domingo, 31 de julio de 2016

Día 805: Negro tormento

Uno modo espeluznante. Sobre la caída de todo agrio momento nos expresamos. El ligero ruido en el caño de escape todavía indica una pérdida. Noches rugosas, como el cartón. Sobre el impermeable negro se tatúan unas cuantas estrellas. Juntas señalan el camino inevitable de la constelación, el juego del demonio.
Un efecto licántropo. Modos de miedo. Por la noche juegan. Rasgan la superficie. Señores de la carne aguardan el efecto. Suspiran sangre caminos de la nada. Y birlan en la oscuridad eso que las promesas mienten. El camino de la agonia. Es donde despiertan las almas perdidas.
La muerte llega en forma de sueño. Es la vida para el que no la quiere. Efecto eterno. Otro modo de inmortalidad. El de la carne y su universo. El gran Señor aguarda. El fin de la especie. Negro tormento.

sábado, 30 de julio de 2016

Día 804: Una visita

      La natividad y el espejo. Dentro del Campo santo las piedras con antiguas inscripciones se acumulaban. A prueba de viento y espanto. Nadie se percató del extraño. Tenía un ramo de flores echadas a perder en su mano.
      Tocó una piedra. Parecía sentir el peso del epitafio sobre su antiguo cuerpo. Uno de ochenta, al menos, para el observador más despierto. Ese anciano sufría el desprestigio de la muerte. El cese definitivo. La vida acabada.
      Y no fue así. El anciano convulsionaba pero de felicidad. Vengo a escupir en su tumba, señor. Así actuamos los enemigos, señor. Cincuenta y siete años, señor. Tenemos que celebrar este aniversario.
      Recuerdo como te cagué a Rosa. Fue la primera entre tantas. Después te robé el trabajo. Pude haberme quedado con tu alma, pero preferí quedar vivo mientras te morías. Siempre fuimos parecidos. Iguales diría la maestra. Un gemelo malvado. Dos gotas parecidas pero diferentes. Es algo que supimos en todo momento.

viernes, 29 de julio de 2016

Día 803: El ropero de Anne Rice

      El nivel de hematocritos, alto como de costumbre. No había nada en la sangre. Era La sangre el problema. Algo como para llamar a un vampiro para que le realice una diálisis manual. Salvo un problema: él era un vampiro. 
      Un vampiro defectuoso. Ese es el término. Las películas le habían prometido una eternidad gótica de delicias ultraterrenales al ínfimo precio de una transfusión, o dos, por día. Y no fue así, lo engañaron. Nada más que un cadáver en vida. Eso.
      Probó con la medicina convencional a pesar de las advertencias. Tan idiota debió resultar darse cuenta de un factor obvio como el sol, el universo y todo lo demás. Si, eso, estaba tan muerto como la rodilla de Elvis o el cerebro de Marilyn. Su cuerpo era un Resort cinco estrella para los gusanos ávidos de carne putrefacta. Grandiosa eternidad.
      La cirugía estética poco ayudó. Un tejido falto de vida es poco factible que sea recompuesto. Podría usar pinturas o maquillajes, pero el hedor no se iba con nada.
      Para mal de peores, el vampiro siempre fue, hasta su muerte, un pésimo ser humano. Nunca una novia, ni un perro, no siquiera un buen trabajo. Nada, un cero a la izquierda. En sus mejores noches podía convencer a una adolescente depresiva, pero al poco tiempo de ocurrida la conversión era abandonado. Nadie lo soportaba. Es lo que debo pagar, dijo el vampiro luego de observar la puesta del sol, arrojarse a una pira, dispararse veinte mil municiones y otras cosas más. Es lo que debo pagar, vida sobre la muerte aunque muerte. Una serie repetida de situaciones opacas, aburridas, insulsas. Eso. Y nada más.

jueves, 28 de julio de 2016

Día 802: Centenario

A las cuatro de la mañana la alarma despertó a todas las personas. Ataque aéreo. No era broma, ni simulacro. La guerra tocaba a la puerta. Estados Unidos habría preferido volver a visitar a la luna. Oriente golpeó fuerte esta vez. Un diez por ciento de la población norteamericana resistía al enemigo. Aunque era una cuestión de tiempo.
Los alemanes se frotaban las manos. Una guerra mundial en su haber. La tercera es la vencida. Si solo supieran cuanto dolor acumularon. Cien años de vergüenza. Cien años después para retribuir al pueblo la confianza en sus líderes. Ahora Estados Unidos había desaparecido bajo el peso del fuego y la metralla.
Japón se hundía. El océano devoró la mitad de Asia. El año nuevo configuró un nuevo mapa geopolítico.
2046 sería el año de África. Las naciones subyugadas por el hambre y la colonización tomaron el lugar que le correspondía, el sitio más alto, el trono en la escala más alta de la civilización. Los africanos vivirán por siglos gracias a la carroña de guerra.
Y lo importante del caso. Sin hombres. Grandes contingentes de mujeres tomaron el poder de las antiguas naciones. Tribus y concejos. No más guerras. No más sueños despiertos de supremacía. Solo lo que deba ser y pueda.

