sábado, 4 de junio de 2016

Día 748: Boeing

      Arrojó ciertos papeles al tacho de basura. Nada de relaciones al pasado. Borrón y cuenta nueva, eso es lo que dijo su psicólogo. ¿O fue aquel buda loco del templo de la octava salvación? No se adentraría en detalles inútiles, esta era su nueva vida. Una vida más corta, por supuesto. Le tardó darse cuenta de las cosas. Estaba haciendo todo mal. Bueno, una gran parte de todo. No, en realidad la estaba cagando feo.
      Así que comenzó con los papeles. Una pira ritual de su yo pasado. Luego incendiaría algunas actitudes. Y para el final, el plato principal. Dos o tres personas que ya rescindieron el trato serían enviadas al fuego. Para agitar un poco el candelero colocó unos palcos a la altura de la puerta de su casa. Invitó a todos los vecinos por mail. Vengan. Pasen. Vean a los futuros quemados. Incineración al por mayor. Y frases ocurrentes de ese tipo.
      Roció con parsimonia cada cuerpo. Era un hombre y una mujer, antiguos amigos. Rogaron, sollozaron y gritaron, tanto que tuvo que vendarles la boca. Como era de esperarse, todos los vecinos tomaron un lugar en el palco. El morbo puede más que el desagrado.
      Luego tomó un fósforo entre sus dedos y rozó su cabeza en la caja. Una pequeña llama se multiplicó hacía muchos lados. Muchos lados. Tantos lados que no se pudieron controlar. Fue una gran fiesta del fuego. Un desmadre de hecatombe ritual. Un detalle pasó por alto. Esos detalles de película. El incendio se vio desde dos kilómetros de distancia. No quedó nada. Nada.

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