sábado, 18 de junio de 2016

Día 762: Pterodáctilos en el estómago

      Sin duda estoy comprometido con la causa. Nadie mejor que yo para defender los colores de la causa más justa del mundo. Luchar. Pelear en la calle. ¿De eso se trata? Soy el mejor militante del mundo. Que vengan de a dos. No me van a tirar abajo. Bueno, no es para tanto. En realidad lo hice por Emilia. Si. Una mujer. El corazón me hace ruido. Bombea y a veces traiciona, el muy tarado. 
      Emilia también milita. Juntos militamos en la causa. No tengo ni la más puta idea de qué se trata la causa. Solo sostengo una pancarta y hago como que canto. Ya saben, fervor popular. Cada tanto me ligo un balazo de goma, cortesía de la yuta compadre. Pero no me importa, si ella está a mi lado para sostenerme con ese aguante que solo ella sabe demostrar en estas situaciones de gas lacrimógeno o muerte. Es todo tan hermoso. A veces siento que la manifestación, con gendarmes y todo, marcha en cámara lenta. Ustedes no saben lo que es tener pterodáctilos en el estómago. Eso es amor. O al menos es lo que yo creo que es amor.
      No soy un tipo muy instruido. Leí uno o dos libros en mi tierna infancia. A papá nunca le gustó esa cosa de la enseñanza. Él siempre decía: "es para criar vagos", luego de eso tiraba ese uno o dos libros que leí al fuego. Ya saben, para que la estufa a leña agarre más rápido. Ese fue todo mi contacto con la educación. El viejo tampoco me mandó a la escuela, él decía que la escuela es para criar vagos. En realidad creo que si lo veo a la distancia, para mi papá todo era para criar vagos.
      Así que desde muy pequeño me colgaron una pala en la espalda. Y me hicieron cavar. Tumbas, fosas sépticas, lo que venga. Trabajá, hacete hombre, eran las palabras de papá. No seas mariquita, esas también son palabras de papá. Y otras tantas que ahora no recuerdo tanto.
      Crecí, por supuesto, y me fui de casa, como la mayoría hacemos cuando andamos con ganas de hacer otra historia, una aparte. Conseguí trabajo en la capital, para cargar bolsas en el mercado central. Después conocí a Emilia, y la amé tanto como hoy, y supongo que mañana también. Son los pterodáctilos en el estómago. Me gustaría que ella me ame. Pero no sé, es tan inalcanzable. Como un ángel. Algún día sabré, supongo, de que se trata la causa. 

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