domingo, 7 de agosto de 2016

Día 812: Glitch

      Advirtió el ligero desliz. En una competición profesional se trata de segundos. Una lucha de videojuegos, o de Dragon Ball. Algo que nadie puede detectar a menos que la repetición se ralentice a un extremo humano. Él no lo necesitó, él, el mejor árbitro del mundo. Ojo de águila. 
      Su visión era tan certera que podría enhebrar una aguja sentado a dos kilómetros de distancia. Nada mal para sus ochenta años. Se retiraría pronto. Para eso era necesario no hacer el ridículo. La última competición. 
      Y ese desliz. Algo ponía a prueba su ojo, por última vez. Hizo lo que nunca: dudó. ¿Estar parado? ¿continuar? ¿cuáles son los algoritmos de la existencia? ¿Acaso Dios es una elucubración humana para redimir el pecado de la culpa propia? Esas y otras preguntas afloraron en su cabeza en solo un instante. Un hombre vacío, ido, es lo que el público podía apreciar desde las gradas.
      Las manos se antepusieron al cerebro y las palabras. El gesto fue más que elocuente, aunque inentendible. Las sacudía con energía, como si estuviese apagando un fuego invisible. Se detuvieron. Los competidores, confusos, se observaban entre sí. 
      Todos escucharon las palabras del árbitro. Era verdad. La competición está suspendida. Las razones no dejaron de ser dudosas. Es el desliz, ¿no entienden? El truco del holograma. ¡Alguien va a apagar la matrix, alguien va a apagar la matrix, alguien va...

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