes son cortas. Puedo estar tan lejos de autoengullirme a medida que me trago y me trago, un poco más, un poco más. Es el eco, que llama y llama. Repito, repito, repito sin obtener respuesta. Me gusta hablar al pedo.

viernes, 10 de junio de 2016

Día 754: Desempleo

      Barquero, Aqueronte. De profesión, desocupado. Ya no hay más almas que llevar. Que se lo digan a Google. Recibió una buena indemnización, por supuesto. Extraña su trabajo, por supuesto. No es más que una cosa sobrenatural venida a menos. Como ocurre con ciertas series cuando pasan la quinta temporada. Es una cuestión de excesos, de desmesura.
      Y al pobre Aqueronte le insuflaron los testículos con toda esa perorata del cambio positivo. Nada cambia para quedarse, lo sabe. Es un viejo bicho. Viejo y bicho, todo al mismo tiempo, como para reseñarlo en su currículum. Los cambios son una cuota de regocijo ilusorio. Pero por supuesto que nada de esas idioteces importan cuando no podés llevar el pan a tu casa.
      Aqueronte tiene un problema que nace con su condición sobrenatural. Es demasiado fértil. Y no puede evitar dejar embarazado a medio mundo. Tiene hijos por doquier. Y a todos les debe sus cuotas alimentarias. Entre los abogados y sus familias de ocasión pierde Aqueronte sus ganancias. Como en la ruleta, bueno, no, peor.
      El barquero hace aguas, como su indemnización. Está tan pobre como un adorador de Jesús. Y nadie lo quiere tomar, ni siquiera para cargar bolsas. Su aspecto espectral asusta. Probó con el trabajo a distancias, pero nunca pudo presentarse a las entrevistas sin poder así causar esa mala impresión que seguro obtendría. 
      Así que ahora vive de changas el remero de las almas encaminadas al mundo de los muertos. Vive a la intemperie, como buen vagabundo. Aqueronte espera una pensión del estado. Sabe que algún día va a llegar pero no se hace tantas esperanzas.

jueves, 9 de junio de 2016

Día 753: Romper el hielo

      El payaso dijo: "que vuelva el humor" luego de arrojarse encima una torta de dos kilos de crema. Por supuesto no causó gracia en lo absoluto. Público duro. Los tenemos todas las noches. Tipos que se creen la resurrección de Madagascar y cosas así. 
      Ser humorista no es una labor grata. No es fácil ser de nuestro gremio. Aquellos que, como yo, llevan varios años arriba de la ruta lo saben. Qué carajo, incluso el Papa debe saberlo, es el mejor haciendo stand up. Modas yanquis. Yo prefiero el viejo humor de la cachetada, pero ahora no se puede. La gente lo ve mal. Público duro.
      Los que la pelean de abajo, sin ser tipos como Hicks o Carlin, giramos a lo largo del país dentro de una camioneta mugrienta rodeada de pedos y restos de semen hecho gruyere. No tenemos plata suficiente para contratar algo mejor. Buscamos teatros con baño así nos limpiamos un poco. Es duro, y sucio, ser humorista. 
      Giramos unos cinco o seis, a veces se nos suma algún aventurero. Esos ilusos que piensan cogerse a una pendeja a base de risas. Nunca oí una mentira tan mala. Nunca nos pasó a nosotros. Claro, tal vez somos malos humoristas. Pero esos advenedizos tampoco son mejores que el payaso o yo. Eso se los puedo asegurar.
      El payaso es uno de mis compañeros más antiguos. Solía trabajar en una ferretería. Deberían ver su rutina de prácticas anales y herramientas, es muy graciosa. Bueno, a mi me causa. Todavía existen pueblos en el país al que no le gusta ver payasos sacándose cosas del culo. En fin, público duro.
      Antes de subir al escenario tiramos la moneda. Ya saben, así arreglamos los turnos. No muchos se animan a empezar o a terminar. El público está frío en ambos extremos y bueno, no ayuda a la rutina, salvo que sea Bill Murray o algún fenómeno neozelandés del humor. Una cebra con cuernos. Un cebracornio. Ese es bueno, ayuda a romper el hielo.
      Hoy el payaso tuvo un mal día. Le arrojaron con de todo. Creo que hasta vi volar un consolador. Todavía no me lo explico, es una cosa cara, ¿Quién en su sano juicio quisiera deshacerse de un consolador? ¿Donald Trump? Bueno, los humoristas lidiamos con peores cosas, botellas que se hacen pedazos a nuestros pies, cascotes que vuelan cerca de nuestras cabezas y cosas así. Aunque no siempre suelen tener puntería, a veces ligamos algún que otro golpe. No se si un tipo de las mesas trabajaría en el circo o qué. El asunto es que sacó un cuchillo y lo arrojó contra mi compañero. Le atravesó el cuello como si fuera un pan de manteca. Lloré y mucho, porque murió. Público duro.

