lunes, 4 de julio de 2016

Día 778: 300

El peso de la vida un día después. Gordo. Es la sensación correcta. Y una docena de facturas surcando por el cielo. Paredes, heladeras que gritan tentación. Recordó su figura un verano de 1950. Esbelto. Sin estrías. Eones antes de simular esa figura de lobo marino en Mar del Plata. Esa estatua gorda, desproporcionada.
Hoy la reserva de carne ha llegado a su límite. Los canelones brillan a través de la retina de sus ojos. Gordo. Y como lo haría un coro celestial, la proclama se mantiene en su cabeza, con terca insistencia. Gordo, gordo, gordo. Añorar épocas en que las voces solo decían por lo bajo, rellenito, pancita de casado, estómago cervecero, y cosas así. Ahora gritan. Gritan. No se callan. Gritan gordo con el empeño que prescinde de toda corrección política.
Y gordo es, gordo se siente. Un changuito de supermercado sostiene su otrora esbelto cuerpo. Y trató. Nadie lo niega. Trató tanto como un perro muerto de hambre. Es tan difícil abandonar el placer. Nunca se sintió un espartano. Ellos, con sus graciosas figuras, con sus músculos marcados, tan de película. El ejercicio. No. No puede haber placer en algo tan espartano.
Tampoco era lo suyo la guerra. Nunca tendría un ateniense enfrente para ser degollado. Lo suyo era la paz de la comida. El silencio religioso con el que ingresa una pizza al conducto digestivo. El placer con el que el ácido estomacal ejerce su trabajo. Eso es y sería placer. No. No estaba dispuesto al trueque. Tan sólo unas voces. Unas insistentes voces. Tal vez llegar a los trescientos kilos y rezar, a Dios, si es que existe, o a los espartanos, para no morir en Maraton o caer duro sobre la mesa, mientras el corazón cae en batalla.

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