miércoles, 27 de julio de 2016

Día 801: Tres emisarios

      La pérdida total del sentido. Si es que alguna vez existió. Se propone una primavera en el exilio, entre las tormentas y los ciclos de verdes y negros. Revueltos ciertos puertos del cerebro. La paz boca arriba. Es subyugar o ser subyugado. No hay especie más lamentable que el silencio.
      Levanten abajo sus sueños de artillería pesada. Den por acabada la esperanza de permanecer en el sitio adecuado. El espacio nocivo. Nunca antes alterado. ¿Por dónde conduces lugares de muerte? Antes o después verás esa puerta.
      Un intento sinuoso. De un vicario momento de falsa esperanza. El hombre hace sus cuentas y pierde. Valioso eso del que tanto espero. Es el año del cobre. Nada lo vale. Un pocillo de nada servido en la mesa. No pudieron esperar. Las cosas cayeron sobre el marco de los huesos. No tener lo que cualquiera puede comprar en el kiosko.
      Y el valor de lo que se pierde. Corta con lo que muchos ven y oyen. Tres emisarios. Es muerte. Es vida. Es lo que nunca será. 

martes, 26 de julio de 2016

Día 800: Limitaciones de la especie

El niño nunca llegó a su casa. Fue un mensaje que llegó alto a las autoridades. El radio de búsqueda se extendió al planeta. Sin embargo nadie lo encontró. Pasaron dos semanas cuando un cadáver conocido se asomó a la puerta. No hay dudas. Marcas de animal en todo en cuerpo. Un lobo o un animal salvaje de ese calibre se había desayunado al pequeño.
Nunca algo fue tan despedazado como ese cuerpo. El rompecabezas humanos cubría todo el patio de la casa. Una pregunta a la humanidad. Cada pequeño retazo de historia. Pistas. Conducían hacia ese momento en el que la vida se detiene.
El color del hueso revelaba meses de putrefacción. Las viejas anécdotas del mundo ingresaban. Un organismo simbionte. Nunca habría nacido de no ser así. El niño atravesó los límites en donde se coagula el límite del espanto. Ese patio de estrellas llamado Tierra. El animal nunca existió. Heridas auto infringidas.

lunes, 25 de julio de 2016

Día 799: Soledad zombie

      El tiempo en que tarde en extenderse el contagio. La piel se retuerce bajo el peso de la enfermedad. Luego empiezan a fallar los pulmones. Más tarde la muerte. El cadáver debe permanecer en reposo durante cinco días. Es la receta perfecta para cocinar un zombie. 
      Las razones para levantar un cuerpo de la muerte son las mismas que dejar a un pervertido en un jardín de infantes. Un pleno sentido del placer sádico. Es un sentimiento que viene por oleadas. Y la pobreza. Esa falta de carne humana lo que torna desesperante el cambio.
      Y algunas acotaciones. El zombie, único en su especie, a diferencia de las películas, no puede reproducirse. No posee órganos sexuales. Tampoco es un contagio que se extienda bajo las mordidas. Se siente solo. Muy solo. Desearía extender su mundo solitario a espacios más abiertos. Imagina su propio apocalipsis zombie. Y por suerte sabe que algún día va a ganar. 

domingo, 24 de julio de 2016

Día 798: Flashes

      Colirio. Hasta ese punto de agradable es la búsqueda. Un muchacho asombroso. Denle de comer. Es agradable estar muerto. Hasta cierto punto. Por supuesto. Muchas voces conviven. Una. Tantas. Muchas. Las aves se revuelven en su instinto. Es tan difícil explicarlo. O no. Claro. Nadie lo entendería. Es lo acertado. 
      Nadie quiere ver arder su propio funeral vikingo. Son señales que a las pocas aparecen. Superman se coge a Lois Lane. Relámpago repentino. Y Batman también. Son todos monumentos. Estilos apartados. Algo ocurre en la Isla de Pascua. Esos instrumentos de la creación. Red de sicarios. Peor que ser un esperpento cósmico radioactivo. Nunca que ocurra una vez más.
      Sin parecer un suplicio. Mi madre lo dice, como es que pueda parecerme, explotar en la vía Láctea, rodeado de espinas. Nadie es Jesús en su rebaño. A Lázaro lo mataron. Denuncias del medioevo. Cataratas de sentimientos invaden el verano turco. Sintonicen el canal ocho. Imaginen esos castillos de pedos derrumbarse. Cuántos vinos parecidos. En Latvia las paredes oyen, y mi madre también. Quise ser invadido pero mi nación fue tomada. A la mierda la partida de TEG. 

sábado, 23 de julio de 2016

Día 797: Aderezo

      El noble sentimiento de matar. Eso es todo. Mis compatriotas pueden esperar menos. Quizás la vida o su final. Quién carajo soy para opinar. No me siento un sicario. Más bien un agente del orden. Alguien que sabe apretar el gatillo en el momento indicado.
      Y deseamos algo más. Siempre deseamos algo más. Es un comandante posado sobre las bases del cerebro. Ordena. Asesinar. Degollar. Extraer la vena. Lamer la sangre. Es más fácil sentirse una mejor persona. Nadie quiere asumir el rol del villano.
      No somos el fruto de las naciones. En realidad no somos nada. La triste verdad del que explica y quien la recibe. Los mensajeros de lo incógnito. Fuimos asesinados por las cargas de la nada. Y el sinsentido aparece. Y nada lo calma.  

