lunes, 6 de junio de 2016

Día 750: Workaholic

      Ante las dudas, que son muchas, conviene no ceder. El artefacto señala a los problemáticos y los tritura. Así es como trabaja. El neurochip recibe el estímulo. Produce la convulsión. Luego queda esperar a que actúe el martillo neumático. De las más grande a las más pequeñas. El cuerpo se desgaja en piezas del tamaño de una manzana. Horrible de ver. Horrible de presenciar.

      Nunca fueron demonios. En todo caso humanos con un gran sentido del deber hacia una causa superior. La causa, es evidente, los pasó por arriba, y el único atisbo de humanidad cedió al fanatismo a ultranza. Pero nadie dijo nada, total funciona esa cosa de la sociedad. Si, la sociedad, esa cosa.
      A la mañana, a eso de las ocho y media, varios espíritus se congregaron a las puertas de la Gobernación. Exigían que sus cuerpos sean regresados. Es una operación para disuadirnos de lo que hacen ahí dentro. Cochinadas, dice un viejo, luego de escupir al rostro de mármol de un prócer olvidado.
      El asueto del día siguiente es pertinente. Trabajó tanto el artefacto que los técnicos tuvieron que anticipar la visita del mes. Tenía las correas estiradas y carne atascada en su mecanismo. Trituró como sesenta y ocho, y nueve o y setenta civiles. Las cifras son aproximadas. Además estaba el pegote de espíritu. La carne de fantasma. Difícil de sacar. Son tiempos complicados para las dictaduras del mundo.

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