lunes, 27 de junio de 2016

Día 771: Flores en el patíbulo

      No me voy a dejar engañar por el truco del dedo ni una vez más. Ya soy un nene crecido. A pesar de muchos. Ahora me atengo al método científico. Estoy exento de engaños, para que todos sepan. Por supuesto que la adulación a veces ejerce su efecto. Tampoco permanezco incólume. No soy piedra aún.
      Rompieron tantas veces mi corazón que preferí olvidarlo. Eso tampoco me convirtió en piedra. Las palabras, su influjo, fue lo que me corrompió. Las malditas palabras, con sus vocales y sus consonantes. Me prometieron un mundo que nunca llegaría a ver mis ojos. 
      Quisieron consolarme en momentos de angustia. Trataron de ofrecerme una vía de escape, una alternativa, quizás. Y no la hay, por supuesto. El camino más derecho y simple es el que conduce hacia donde todos vamos, casi sin chistar.
      Y allá no median las palabras. Allá no hay nada. Nada. Nada total. Puede ser blanco, o negro, o del color que gusten. Es una realidad difícil de tapar con los ojos. El aire puede sentirse con los oídos. No es placer, es más bien aceptación. Puedo atreverme así a negar lo sublime. Abrazo lo común, lo que me une al silencio, a la no palabra. Todos los balbuceos que puedo proferir antes de llegar al inevitable final del camino. Es una señal de ahogo. Nacemos con la soga al cuello y así decimos cuánto nos aprieta.

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