miércoles, 8 de junio de 2016

Día 752: Mutilaburros

      Anota en un borrador y dice: trabajar sobre el escarnio. Piensa en ese camión sueco, el de trompa, pero no. ¿Era sueco? ¿O noruego? Vaya uno a saber, ya no se vende la Encarta. Cierto, están esos sitios de Internet en donde se puede bajar de todo. Cosas maléficas son esas computadoras. Piden nuestra sangre en el altar del sacrificio. Nada de cuestiones digitales, solo rojo. Solo rojo.
      Y por supuesto, el escarnio. Esa condición humana que se extiende bajo el signo de la desmesura. Algo más allá. Un punto, tal vez, distante, tal vez, inexistente. Por supuesto, escarnio es solo una palabra. No dos, no tres. Una. El valor de lo uno. Puede medir el escarnio. Como cae sobre su persona.
      Toma la lapicera con ira. Hay bronca y bilis. Poco más para acotar. Es un conciliábulo de sentimientos. Una ciénaga, tal vez. Allá hacen la parada. Todos reunidos para definir algo tan sublime y atroz como el escarnio. ¿Era una cosa fea? Claro. Bueno, tal vez.
      Debería empezar, antes de tomar la nota, por definir la palabra. Acotar su círculo mágico. Qué es. Qué es. Si, es definitivo. No tiene la más pálida idea de lo que significa escarnio. Mejor buscar el diccionario. Seguro es algo feo.


martes, 7 de junio de 2016

Día 751: Una rave

      El amo de las pastillas viene haciendo parapente desde las alturas. Parapeteando. Se monta a una nube. Coge al viento con parsimonia. Hace del cielo su putita. Y así es. Es la vida para el amo de las pastillas. Es la vida, o la muerte, casi que lo mismo da. Si pudiera parecerse a una planta. Pero no, es un tenedor corta nubes. Máquina de hacer cosas.

      Puede ser tan activo como la situación lo requiera. Tiene el poder. Tiene pastillas. De colores. Y de carbón. Es bueno cagar. Cagar es bueno. Porque nadie lo dice. Nadie dice lo que es bueno para nosotros, humanos en exhibición. Reliquias de antiguos tiempos. Huesos macerados en su Gólgota.
      Puede estar más lejos que el tiempo, el amo de las pastillas, y de los relojes también. El que marca horarios. Salidas. Entradas. Un tilde rojo, otro negro. Demorado. Muerto. Indebido. Su nombre puede parecer Legión pero es poco menos que un hombre. Hombre común dueño del alucinógeno letal de la vida humana. Extiende sus señoríos de terrenales anhelos, esos con los que llenan colchones. Almohadas al vuelo. 
      Manufactura el sueño ese señor. Tiene de amigo a Hipnos. Vuelve sobre la misma idea, repetida, de presentar el truco antes de mostrarlo. Un cuento anticipado, de a cuotas. Una pequeña mentira piadosa para estirar el burdo desenlace, el que todos tocan.

lunes, 6 de junio de 2016

Día 750: Workaholic

      Ante las dudas, que son muchas, conviene no ceder. El artefacto señala a los problemáticos y los tritura. Así es como trabaja. El neurochip recibe el estímulo. Produce la convulsión. Luego queda esperar a que actúe el martillo neumático. De las más grande a las más pequeñas. El cuerpo se desgaja en piezas del tamaño de una manzana. Horrible de ver. Horrible de presenciar.

