miércoles, 8 de junio de 2016

Día 752: Mutilaburros

      Anota en un borrador y dice: trabajar sobre el escarnio. Piensa en ese camión sueco, el de trompa, pero no. ¿Era sueco? ¿O noruego? Vaya uno a saber, ya no se vende la Encarta. Cierto, están esos sitios de Internet en donde se puede bajar de todo. Cosas maléficas son esas computadoras. Piden nuestra sangre en el altar del sacrificio. Nada de cuestiones digitales, solo rojo. Solo rojo.
      Y por supuesto, el escarnio. Esa condición humana que se extiende bajo el signo de la desmesura. Algo más allá. Un punto, tal vez, distante, tal vez, inexistente. Por supuesto, escarnio es solo una palabra. No dos, no tres. Una. El valor de lo uno. Puede medir el escarnio. Como cae sobre su persona.
      Toma la lapicera con ira. Hay bronca y bilis. Poco más para acotar. Es un conciliábulo de sentimientos. Una ciénaga, tal vez. Allá hacen la parada. Todos reunidos para definir algo tan sublime y atroz como el escarnio. ¿Era una cosa fea? Claro. Bueno, tal vez.
      Debería empezar, antes de tomar la nota, por definir la palabra. Acotar su círculo mágico. Qué es. Qué es. Si, es definitivo. No tiene la más pálida idea de lo que significa escarnio. Mejor buscar el diccionario. Seguro es algo feo.


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