jueves, 2 de junio de 2016

Día 746: El día en que el mundo se detuvo

      Una vez al año el mundo da una vuelta alrededor de Carlos. Carlos es un cienpiés. Un cienpiés amigable. Le gusta trabar relaciones sociales con lo que sea que se le cruce, perro, homúnculo o prostituta. Lo que venga. A Carlos le gusta festejar su cumpleaños aunque no sepa demasiado de qué se trata esa festividad. Su modo de ver el cumpleaños no está muy lejos de lo que pensaban los mexicas cuando abrían en dos el tórax de una persona en el altar del Templo Mayor. La respuesta es sacrificio. 
      A Carlos le gusta mucho sacrificar animales. Si son mamíferos mejor, más carne, más sangre. Le gusta arrancarle el corazón de cuajo a sus amiguitos porque, mierda, para eso está la amistad. El cienpiés también gusta de consumir su propia carne. En realidad Carlos es un cienpiés muy glotón. Dentro y fuera de su cumpleaños.
      Los vecinos de Carlos, cansados de tantas matanzas, se juntaron para un cumpleaños con el único objetivo de finiquitar su oscuro reinado. Es un cienpiés, somos muchos, y más grandes, qué mierda, les arengaba el león a sus compañeros. El león era muy valiente aunque por dentro se moría de miedo porque conocía el apetito voraz de Carlos, el cienpiés. 
      Así que sin planearlo demasiado, los animales formaron una ronda alrededor de Carlos y le entregaron su regalo de cumpleaños. Batallaron por unos minutos. No hubo vencedores. Al poco tiempo cayeron dos humanos a la contienda y dispararon con sus rifles y sus balas y sus granadas y sus cosas de hombres. No dejaron nada con cabeza. A los humanos les gustan más sus propios sacrificios.

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