      Nunca fueron demonios. En todo caso humanos con un gran sentido del deber hacia una causa superior. La causa, es evidente, los pasó por arriba, y el único atisbo de humanidad cedió al fanatismo a ultranza. Pero nadie dijo nada, total funciona esa cosa de la sociedad. Si, la sociedad, esa cosa.
      A la mañana, a eso de las ocho y media, varios espíritus se congregaron a las puertas de la Gobernación. Exigían que sus cuerpos sean regresados. Es una operación para disuadirnos de lo que hacen ahí dentro. Cochinadas, dice un viejo, luego de escupir al rostro de mármol de un prócer olvidado.
      El asueto del día siguiente es pertinente. Trabajó tanto el artefacto que los técnicos tuvieron que anticipar la visita del mes. Tenía las correas estiradas y carne atascada en su mecanismo. Trituró como sesenta y ocho, y nueve o y setenta civiles. Las cifras son aproximadas. Además estaba el pegote de espíritu. La carne de fantasma. Difícil de sacar. Son tiempos complicados para las dictaduras del mundo.

domingo, 5 de junio de 2016

Día 749: Grano en la retaguardia

       Por cuantas de muchas personas fue olvidado. Sin siquiera padecer la enfermedad murió tal como el perro que pueda haber sido. En la parte de una fuerza primitiva se diluyó el intento de la rebeldía. Fuimos jóvenes y tanto no importa. Fuimos testigos de un acontecimiento minimizado. De dos en dos cae el orgullo altivo de la casta. Por menos murieron millones.
       Quinto regimiento. El quinto. El importante. Con i seguido de una eme y así. Fueron los responsables, encubiertos, de prender fuego Berlín. Nadie se lamentó por los pobres nazis. Pobres nazis, ellos, con sus ciudades incendiadas y sus personas muertas. Porque fueron malos, tan malos como el más malo de los autos locos, ese que tiene el perro que ríe como con convulsiones. 
       Son la fuerza intrusa de las naciones. Que meten el dedo en la nariz de los poderosos. Esa cosa que imaginó en una fantasía de opio y LSD Tarantino, pero de verdad. Pero de verdad. A estos tipos no les importa quien gane, quien pierda. Solo ven fuego y fuego hacen. Pirómanos anónimos. Asociación de pirómanos anónimos. 

sábado, 4 de junio de 2016

Día 748: Boeing

      Arrojó ciertos papeles al tacho de basura. Nada de relaciones al pasado. Borrón y cuenta nueva, eso es lo que dijo su psicólogo. ¿O fue aquel buda loco del templo de la octava salvación? No se adentraría en detalles inútiles, esta era su nueva vida. Una vida más corta, por supuesto. Le tardó darse cuenta de las cosas. Estaba haciendo todo mal. Bueno, una gran parte de todo. No, en realidad la estaba cagando feo.
      Así que comenzó con los papeles. Una pira ritual de su yo pasado. Luego incendiaría algunas actitudes. Y para el final, el plato principal. Dos o tres personas que ya rescindieron el trato serían enviadas al fuego. Para agitar un poco el candelero colocó unos palcos a la altura de la puerta de su casa. Invitó a todos los vecinos por mail. Vengan. Pasen. Vean a los futuros quemados. Incineración al por mayor. Y frases ocurrentes de ese tipo.
      Roció con parsimonia cada cuerpo. Era un hombre y una mujer, antiguos amigos. Rogaron, sollozaron y gritaron, tanto que tuvo que vendarles la boca. Como era de esperarse, todos los vecinos tomaron un lugar en el palco. El morbo puede más que el desagrado.
      Luego tomó un fósforo entre sus dedos y rozó su cabeza en la caja. Una pequeña llama se multiplicó hacía muchos lados. Muchos lados. Tantos lados que no se pudieron controlar. Fue una gran fiesta del fuego. Un desmadre de hecatombe ritual. Un detalle pasó por alto. Esos detalles de película. El incendio se vio desde dos kilómetros de distancia. No quedó nada. Nada.

