domingo, 3 de julio de 2016

Día 777: Veleta

      Siempre lo supimos. Bueno, tal vez algunos se hicieron los idiotas. Uno, dos, algunos más, no sabría decir bien la cantidad. Éramos un grupo compacto. Saqueábamos y escondíamos, saqueábamos y escondíamos. El terror del lejano oeste. Nunca usamos caballos. Así y todo, a pesar de las recompensas que pesaban sobre nuestras cabezas, nadie logró atraparnos. A decir verdad, éramos un grupo compacto y, sobre todo, un grupo con buena puntería.
      Si una cabeza se asomaba a cuatrocientos metros, existían grandes posibilidades que dejara de verse muy pronto. Nunca fuimos amigos, pero tampoco esperábamos grandes actos de traición. A esa altura teníamos mucho oro dentro de nuestras bolsas. Nunca desconfié de nadie. Salvo Jackson. El hombre era un caso aparte.
      Jackson provenía del norte. Vivía donde se fabricaban los dólares. Creo que su familia los debía regalar. A lo que me refiero, era muy pero muy rico. Nunca le faltó nada, nació como dicen, en cuna de oro. De la nada el pequeño corderito se rebeló y acá lo tenemos. Es uno más del grupo, no lo niego. Se adaptó más que nadie a nuestra vida, digamos, agreste. No le preocupa tragar frío de noche o salir corriendo en medio del sueño por el temor a ser atrapados. Es uno más. Un tipo duro.
      Y sin embargo nunca confié demasiado en él. Es demasiado callado. Reservado dirían algunos. Jackson masca su tabaco, arma el cigarrillo y no lo fuma. Lo sostiene en su mano y observa. Nos observa, mientras armamos nuestros planes. Un día, luego de una excelente jornada de trabajo, me acerqué con una botella a su lado. Pensé que quizás un poco de aguardiente aflojaría sus labios. Le pregunté qué mierda hacía un tipo como él entre nosotros, los forajidos de verdad. No dijo mucho. Creo que su explicación se redujo a: "No importa". Traté de empujarlo a la confesión definitiva. Sus labios quedaron sellados luego de pronuncio: "Hago lo que se me da la gana". Y siguió con su cigarrillo sin encender, observándonos. 
      A lo lejos, como a un kilómetro de distancia, veía una carreta. El hombre nos perseguía desde semanas enteras. No creo que se haya propuesto pasar desapercibido. Con mis compañeros pensamos que quizás quería recibir un poco de terapia de plomo. No importa. El hombre insistió. Nos seguía como un perro muerto de hambre. Y nunca le tiramos una sobra.
      Mis compañeros, al llegar el mes, dejaron de prestarle atención. Culpen a mi padre borracho, pero si algo aprendí de la vida es a saber prevenir los golpes. Mis ojos no descansaron un minuto más. Muy obvio, ese hombre quería cazarnos, cada día se acercaba, a razón de veinticinco, treinta metros. Distancias milimétricas. No lo entendí. Podría aparecerse en dos segundos con algunos latigazos a esos caballos, que parecían más sanos que nuestro hombre en cuestión.
      Fui con este descubrimiento a mis compañeros. Propuse acercarnos y dejar al hombre fuera de circulación. Se me rieron en la cara. El buen Abernathy, gritó Roberts, no vas a dejar de temer a tus propias sombras, los miedos son para los niños y los muertos. Me arrojó un pedazo de tierra que cayó en mi hombro. Mis compañeros se reían a mis expensas. No lo niego, yo también me sumé a ellos. Hasta Jackson sonrió.
      Nos fuimos a dormir con la panza llena y el corazón contento. Mañana asaltaríamos un banco más grande lo que acostumbrábamos. Soñé, no sé cómo, con mi madre, a la que nunca conocí. Tenía el cabello blanco y la cuenca de los ojos vacías. Quería mirarme, pero yo le di vuelta la cara. Sus labios se movían, creí entender sus palabras. Observa. Observa. Observa.
      El ruido, sutil, de unas ruedas de madera al detenerse, me despertaron. Pude observar como el cuchillo atravesó la garganta de Roberts de cabo a cabo. El hombre de la carreta, luego de ejecutar a mi compañero, se acercó a Lindsay y repitió la operación. Alguien me tomó por la espalda. En la oscuridad oí algo del susurro. Hago lo que se me da la gana. 

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