viernes, 22 de julio de 2016

Día 796: Justicia pederasta

El maestro premió el esfuerzo caligráfico del alumno. El texto era un desastre, pero por Dios, qué hermosa letra. Algo digno de ser robado por Steve Jobs, si al menos el bastardo no hubiese cometido la estúpida idea de cagarse muriendo. No, para que mentir. Le gustaba mucho. Quería sentir sus glúteos entre sus manos.Anhelaba ese cuerpo puberto. ¿Qué son diez años en la vida de un niño?
Recordó a Lewis Carroll, el santo patrón de las causas perdidas. La sociedad no comprendía esta idea de amor multidimensional. Pluritemporal. ¿Edades? Podría haber falsificado su documento, agregar, quitar años, ¿a quién le importa? ¿Y Michael Jackson? Amor a los niños. Eso es lo que daría.
Es lo que Jesús habría deseado, que amemos a todos por igual. Lo arroparía en sus brazos. Esa clase de ideas adobaba su mente antes de entregar el trabajo monográfico. El chico tomó el papel y lo guardó en la mochila. Nunca descubriría las intenciones, algo oscuras, de su maestro.
El timbre sonó de acuerdo a lo pactado, unos segundos antes de la hora oficial. Bastante. Era suficiente, dijo el maestro. Voy a confesar, dejaré que caiga sobre mí la policía. La policía del amor, ¿existirá? Su mano detuvo el vaivén de la puerta del baño. Sus ojos brillaban mientras seguía el movimiento de las delicadas manos del pequeño. Lo tocaría todo. Pero antes, la confesión.
Unos veinte minutos antes el baño de niños recibió una trapeada. El encargado de limpieza, fiel a sus pocas ganas de trabajar, olvidó advertir acerca del suelo húmedo. El maestro abrió los labios, los labios del amor, se acercó a su amado. Y patinó. No salieron palabras de su boca. Solo el ruido del golpe. Cabeza contra el piso.
Y los accidentes ocurren. Accidentes del amor. Y patinó. Patinó. Tanto hasta que su entrepierna abrazó la puerta del baño. Los niños sintieron el timbre. Bendito timbre. Pronto sus manos, sus delicadas manos, le hicieron el amor a la puerta. Una y otra vez. Los testículos del maestro se retorcieron en una agónica sinfonía. No tardó mucho en morir.

jueves, 21 de julio de 2016

Día 795: Puntos cardinales

      La señal del arrepentido. Todos la hacen. Es agacharse y chupar el culo que más cerca les queda. Tan rico. No hay confusiones. Es acatar el mandato de lo que se da. Respetar el momento. Cuando la intensidad sea una palabra. Un intento. No quiere ser menos. La cabeza se mece. El arrepentido señala el ocaso. La estrella caída.
      Un sueño que lo contemple. Nacido en un tiempo distante. Alejado de las sombras. Con su cadena se eleva el castigo y es placer. Es lo vuelto a vivir vuelto para atrás. Un pararrayos nocivo que desprende electricidad. El hombre ya no teme. Es porque no debe. No siente el temor del abismo, de la palabra no colocada.
      Todos corren detrás de algo. A veces adelante. El camino del costado. Todos la hacen. Una señal al cielo. Arrepentimiento. 


miércoles, 20 de julio de 2016

Día 794: Día del amigo

      Las directrices provenían directo de Houston. Tarde. Algo tarde. Morir en un sitio distante a la Tierra puede ser un lujo o un infierno. O ambas cosas. Esa pelotita azul ignoraba cuanto aire (poco) le faltaba por respirar. La capsula pronto se convertiría en un sarcófago espacial. Estúpida misión.
      Las Apolo habían cumplido con su propósito. Mandaron como a veinte tipos a la luna y trajeron algunas piedras de recuerdo. Souvenirs. Luego se produjo un lanzamiento fuera de protocolo. ¿Tendría que culpar a Ford de su muerte? ¿O a los bolsillos flacos de la economía estadounidense? Lo mismo da. Ni lo uno ni lo otro se van a preocupar por el astronauta abandonado que fue enviado a la luna por error. 
      Todavía nadie se explica como el cohete Saturno entró en ignición. En teoría sería todo un simulacro. Solo teoría. No hubo conteo previo. En cuestión de una hora su cuerpo había atravesado la estratosfera.
      Alunizó en el tiempo previsto (por el simulacro que no fue). Un pequeño desperfecto movió la trayectoria de la cápsula en un radio de dos kilómetros de diferencia. El lado oscuro de la luna dijo hola al astronauta.
      El sistema precario de telecomunicación envió la señal de auxilio. Tendría que esperar un año en un recinto que agotaría sus reservas en un máximo de tres meses. En resumen, estaba condenado. 
      Ya llegamos, fueron las entusiastas palabras de Houston. ¿Cuánto tiempo llevaba muerto? ¿Dos meses, un día, cuatro siglos? Había perdido la cuenta. Ser un muerto vivo en el espacio agota las posibilidades de medir el tiempo. Lo que si estaba seguro es que la pelotita azul llegaría al ocaso antes de entender el tiempo que le llevó sacarse el casco. Ese pesado casco.

martes, 19 de julio de 2016

Día 793: Barro negado

      El acto vil del resorte. Todo lo devuelve a su estado inicial. No existe un legislador más duro que el resorte. Y el cielo que juzga. No existe peor naturaleza. Un trozo de metal enroscado. Un empuje o algo que retiene. O ambas. No existe peor energía.
      Y por sobre todas las cosas el frío que trama sus planes, en las afueras. Una fuerza que inmoviliza. Una película muda en acción. Cese de palabras. El tónico pierde su efecto. Las palabras pierden su efecto. Se confunden en la bruma. Se atascan en la arena, bombas de tiempo sin reloj. 
      El día D. Normandía. Los disparos y el frío. Los soldados sienten los resortes en sus pantalones. En la entrepierna. Una fuerza primordial, concomitante. Hay resortes en el piso, junto con la carne destrozada y las minas por estallar. Un teniente pide ayuda. Al cielo tal vez. Esta noche no existe la palabra. Salvación. Para unos pocos. Para nadie. El efecto del resorte y los amplios terrenos de la nada.