viernes, 3 de junio de 2016

Día 747: Criatura

      Siento que en algún confín de las galaxia me perdí. Quizás sean las irradiaciones de los gases. O el silicio. Todo es nuevo para mí. Nací en un Edén todavía a medio cultivar. Y no espero, ni me predispongo, lo vivo y listo. Después que vengan los jurados con sus indagaciones.      
      Deberé verme como un extraviado. Un niño atado a una roca que se va, lejos, lejos, hacia el fondo del océano. Así deberé verme. Donde no hay culpa. No hay padre, ni madre, solo uno y más. Hay más. Porque menos es poco.       
      Busco a tientas un encendedor para ver luz dentro del incendio. No entiendo que soy el fuego. Lo necesario para ser luz y oscuridad. Y sin embargo vacío de necesidad acudo al juicio. No importa ser algo de lo incorregible. No me importa. Es bueno tenerme en mi mismo. Cultivarme hacia adentro, como esa planta que se autofagocita. Me importa tenerme. Dentro.

jueves, 2 de junio de 2016

Día 746: El día en que el mundo se detuvo

      Una vez al año el mundo da una vuelta alrededor de Carlos. Carlos es un cienpiés. Un cienpiés amigable. Le gusta trabar relaciones sociales con lo que sea que se le cruce, perro, homúnculo o prostituta. Lo que venga. A Carlos le gusta festejar su cumpleaños aunque no sepa demasiado de qué se trata esa festividad. Su modo de ver el cumpleaños no está muy lejos de lo que pensaban los mexicas cuando abrían en dos el tórax de una persona en el altar del Templo Mayor. La respuesta es sacrificio. 
      A Carlos le gusta mucho sacrificar animales. Si son mamíferos mejor, más carne, más sangre. Le gusta arrancarle el corazón de cuajo a sus amiguitos porque, mierda, para eso está la amistad. El cienpiés también gusta de consumir su propia carne. En realidad Carlos es un cienpiés muy glotón. Dentro y fuera de su cumpleaños.
      Los vecinos de Carlos, cansados de tantas matanzas, se juntaron para un cumpleaños con el único objetivo de finiquitar su oscuro reinado. Es un cienpiés, somos muchos, y más grandes, qué mierda, les arengaba el león a sus compañeros. El león era muy valiente aunque por dentro se moría de miedo porque conocía el apetito voraz de Carlos, el cienpiés. 
      Así que sin planearlo demasiado, los animales formaron una ronda alrededor de Carlos y le entregaron su regalo de cumpleaños. Batallaron por unos minutos. No hubo vencedores. Al poco tiempo cayeron dos humanos a la contienda y dispararon con sus rifles y sus balas y sus granadas y sus cosas de hombres. No dejaron nada con cabeza. A los humanos les gustan más sus propios sacrificios.

miércoles, 1 de junio de 2016

Día 745: Yiya Murano

      Agregó una dosis de sulfuro a la receta. La torta asesina. Eso. La hija de puta tendría un feliz cumpleaños en el infierno. Es verdad, mejor sería separarse. El no podía. No. Estaba loco y orgulloso de serlo. O algo así. Lo único que esperaba a esta altura es no ser descubierto. Por eso los cuidados con el veneno. Su mujer debería enfermar y, por supuesto, morir, pero nadie tendría que pensar acerca de una intoxicación inducida. Nadie. 
      Como en las mejores películas, compró las cosas para hacer la torta en diferentes ciudades. En efectivo, por supuesto. No fue esquivo al trato con los comerciantes, tampoco los agobió con demostraciones de una falsa simpatía. Lo necesario para ser visto como un normal comprador. Una cara olvidable. Eso. 
      Una buena porción. Está muy rica, dijo la muy zorra. A los pocos minutos los venenos empezaron a hacer efecto. Simuló preocupación hasta donde pudo. Inventó llamadas y demoras al hospital. Luego, según su elaborada coartada, pidió un taxi urgente. El coche tardó dos minutos en llegar. En menos de media hora su mujer estaba bajo los cuidados de la terapia intensiva. 
      El médico le explicó de modo sucinto el cuadro. Está delicada, pero va a sobrevivir. Va a sobrevivir. Con una sonrisa lo dijo el muy pelotudo. Se tomó la cabeza como para demostrar una muestra de alivio. Falso alivio. 
      Ahí se encontraba la zorra. Muy poco veneno. O un estómago resistente. Vaya uno a saber, algo falló. Extrajo un par de monedas de su coagulado cariño. La mujer le hizo señas como para que se acerque. Le dijo al oído: estaba rica, pero le faltó un poco de azúcar. La próxima. La próxima no iba a errarle.

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