martes, 28 de junio de 2016

Día 772: Proverbio chino

      La madera estaba húmeda. Con un palito trató de sacar el barro de las ruedas. Pasaría una noche larga en la ruta. Sin fuego. Y el frío, por supuesto, esa compañía no tan grata. Soy afortunado, se dijo a si mismo Talbot, la batería del auto se encuentra en buenas condiciones.
      Rasguñó la perilla del dial con su mano derecha. Una lejana señal de AM, entrecortada, informaba algo acerca de un tornado y sus repercusiones en la prensa extranjera. Al parecer habían muerto muchos. No tenían cifras, tan solo ese adverbio que aglomera. Muchos.
Esa noche sería él solo. Talbot y la noche. Talbot y los restos de la lluvia. Talbot y la radio. Y cosas por el estilo.
      Habría deseado por una vez en su vida creer en Dios. O como mierda sea que se llame. Un algo que le traiga fuego. Calor. Eso. Su vida necesitaba calor. Un viaje zonzo. 80 kilómetros. Nada del otro mundo. El campo, todo el paisaje que se podía observar. 
      Desde ya eso no era el desierto pampeano, pero se le acercaba. Talbot nunca fue amigo de los celulares. De hecho las nuevas tecnologías le causaban una extraña náusea a la altura del esófago. Así que estaba, cómo decirlo, incomunicado. Sin comunicaciones en un camino de tierra poco transitado. Tendría que pasar la noche.
      Y la noche no se portó bien. El termómetro jugaba con la temperatura de los cuerpos. Era esa época del año en que las personas se envuelven en cuatro frazadas. Un meteorólogo aseguró esa misma mañana con cierto aire profético: hoy cae nieve. Y así fue.
      La nieve humedeció la madera. También congeló cada rincón del cuerpo de Talbot.  Y el auto dejó de responder. Giró las llaves por cuarta vez y desistió. Temía ahogar el motor o peor, que el monóxido de carbono se trepe en sus pulmones. Nadie quiere terminar en un cementerio, menos aun muerto.
      Talbot se frotó las manos. Una pequeña nube de humo salía de sus labios. Las ventanas del auto se encontraban blindadas por la escarcha. Y también nevaba. Nada podía salir mejor. El hombre cerró con fuerza los ojos y lo deseó una vez más. Calor. Calor. Una fuente de calor.
      A millones de kilómetros por hora viajaba un pedazo de piedra. No tenía planes para detenerse. Fue un imprevisto. Una jugarreta de la fuerza de gravedad terrestre cambió su órbita. Ingresó a la atmósfera con gran celeridad. En el apuro de caer al piso la piedra aceleró su velocidad. El roce con el aire elevó la temperatura de su cuerpo. La imagen se fue haciendo cada vez más nítidas una vez superadas un grupo de nubes. La piedra se mezcló con la nieve en un amasijo de vapor chirriante. Cayó sobre un auto detenido en el medio de un camino. Tardaron una semana en apagar el incendio.

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