sábado, 25 de junio de 2016

Día 769: Huevo frito de carne podrida

      De la ordalía al fracaso. Ni el fuego candente fue capaz de hacer confesar a la bruja. Esperar fue en vano. La muerte se negó a llevarla. Tampoco la vida la cobijó en su seno. La mujer flotó en el aire, en un estado continuo de indefinición, poseída por ciertas fuerzas de la naturaleza que los aldeanos desconocían
      Permaneció así durante doscientos años. La ciudad pasó por arriba a la aldea y la bruja quedó debajo, en los restos. Un caño maestro roto la trajo de nuevo a la superficie. Para desgracia de mucho la mujer despertó. Para sorpresa de otros, lo confesó todo.
      Cada uno de sus crímenes. Cada hechizo. Cada alma tomada. Todo. No quedó nada para decir. Ahora estaba dispuesta a morir sacrificada, como toda criatura de su especie, atrapada en las fauces del enemigo. Los hombres de la construcción se rieron. Esa momia era un juguete extraño. Hablaba. Una cosa digna de ser grabada.
      Eso hicieron. La grabaron. Y subieron el video a internet. Tuvo dos millones de visita en Youtube. La bruja se confiesa, así llamaron al video. Así llegó el rumor extendido a las puertas del Vaticano. Una presa fácil. La inquisición, que aun tenía poder en la Iglesia, decidió que era un buen momento para reaparecer.
      Un séquito de siete cardenales viajaron para visitar a esta supuesta bruja. Llegaron tarde. El contacto infecto de la civilización y el paso del tiempo hizo mella en su constitución sobrenatural. Como en una parodia barata de El mago de Oz la bruja se derritió como una lapicera puesta sobre una hornalla. Cuando los cardenales dieron su entrada triunfal, el cuerpo de la bruja emitió sus últimas burbujas desde el piso.

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