miércoles, 15 de junio de 2016

Día 759: Día de reposición

      Se acercó cojeando al teclado, en donde tipeó sus últimas dos palabras. Desde que tenia uso de razón era cojo. El hombre solía bromear con sus amigos acerca de aquella condición divina que lo emparentaba con Hefesto. Sin lugar a dudas la pierna derecha no funcionaba en lo absoluto. Era un artículo tan inservible como el apéndice o el hígado en un enfermo por cirrosis.
      Sin embargo moría no a causa de la pierna defectuosa. El ominoso devenir de su vida le fue anunciado esa misma mañana en que el nigromante entró a su comercio. Parecía un personaje sacado de la edad media. Un tipo misterioso. Y sucio. Muy sucio. El olor a mugre tapó sus narices. Era demasiado. Un cliente es un cliente, se repitió a sí mismo el comerciante cojo.
      Ser rengo también tenía sus ventajas. Uno podía obtener descuentos para discapacitados o cosas así. Después, bueno, nada más, la vida era bastante mierda para ser justos. Por suerte no le faltaba la buena salud. No hasta recibir la maldición del nigromante.
      El hombre era afín a maldecir a las personas por cualquier cosa. Discutió el precio de un paquete de galletitas. Le parecía excesivo. El comerciante cojo se negó a bajar el costo. El nigromante insistió un poco aunque no tanto. Ya la maldición afloraba de su garganta. Nombró a dioses desconocidos para el hombre actual y habló en una lengua más que muerta.
      Te pudrirás en vida. Como ese paquete de galletitas. Y eso fue todo lo que dijo. El comerciante cojo se rió. Tonterías. Nada de maldiciones en esta tienda, a volar pajarito. Todavía tenía la risa en la boca cuando el nigromante abandonó su local.
      Por lo profundo, vaya uno a saber por qué, se lo creyó. Se pudriría en vida. Como ese paquete de galletitas. Debería proteger a ese paquete. No, tonterías. Supersticiones de otras épocas, nada más. Sin embargo guardó el paquete de galletitas en la despensa. Por las dudas. Una cábala idiota. Nada más. 
      Los meses pasaron y el comerciante cojo olvidó toda esa cuestión de las galletitas malditas. Las ventas habían mejorado con la llegada de la primavera. Todo marchó sobre rieles hasta que llegó la rata.
      Un olor horrible. Es una rata muerta. El comercio apestaba tanto como una fábrica de chacinados. Y el cadáver no se dignó a aparecer. Buscó por todos lados. Por todos lados. Y no hubo noticias de algo muerto con forma de rata. Por casualidad abrió la alacena. 
      Y ahí estaba. No el ratón, por supuesto. Un solo paquete de galletitas colmaba el espacio. Tenía roído el paquete. La rata sigue viva. No. El olor venía de otro lugar. Faltaban unas cuantas galletitas. El comerciante cojo sintió un retorcijón a la altura del pecho, como si algo hubiese arrancado varios trozos de su piel. 
      Su pierna buena tembló. Debo estar pálido, pensó. O verde, lo mismo da. La sangre sale, la sangre sale. Nada volvería a su lugar. La rata había ganado. Con lo poco que le quedaba de fuerzas el comerciante cojo se acercó a la computadora y escribió: "galletitas vencidas".

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