jueves, 30 de junio de 2016

Día 774: La paternidad desperdiciada

      La música penetraba en su conducto auditivo, por unos instantes se olvidó de la cera que acumulaban sus oídos. Era una sensación placentera, como de electricidad estática. Aunque la canción era una mierda. Algo tan feo, tan mal compuesto solo podría originarle diarreas al diablo. Pero nada de eso podría importar si lo que se desea es poner una lapicera sobre un pedazo de papel. Así de complicado puede ser, a veces, esa ardua tarea de escribir.
      Pocas personas cometen suicidio literario. Más bien un harakiri, por el bien de algo mayor, aunque ese algo mayor sea algo inexistente. El condimento puede ser nocivo a la frase, tanto como un kilo de sal volcado en una taza de café. El error que comete es creer que las ideas se piensan. Nada más lejano.
      Las ideas nacen como los bebés. Dos neuronas tienen sexo frenético en los confines del cráneo y nueve meses después se obtiene el resultado. A la idea hay que enseñarle a comer, beber y cagar, como todo bebé recién nacido. Una vez que tenga edad suficiente para portar armas de gran calibre, se la larga a la calle.
      Cuando una idea está bien criada, así, rebelde, asesina, neurótica obsesiva, sádica y todo lo demás, a veces deja un recodo al padre para que se escriba o cante su historia. La idea ya dejó su casa, es una fugitiva. Es al pedo seguirla, piensa diferente, de modo retorcido. Las ideas no gustan de ser encontradas.
      El inexperto piensa la idea y la acobija en su seno a la manera de una mamá mono y su monito. La cuida del frío y le hace provechito. Esas ideas son las primeras en ser atropelladas en la calle. Una idea debe ser criada a cárcel y cuchillo. No hay contemplaciones. No olvidar, por supuesto, de criarlas tal mal como se pueda, que las ideas, se saben, no son humanas.

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