domingo, 26 de junio de 2016

Día 770: Excesos

      El rugido del motor ahogaba cierta fuerza primigenia. Mientras la nafta recorría el motor el bólido sobrepasaba los doscientos kilómetros por hora. Nadie en la ruta haría sospechar un accidente próximo a ocurrir. La zona de radares había quedado atrás. A la distancia el ulular de una sirena empezó a mezclarse con el rancio rock duro que castigaba los parlantes del vehículo.
      Muy cerca. El hombre lo presentía. Debo aminorar la marcha. Soltó el pie del acelerador como si estuviese maldito. El coche se descomprimió, pasaron unos cuantos metros hasta que se detuvo del todo. Una gran mancha negra decoraba ahora el asfalto.
      La sirena ahora se sentía bien claro. Venía también a gran velocidad. Tan claro se sintió que aún después del impacto ululaba. La mitad de ambos autos desaparecieron como por arte de magia de un ilusionista morboso. Ambos, perseguidor y perseguido, frente a frente ante el espectáculo de la muerte.
      Al parecer fueron unos segundos de confusión, no uno, los dos, vivos. Se observaron, casi de reojo. Entre los restos de la colisión dos seres humanos sangraban sus últimos momentos de vida. La vida que se les va. Y lo increíble ocurre. Ante la muerte, la pelea. Sus puños se entrecruzan. Golpes que van y vienen. La sangre de cotillón. Morirán, es seguro.

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