lunes, 18 de julio de 2016

Día 792: Polifemo y su tormento

El atolón del silencio. La muralla de la soledad. Con muchos nombres así se lo conoció al monstruo que se tragó a toda la tripulación como si nada. El barco pesquero no llevaba muchas personas. Veintisiete hombres fue la cuenta del capitán antes de subir a la embarcación que sería su tumba.
La trampa parecía inofensiva. Un poco de oleaje en alta mar, nada del otro mundo. O sí. El primero en advertirlo fue el encargado de la limpieza. Por temor a quedar como un tonto se lo calló. Pero era verdad. El llamado de las sirenas existió. Luego el silencio.
A lo lejos, por lo bajo, el rumor de un sonido imperceptible se colaba. Es un golpe contundente, chirriante. Un sonido como de abrochadora al abrochar muchos papeles. También un sello. Una oficina marítima, eso es. Alguien ordenaba los papeles.
Los tramites se realizaron en tiempo record. Una vez completados los formularios Poseidón obtuvo la aprobación olímpica para hacerse con todas las vidas de aquellos hombres. Poco le importó sus almas. No volvería a ser engañado. No más hombres astutos de tenaces palabras. El barco fue arrasado por el silencio y nunca nadie volvió a hablar.

domingo, 17 de julio de 2016

Día 791: Volver al futuro IV

      Encendió el DeLorean, ¡cómo fuma el desgraciado! Voy a tener que meterlo pronto al mecánico, un service, pensó el Doc Brown. Es el kilometraje. Tantos años de idas y vueltas. El plutonio le había cagado los inyectores. Una vez le ofrecieron pasarlo a GNC. El Doc Brown se negó rotundamente. Me jode el motor y no te viajo ni al día de ayer.
      Ese era su negocio, traficar con el pasado. Tardó unos cuantos años en darse cuenta de la mina de oro que tenía montada sobre cuatro ruedas. Viajar al futuro o pasearse por el lejano oeste puede ser pintoresco, ahora facturar millones es una cosa diferente. Es por la ciencia. Nada de rédito económico. Doc Brown era ante todo un científico.
      Pero llegaron los noventa. Época jodida si las hubo. No era tan fácil obtener una beca en el Conicet. Y el Doc Brown sintió ese monstruo llamado hambre. Abrió una ferretería. No duró un año. Probó con la reparación de televisores y venta de controles remotos. Seis meses, fundido, en bolas y a la calle. Con un auto llamativo salió a la calle pintado de negro y amarillo.
      Juntó unos cuantos pesos como taxista el Doc Brown. La gente tomaba el auto porque se parecía a ese de la película. Y sí, era el de la película. Era real. Tal real como el siglo XXI y sus avatares. Pasaron dieciséis años de crisis. Doc Brown conoció las mieles de la fiebre del consumismo. En ello notó algo peculiar. Los precios.
      Sube todo. La nafta, el gas, la birra. Todo sube. Si alguien pudiera mantener los precios. Es la inflación, se disculpó el carnicero antes de ofrecerle una alternativa barata al asado. Pero, agregó el comerciante risueño, si usted pudiera volver a 1998, con esa plata me compra toda la carnicería. Eso es. El DeLorean. Chau taxi driver. Hola pasado.
      Cargó dos cajones en el baúl. Un viajecito. Veinticuatro pesos. No me compro ni una birra. El señor kioskero del pasado le dio, en cambio, veinticuatro unidades impolutas. Eso es. El famoso pesito para la birra. Veinticuatro cervezas en el baúl del DeLorean. Y esto recién empieza.

sábado, 16 de julio de 2016

Día 790: Asalto

      Enojado. Esas palabras no caben para el sentimiento. El odio dinamitaba cada centímetro de sus acciones. Cáncer. ¿Quién advertiría el cambio? Esas cosas pasan por dentro, muy por dentro. Y nadie se da cuenta hasta que te morís o hacés algo similar. El momento en que confidentes los traidores saltan por la ventana. Una imagen agradable de deseo. 
      Esa tarjeta de crédito al tope. No resistiría una carga más. Estallaría en mil pedazos el plástico con su vida entera, consagrado al pago de una deuda eterna. Un gigante sin pelos en la lengua. Madre necesidad. Leyó una vez a Kakfa. Le aburrió tanto el libro que no tardó en arrojarlo al tacho de basura. Esa cosa ocupa espacio, fue su justificación. Trató, es cierto.
      Pero la puerta giratoria dio su vuelta final. Un revolver cargado y una necesidad teñida de mentiras convenientes. Nadie respondería al grito inicial. Lo tomarían por un loco más. Uno de tantos, de los que hay sueltos en la ciudad. Insania urbana. El segundo llamado de atención, el definitivo. El tambor gira. Acto final. Aplausos de sangre. Fin de la civilización. 

viernes, 15 de julio de 2016

Día 789: Golpe alto

      Voy a contar dos mentiras antes de caer. Como los mejores boxeadores. No me duele y amo el mundo. Y zurciré la cara del oponente con mi sangre. Puta, que soy débil. Tanto como una soga sin tensión. Demasiado tarde esquivé la trompada. Soy como ese hermano Marx no tan famoso. Ese no tan gracioso. 

