miércoles, 3 de agosto de 2016

Día 808: Derecho a la vivienda

      La porquería se resistía a abandonar el lugar. No le importaba que tanto había pagado por ese pedazo de tierra. Era un nativo, o un okupa extraterrestre. Véanlo como gusten. Recordó el tiempo de la compra. Unas cuantas parcelas ofrecidas por internet. Es un engaño, pensó. ¿Quién sería tan tarado para comprar un terreno en Marte o la Luna? ¿Quién los hizo dueños a esas personas?
      Y no tuvo tiempo a hacerse más preguntas. Cayó en la treta. Para su fortuna, no resultó ser un camelo, después de todo. Claro, todavía en el año 1986 nadie se preocupaba tan en serio acerca de las probabilidades de llegar a Marte, menos que menos llegar vivo. Pero los años pasaron, y ese papelito juntó polvo en el armario. Ese papelito, en teoría inservible, tuvo su cuarto de gloria a fines del 2037, cuando la agencia espacial marciana dio el llamado a  todos los propietarios de terrenos espaciales. 
      Nada viene gratis, por supuesto. Nada. Había comprado cinco hectáreas de suelo marciano a precio irrisorio, ahora la deuda por impuestos conformaba una suma importante. El proceso de terraformación no sería gratuito. Tampoco la iluminación, ni el gas, ni el agua, todos servicios indispensables para la vida humana. 
      El propietario no se echó atrás. Tengo una vida en el espacio que me espera. Voy a vender mi casa, mis sueños, hasta el perro, qué mierda importa. Marte me llama. Seré un marciano y todo se va a ir al reverendo carajo. Hizo sus maletas, llenas de todas las ilusiones del mundo y tomó el primer cohete rumbo al planeta que solía ser rojo. Y ahí se lo encontró, un tipo verde bebiendo un líquido amarillo, durmiendo en una choza dentro del terreno cuyo papelito expresaba ser de su propiedad.
      La criatura hizo oídos sordos. Odiaba a los terrestres, con sus pieles blancas, amarillas y negras. Los odiaba a todos por igual, niños, mujeres y ancianos. Tanto odio les profesaba que pensó más de una vez en asesinar a algún que otro terrícola. Pero desistió de la idea, su cuerpo no podría soportar el destierro.Y acá tenía a uno que pensaba robarle su casa, todo por una estafa interplanetaria. 
      Le advierto que acá en Marte todos somos abogados con altas calificaciones, señor terrestre, le advirtió el marciano. No querrá comer pasto marciano en el tribunal galáctico. Su voz, aunque tranquila, insinuaba un desafío. Su pronunciación del castellano era impecable. El propietario insistió en su papelito, en el recurso terrestre que lo ampara y en Dios y en vaya uno a saber qué cosa más. El marciano hizo un gesto ridículo, como de encogerse los hombros, sus inexistentes hombros. Traiga a su abogado y pida una audiencia en el tribunal, eso es todo lo que puedo decir.
      El terrestre salió de su terreno pronunciando improperios de su planeta. Todavía lo oigo, gritó detrás suyo el marciano, le aconsejo que se retire si no quiere probar el calibre de las armas de mi planeta. Calló por unos segundos. Volvería a la Tierra a reclamar lo que le pertenecía por ley. El cohete, a su pesar, nunca llegó. Y el propietario tampoco.

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