miércoles, 13 de julio de 2016

Día 787: Lázaro Báez y la fabrica de hacer argentinos

      Espacio contiguo. Reducido. El efecto de vencer la claustrofobia. Salir a la calle desnudo y en pelotas. Decir algo. Un poco. No mucho. Nadie dice con la boca abierta. Es señal de educación. Que no se escape un aire.
      Allá afuera, en el mundo de los Pokémon. Callecitas aledañas donde los ancianos venden droga y fuman vagina. En esa delincuencia de fines del siglo treinta encontramos cosas parecidas a un hogar. ¿Serán cosas robadas? Allá afuera. Espacio libertario. Donde la puteada vale un Perú. Moneda de cambio.
      Esas callecitas aledañas, esas que exudan arrabal. Menú porteño, claraboya al escabeche. Tomalo con vermú y no preguntes si la propina paga el postre. No hay asado. Dejá de cantar Gardel que el zorzal se cansó de ser ruiseñor. Cuanta biaba mal puesta. Viejos esculapios. Mamaron las bellezas de la madre patria. Tetas bien puestas, derechas, sin siliconar. El nonno la puso como si fuese un torno maníaco. Le hizo cincuenta hijos a la nonna. Poblaron América, ese sueño que se repitieron entre los pobres mientras aspiraban las bondades del asbesto y el catolicismo.
      Paso y cortada. Te trabaste el pie en un adoquín. Uno de Talcahuano al no se cuánto. Te hiciste moco el pie. No hay tango para los valientes. Faconcito. Falconcito. Esas cosas de recuerdo, de fotos color no color que nos gritan una memoria olvidada, de aquellas personas que sostenían el torno y no detenían la marcha. Quisiste salir. Quebrar el espacio. Y la vereda mancha sangre. No hay tanto mar. Tanto que pueda recorrer. Una piña a la razón. Me quedo corto.

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