      Y me convocaron al show y entretener debo aunque mi cara asuste de tanta cachetada limpia. Lo mío no es la pelea. Me consagré al templo de Marte y mentí enfrente de los dioses. Fue un engaño articulado. Me decidí a ser ese payaso que tanto se esperaba de mí. Busqué risas y siguieron viniendo golpes.
      Les voy a decir una verdad. Un ominoso pasado puede prevalecer por sobre el futuro. Un hombre nunca a va dejar de serlo aun muerto. Fueron dos. 

jueves, 14 de julio de 2016

Día 788: Grumo

      El sueño se repite con intensidad y el gusano se pregunta a sí mismo quién es. Tal vez la solución sea reduplicar el algoritmo. No puedo, dice, es demasiado fuerte, dice. Y es tan solo un gusano de muerte, esos que se entretienen con la carne de aquellos que guarecen sus cuerpos en el cementerio. Un gusano, al menos, insignificante. 
      Sin embargo los sueños acometen. Salen a predicar a la intemperie. Ofrecen una visión del mundo apocalíptico que supo ser. Qué tan poco el gusano muerde. Y por fuera, el vestido de las almas, un nauseabundo mar de palabras. Teje un nuevo organismo que asimila y reproduce. El gusano es uno más de tantos.
      Confidente aguarda el espectro. Guardián de todos los secretos, de los que hay y serán. El tónico reverdece en su lengua. Dice que va a decir y se calla. Aqueronte tiembla en su barca. No hay más parecidos en el nuevo reino. Babilonia debe caer. Una vez más.

miércoles, 13 de julio de 2016

Día 787: Lázaro Báez y la fabrica de hacer argentinos

      Espacio contiguo. Reducido. El efecto de vencer la claustrofobia. Salir a la calle desnudo y en pelotas. Decir algo. Un poco. No mucho. Nadie dice con la boca abierta. Es señal de educación. Que no se escape un aire.
      Allá afuera, en el mundo de los Pokémon. Callecitas aledañas donde los ancianos venden droga y fuman vagina. En esa delincuencia de fines del siglo treinta encontramos cosas parecidas a un hogar. ¿Serán cosas robadas? Allá afuera. Espacio libertario. Donde la puteada vale un Perú. Moneda de cambio.
      Esas callecitas aledañas, esas que exudan arrabal. Menú porteño, claraboya al escabeche. Tomalo con vermú y no preguntes si la propina paga el postre. No hay asado. Dejá de cantar Gardel que el zorzal se cansó de ser ruiseñor. Cuanta biaba mal puesta. Viejos esculapios. Mamaron las bellezas de la madre patria. Tetas bien puestas, derechas, sin siliconar. El nonno la puso como si fuese un torno maníaco. Le hizo cincuenta hijos a la nonna. Poblaron América, ese sueño que se repitieron entre los pobres mientras aspiraban las bondades del asbesto y el catolicismo.
      Paso y cortada. Te trabaste el pie en un adoquín. Uno de Talcahuano al no se cuánto. Te hiciste moco el pie. No hay tango para los valientes. Faconcito. Falconcito. Esas cosas de recuerdo, de fotos color no color que nos gritan una memoria olvidada, de aquellas personas que sostenían el torno y no detenían la marcha. Quisiste salir. Quebrar el espacio. Y la vereda mancha sangre. No hay tanto mar. Tanto que pueda recorrer. Una piña a la razón. Me quedo corto.

martes, 12 de julio de 2016

Día 786: Primeros auxilios

      El médico observó la magia del torniquete. Por unos instantes quedó afuera del mundo. Es el final de la guardia, se dijo. O tal vez un paro cardíaco, quién sabe. Existen tantas formas de perder el oxígeno necesario para que funcione el cerebro. Una batería sin agua destilada. Le gustaba esa metáfora para definir a un cerebro sin oxígeno. 
      Tal vez no moriría. El accidente fue un momento. Un olvido pasajero. Volvería a tomar la goma con la precisión que requería el momento. Y sin embargo no se pudo concentrar. Alguien me drogó, es eso. Una broma pesada de Hernández. A ese malparido le gustan hacer estas jodas. Es eso. Limpió el sudor con el revés de su mano derecha. 
      Si seguía transpirando de ese modo debería postergar la operación. No, nada de retrasos. Bisturí en posición y cortar lo indicado. Primero una pierna. Luego otra. La adrenalina aceleró como un avión borracho su corazón. El médico no pudo evitar contener el grito de dolor. Por alguna extraña razón, locura quizás, acababa de cortarse de cabo a rabo sus piernas.

lunes, 11 de julio de 2016

Día 785: Branquias

      El río calla. Las palabras mientes. Y todo lo que había entre medio fue tragado por el vacío. No supe advertir las distancias, sabía que el camino era largo. Mutilé las piernas en una especie de hórrido esfuerzo. Quién pudiera decirlo. 
      Corrimos hacia diminutas puestas del sol. No existe el placer de la detención. Avanzar con el casco puesto. Avanzar con el traumatismo a la altura del cráneo. Y la masa encefálica que se va, se va, por un estrecho agujero. 
      La trayectoria de la bala no miente. No existe un perito capaz de mensurar el sentimiento. Lo que fue fue. Y nada entre medio. La esquina y sus absolutos. Cuajados los interrogantes. Angostados los caminos. Y la sombra de un espíritu que lucha, indómito, frente al agua. Que traga y respira, traga y respira. Y así se ahoga.

domingo, 10 de julio de 2016

Día 784: Ahogado en el río Swann

      Vamos a recuperar el tiempo. Ese de los otoños apagados. Aquel en donde recuperé mi virginidad o vaya a saber qué. Te prometí amor eterno pero vamos a dejar esas cosas para la televisión. 

      Nuestros recuerdos fueron todo sonido y nada palabras. Fugitivas esperanzas de los muertos en vida. De tantas veces que me gritaste en la cara que no era nada. De las miles de ocasiones en que pateaste la pelota a la vereda de enfrente.
      Y yo te dije, vamos a recuperar el tiempo. No adiciono más problemas a los que ya teníamos. No te digo que fue algo para tirar manteca al techo. Pero fue algo. Eso estoy seguro. Aunque lo que fuimos ya no somos. Y no sé. Ni puta idea qué fuimos.

