martes, 9 de agosto de 2016

Día 814: Carta blanca

      La bruja ordena el sacrificio. El hombre invertido, a ese hay que prestarle atención. Una bola de mentiras, eso dice. Son solo cartas con dibujos. Alguien le dijo que curaría su mal. Pero no. Odió lo que tenía adelante. Una mujer, de no más de cincuenta años, pero con la misma bellaza de una de veinte. Me la cojeria si no fuese así. Pero lo es. 
      La torre, la torre es importante. Advierto un ingreso importante. Monetario. Parecía como si hubiese aprendido ayer. Si, si, repetía. Fingió asombro y no le salió. Los peores cinco pesos gastados. Y no se percató, así perdido en sus pensamientos, que la mujer había dejado de tirar cartas.
      Lloro. Lloro de alegria. De tristeza. O forzada. Es el misterio de las cosas. Le ha tocado la carta blanca. Usted va a detener el tiempo. ¡Demonio, demonio! La adivina se retorció en el piso, con los ojos en blanco. El hombre se paró y suspiró. Un fin es un fin. Todo fin es un alivio. Así escriben sus asuntos los hombres. Libros. Posó sus labios en la frente de la adivina. La mujer aún contraía su cuerpo en suaves espasmos. El beso detuvo su corazón. El veneno irradió a lo largo de la superficie de la piel. Una marca en la frente que no sería borrada ni siquiera luego de su muerte.

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