martes, 7 de junio de 2016

Día 751: Una rave

      El amo de las pastillas viene haciendo parapente desde las alturas. Parapeteando. Se monta a una nube. Coge al viento con parsimonia. Hace del cielo su putita. Y así es. Es la vida para el amo de las pastillas. Es la vida, o la muerte, casi que lo mismo da. Si pudiera parecerse a una planta. Pero no, es un tenedor corta nubes. Máquina de hacer cosas.

      Puede ser tan activo como la situación lo requiera. Tiene el poder. Tiene pastillas. De colores. Y de carbón. Es bueno cagar. Cagar es bueno. Porque nadie lo dice. Nadie dice lo que es bueno para nosotros, humanos en exhibición. Reliquias de antiguos tiempos. Huesos macerados en su Gólgota.
      Puede estar más lejos que el tiempo, el amo de las pastillas, y de los relojes también. El que marca horarios. Salidas. Entradas. Un tilde rojo, otro negro. Demorado. Muerto. Indebido. Su nombre puede parecer Legión pero es poco menos que un hombre. Hombre común dueño del alucinógeno letal de la vida humana. Extiende sus señoríos de terrenales anhelos, esos con los que llenan colchones. Almohadas al vuelo. 
      Manufactura el sueño ese señor. Tiene de amigo a Hipnos. Vuelve sobre la misma idea, repetida, de presentar el truco antes de mostrarlo. Un cuento anticipado, de a cuotas. Una pequeña mentira piadosa para estirar el burdo desenlace, el que todos tocan.

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