      Alguna vez te prometí traerte los anillos de Saturno y no mentí. Nunca mentí, lo que juré es. Y seguirá siendo, estimo, a pesar de todo lo que pueda llegar a ser. Me perdí en los campos tupidos y no te encontré. Me robaron hasta la decencia. Y no puedo echarme la culpa salvo a la idiotez que forma parte de mí desde casi mi nacimiento. Pero no te preocupes. Mi tiempo es otro.

sábado, 9 de julio de 2016

Día 783: Tiempo y paso

No hay materia para diseñar los sueños. Las imágenes se convocan a lo largo del cerebro dispersadas en una película ajada por el paso del tiempo. No hay consecusiones lógicas, solo tiempo y paso. Y nunca un momento más.
En el reverso de las sensaciones. Momentos que regresan con forma de olas. Bañan las costas de un algo informe. Consistente. Muchos han muerto por causas más justas.
Nunca una celebración. Los nacidos bajo el signo del sol y los desconocidos. Aunados bajo el mismo horizonte. Valientes de ocasión.
Un punto y aparte. Un punto más. Realidades inconexas. Nada que ver. En momentos separados. La volición del espíritu desacelerada. Y nadie puede prever cuántos muertos podrían caer. Uno tal vez dos, tal vez miles. Y quién sabe quien paga los platos rotos. En algún lugar tal vez exista un responsable. No hay más razones. Sólo tiempo y paso. No hay esencia, tal vez no sueño.

viernes, 8 de julio de 2016

Día 782: La amistad no existe

      La razón del ignorante. Juntar unos cuantos huevitos para su granja y escapar por la puerta de atrás. Es una comadreja de todas las excusas que pueda pergeñar el hombre en su sana mente. Podría confesar como los mejores y aún así prefiere el silencio. La no palabra lo hace sabio, aunque no lo sea. Pero por supuesto, allá está mi amigo, salúdenlo. De ese ignorante hablo.
      No me culpen, uno no elige sus amistades. Eso es lo que te quiere hacer creer la televisión, pero no. Uno aparece en esta bendita Tierra y al segundo dos te ponen al primer idiota a tu lado. Es así. No se puede elegir. Uno cae. Cae. Cae. Y no para de caer, hasta el maldito techo. Cualquier saco de pedos está disponible para hacernos compañía hasta el fin de los putos tiempos.
      La amistad hace bien. Tanto como el cáncer. O un abrazo, o la muerte. Es lo mismo. Nadie muere acompañado. Tenemos que acabar con la fantasía del funeral egipcio. Hay que entender las leyes de conveniencia, como tan bien lo saben los gatos. El cariño es algo que nos inventamos para hacernos sentir menos miserables de lo que en realidad somos. 
      El mundo debería poner la llaga en el dedo y dejarse de joder. Dejen atrás los sentimentalismos medievales y exploten como corresponde la cuota animal que nos tocó en suerte. El mono, incluso el delfín entiende, las delicias del comensalismo. Captar, quizás dónde radica nuestra herencia parasitaria. Allá a lo lejos no hay amigos, aunque compartamos la misma mesa y nos emborrachemos en nombre de Dios.

jueves, 7 de julio de 2016

Día 781: Correspondencias

      El puente levita y un perro queda atrapado entre los portales del mecanismo. Lo hace puré de perro. Llueve perro sobre los parabrisas de los autos. El puente se rompe. A doscientos kilómetros, un incendio se produce en una estación de servicio, un perro escupe una colilla de cigarrillo encendida. Mueren algunos. En otro planeta, una criatura semejante a un canino provoca la explosión de una galaxia.
      La figura de la muerte, el perro negro. Fueron domesticados para anunciar el fin de los tiempos. Antiguos lobos que observaron en la Luna los signos adecuados. Y el ser humano se dejó llevar por la idiotez del cariño y la compañía. Por siglos nos pusieron a prueba. Dejaron señales, en la puerta, en el patio, en donde sea y la humanidad entendió que se trataba de un pedazo de mierda.
      Y no. El fin de los tiempos fue una cosa inminente. Yo lo vi. Una conspiración interplanetaria decidió que entre todos los números sorteados la vía Láctea era la galaxia más apta para ser destruida.
      Fue un experimento científico. En cuestiones de segundos millones de vidas fueron desintegradas a niveles celulares. Sus partículas de expandieron a lo largo de todo el universo Gamma. El universo Alfa no sintió el cimbronazo aunque cada tanto un lobo aúlle a la luna, un perro haga caca o un ser humano se pregunte que es lo que hay después de la muerte.

miércoles, 6 de julio de 2016

Día 780: Abracadáver

      Un día le dijeron que debería colocar la felicidad entre corchetes. O tal vez elevarla al cuadrado o depositarla en un plazo fijo. La felicidad es como una planta, hay que regarla para que crezca. No es feliz quien no pelea. Y ahora, qué mierda es la felicidad. Nadie lo sabe. Él usaba la palabra por costumbre o despecho. Mejor son los autos de carrera.

