miércoles, 20 de julio de 2016

Día 794: Día del amigo

      Las directrices provenían directo de Houston. Tarde. Algo tarde. Morir en un sitio distante a la Tierra puede ser un lujo o un infierno. O ambas cosas. Esa pelotita azul ignoraba cuanto aire (poco) le faltaba por respirar. La capsula pronto se convertiría en un sarcófago espacial. Estúpida misión.
      Las Apolo habían cumplido con su propósito. Mandaron como a veinte tipos a la luna y trajeron algunas piedras de recuerdo. Souvenirs. Luego se produjo un lanzamiento fuera de protocolo. ¿Tendría que culpar a Ford de su muerte? ¿O a los bolsillos flacos de la economía estadounidense? Lo mismo da. Ni lo uno ni lo otro se van a preocupar por el astronauta abandonado que fue enviado a la luna por error. 
      Todavía nadie se explica como el cohete Saturno entró en ignición. En teoría sería todo un simulacro. Solo teoría. No hubo conteo previo. En cuestión de una hora su cuerpo había atravesado la estratosfera.
      Alunizó en el tiempo previsto (por el simulacro que no fue). Un pequeño desperfecto movió la trayectoria de la cápsula en un radio de dos kilómetros de diferencia. El lado oscuro de la luna dijo hola al astronauta.
      El sistema precario de telecomunicación envió la señal de auxilio. Tendría que esperar un año en un recinto que agotaría sus reservas en un máximo de tres meses. En resumen, estaba condenado. 
      Ya llegamos, fueron las entusiastas palabras de Houston. ¿Cuánto tiempo llevaba muerto? ¿Dos meses, un día, cuatro siglos? Había perdido la cuenta. Ser un muerto vivo en el espacio agota las posibilidades de medir el tiempo. Lo que si estaba seguro es que la pelotita azul llegaría al ocaso antes de entender el tiempo que le llevó sacarse el casco. Ese pesado casco.

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