      Tanto mejor son las mujeres. Incluso prefiere la música, tal vez la vida eterna. Una porción de pizza de hace una semana. Un trozo de perro degollado. Todo antes que la felicidad. Feliz no se es. No se es algo que no se sabe que corno es. Se es como se es, sin aditivos, sin mayúsculas o acentos en el medio.
      También está la cuestión de hacerse hombre. Dejar crecer la barba, tirar abajo un árbol, quizás prender fuego un libro. Y ser hombre. Ser eso que la sociedad espera con ansias. Un hombre. Uno con barba. Que sepa gritar. Que pueda sostenerse solo con las rodillas. En lo posible que no llore. Hombre de los fuertes, los que requiere la vida.
      Un hombre firme, viril, golpeador, hipócrita y verborrágico. Uno que sepa patear culos y mantenga contentos a todos con una sonrisa. Alguien como todos y nadie al mismo tiempo. Eso, y no ser feliz. La felicidad no existe.

martes, 5 de julio de 2016

Día 779: Filas y columnas

Recurso impositivo. Alego indecencia. Te soluciono el crimen. Unos cuantos simples pasos. Todo menos el amor. Y esa vida que se niega a morir, atada a un respirador chino de hospital público. Los monjes entienden pero no hablan. Sus ojos gritan secretos y uno observa los momentos trascendentales de la existencia, así como boludo.
El colchón barato del piso puede ahogar lo que no se quiere. Se puede matar y no ser asesino por ello. Es cortar la respiración por un rato y que el resto haga el trabajo. Escribiré una carta a La Nación. Voy a quejarme con el alma. Quiero hacerme ver. Fui payaso alguna vez. Pinché un globo, creo. También asusté a un niño. Todo suma, dicen.
Me gusta sentirme cobarde. Me atraviesa el pecho esa cosa de verme como poco. Mi mamá decía que las personas siempre tienen un costado siniestro. Tal vez fue la televisión. ¿A quién engañó? Si soy cualquiera. No sirvo para estas
cosas. Nunca serví. Soy un colchón mullido. Un objeto destinado a pasar desapercibido. Originaré algún colapso, no lo dudo. Y no creo que sea el mío. Mi turno no ha llegado. A mi me toca esperar.

lunes, 4 de julio de 2016

Día 778: 300

El peso de la vida un día después. Gordo. Es la sensación correcta. Y una docena de facturas surcando por el cielo. Paredes, heladeras que gritan tentación. Recordó su figura un verano de 1950. Esbelto. Sin estrías. Eones antes de simular esa figura de lobo marino en Mar del Plata. Esa estatua gorda, desproporcionada.
Hoy la reserva de carne ha llegado a su límite. Los canelones brillan a través de la retina de sus ojos. Gordo. Y como lo haría un coro celestial, la proclama se mantiene en su cabeza, con terca insistencia. Gordo, gordo, gordo. Añorar épocas en que las voces solo decían por lo bajo, rellenito, pancita de casado, estómago cervecero, y cosas así. Ahora gritan. Gritan. No se callan. Gritan gordo con el empeño que prescinde de toda corrección política.
Y gordo es, gordo se siente. Un changuito de supermercado sostiene su otrora esbelto cuerpo. Y trató. Nadie lo niega. Trató tanto como un perro muerto de hambre. Es tan difícil abandonar el placer. Nunca se sintió un espartano. Ellos, con sus graciosas figuras, con sus músculos marcados, tan de película. El ejercicio. No. No puede haber placer en algo tan espartano.
Tampoco era lo suyo la guerra. Nunca tendría un ateniense enfrente para ser degollado. Lo suyo era la paz de la comida. El silencio religioso con el que ingresa una pizza al conducto digestivo. El placer con el que el ácido estomacal ejerce su trabajo. Eso es y sería placer. No. No estaba dispuesto al trueque. Tan sólo unas voces. Unas insistentes voces. Tal vez llegar a los trescientos kilos y rezar, a Dios, si es que existe, o a los espartanos, para no morir en Maraton o caer duro sobre la mesa, mientras el corazón cae en batalla.

domingo, 3 de julio de 2016

Día 777: Veleta

      Siempre lo supimos. Bueno, tal vez algunos se hicieron los idiotas. Uno, dos, algunos más, no sabría decir bien la cantidad. Éramos un grupo compacto. Saqueábamos y escondíamos, saqueábamos y escondíamos. El terror del lejano oeste. Nunca usamos caballos. Así y todo, a pesar de las recompensas que pesaban sobre nuestras cabezas, nadie logró atraparnos. A decir verdad, éramos un grupo compacto y, sobre todo, un grupo con buena puntería.
      Si una cabeza se asomaba a cuatrocientos metros, existían grandes posibilidades que dejara de verse muy pronto. Nunca fuimos amigos, pero tampoco esperábamos grandes actos de traición. A esa altura teníamos mucho oro dentro de nuestras bolsas. Nunca desconfié de nadie. Salvo Jackson. El hombre era un caso aparte.
      Jackson provenía del norte. Vivía donde se fabricaban los dólares. Creo que su familia los debía regalar. A lo que me refiero, era muy pero muy rico. Nunca le faltó nada, nació como dicen, en cuna de oro. De la nada el pequeño corderito se rebeló y acá lo tenemos. Es uno más del grupo, no lo niego. Se adaptó más que nadie a nuestra vida, digamos, agreste. No le preocupa tragar frío de noche o salir corriendo en medio del sueño por el temor a ser atrapados. Es uno más. Un tipo duro.
      Y sin embargo nunca confié demasiado en él. Es demasiado callado. Reservado dirían algunos. Jackson masca su tabaco, arma el cigarrillo y no lo fuma. Lo sostiene en su mano y observa. Nos observa, mientras armamos nuestros planes. Un día, luego de una excelente jornada de trabajo, me acerqué con una botella a su lado. Pensé que quizás un poco de aguardiente aflojaría sus labios. Le pregunté qué mierda hacía un tipo como él entre nosotros, los forajidos de verdad. No dijo mucho. Creo que su explicación se redujo a: "No importa". Traté de empujarlo a la confesión definitiva. Sus labios quedaron sellados luego de pronuncio: "Hago lo que se me da la gana". Y siguió con su cigarrillo sin encender, observándonos. 
      A lo lejos, como a un kilómetro de distancia, veía una carreta. El hombre nos perseguía desde semanas enteras. No creo que se haya propuesto pasar desapercibido. Con mis compañeros pensamos que quizás quería recibir un poco de terapia de plomo. No importa. El hombre insistió. Nos seguía como un perro muerto de hambre. Y nunca le tiramos una sobra.
      Mis compañeros, al llegar el mes, dejaron de prestarle atención. Culpen a mi padre borracho, pero si algo aprendí de la vida es a saber prevenir los golpes. Mis ojos no descansaron un minuto más. Muy obvio, ese hombre quería cazarnos, cada día se acercaba, a razón de veinticinco, treinta metros. Distancias milimétricas. No lo entendí. Podría aparecerse en dos segundos con algunos latigazos a esos caballos, que parecían más sanos que nuestro hombre en cuestión.
      Fui con este descubrimiento a mis compañeros. Propuse acercarnos y dejar al hombre fuera de circulación. Se me rieron en la cara. El buen Abernathy, gritó Roberts, no vas a dejar de temer a tus propias sombras, los miedos son para los niños y los muertos. Me arrojó un pedazo de tierra que cayó en mi hombro. Mis compañeros se reían a mis expensas. No lo niego, yo también me sumé a ellos. Hasta Jackson sonrió.
      Nos fuimos a dormir con la panza llena y el corazón contento. Mañana asaltaríamos un banco más grande lo que acostumbrábamos. Soñé, no sé cómo, con mi madre, a la que nunca conocí. Tenía el cabello blanco y la cuenca de los ojos vacías. Quería mirarme, pero yo le di vuelta la cara. Sus labios se movían, creí entender sus palabras. Observa. Observa. Observa.
      El ruido, sutil, de unas ruedas de madera al detenerse, me despertaron. Pude observar como el cuchillo atravesó la garganta de Roberts de cabo a cabo. El hombre de la carreta, luego de ejecutar a mi compañero, se acercó a Lindsay y repitió la operación. Alguien me tomó por la espalda. En la oscuridad oí algo del susurro. Hago lo que se me da la gana. 

sábado, 2 de julio de 2016

Día 776: Cielo sin nubes

      Lo pagué. Lo juro que lo pagué. Era un pedazo de pan quemado, nada más nutritivo. Ustedes no entienden lo que es encontrarse cagado de hambre. Yo tampoco. Estimo que esa es la clave, si es que algo así existe. Por supuesto, no me presenté. Tampoco era mi intención hacerlo. Deberán escucharme o cerrar la página. No hay muchas alternativas.
      A los vietnamitas les fue peor, eso sí puedo asegurárselos. Ellos conocieron algo más fuerte que el hambre. Algo llamado el poder de la bala. La bala que se incrusta en el seso, como una idea escurridiza. La bala y el napalm. Igual no pretendía hablar de guerras. Tampoco me remito al amor. Los sentimientos humanos son cosas sobrevaloradas. El valor, el verdadero valor de las cosas está en el tiempo. Tiempo de vida. Fechas de vencimiento. Creo en las bondades del plástico. Y la radiación. Fenómenos más eternos que nuestras míseras vidas.
      Si alguien me creyese loco seguro me tiraría del puente. Volvería como un fantasma vengativo para escupirle el asado o cogerle sobrenaturalmente a su mujer, cosas así. No pretendo demasiado del oxígeno que me tocó respirar. Mi cuota de oxígeno.
      A veces se me pone el cerebro a pensar, lo que haría con tanto oxígeno a mi disposición. Si fuera un gran magnate del oxígeno. Capaz prendería fuego todo. Y esta cosa terrenal que me toca atravesar sería un momento de combustión espontánea. Tampoco es que me fascine el fuego. Como dije, es cuestión de constancias. Lo constante por sobre lo finito. El plástico, la radiación, los impuestos. Nadie es más que una tortuga o un elefante. Incluso un pequeño tardígrado perdido en el espacio puede ser fuente del gozo más fundamental del tiempo.
      Hay tiempos y tiempos. El nuestro es mas bien un microtiempo. Un vómito de tiempo. Algo que se cuenta como poco porque poco es. Algo que no alcanza para comprar un chicle en el kiosko. Pasen y observen nuestra contribución a la existencia. Mi bien ya fue pagado con sobras.

viernes, 1 de julio de 2016

Día 775: Las opciones

      No, señor, no me deje en esa pregunta. Algo se me atora en la garganta, un garzo tal vez. El amor, dicen que es el amor. Y por supuesto, mi incapacidad de amar. Amar y sentir, cosas que hacen los boludos. A lo mejor la fortuna está y todos nos convertimos en robots asesinos. No hace falta, señor, no me ataque. Soy una princesa recelosa. Una montaña de pus sin su Venus.
      Podría ser la bella dama, podría serlo. Si me lo propusiera. No. No lo quiero. Me ven como la tonta de enfrente. La estúpida que aún siente. Cómo puede usted atacar mi integridad, señor. Vade retro, Satán. Si tan solo supiesen, que de tonta solo me hago.
      No me importa la belleza ni qué tan lisérgico pueda ser el ácido. Las drogas son la realidad. Lo que muere en mi cuerpo nunca despierta. Mi cabeza es una tumba de secretos. Podría hablar hasta la eternidad y aún prefiero el silencio. No quiero. No queremos compartir las desgracias que nos toca vivir. Puedo ser aquella mujer, la del misterio, la de la película, o puedo ser nada. Al menos déjenme elegir.

Linkwithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...