sábado, 13 de agosto de 2016

Día 818: Sin afeitarse

      Era la historia de un paramecio, que aspiraba a ser mucho a pesar de ser tan poco. Decidió trascender su vida para convertirse en algo grande. La epidemia, tal vez, más grande que conoció el planeta Tierra. Como microorganismo se metió dentro de todos los cuerpos que pudo, y se reprodujo casi hasta que se le cayeron los cilios.
      Eucariota unicelular, marca de fábrica. Ese trapiche donde se cuajan todos los jugos. Y las cenizas, claro las cenizas. El caso de encontrarse plasmado en el mundo. Aparecer en las tapas de revistas del corazón. Un deseo muy humano. Demasiado humano, tal vez.
      Donde ese paramecio atacó pocas personas quedaron. El buche de aguardiente sacudió la mañana. Tendría que afeitarse. Algún día, Ricardo, algún día. La vida es muy corta como para detenerte en los detalles boludos. La vida está hecha de detalles boludos. Un sinfín de detalles boludos, qué mierda. Y no importa. En algún momento cae la muerte y con ella el cadáver consecuente.
      El paramecio ignoró cada centímetro de ser humano. Aguardó con la presteza de un soldado curtido. La noche sería su noche. Aguardaría el momento para reproducirse, por primera vez en su historia, de modo sexual. El ser humano, como los sueños, trajeron el momento a la realidad. Nada es verdadero. No hay epidemia, ni trascendencia. Aunque sí la posibilidad de ser. Esa minúscula posibilidad del acto sexual. Trascender. Una pena que ignore esa virginidad que con tanto orgullo acarreaba Ricardo. Cincuenta y cinco años, ¿qué es la vida?.

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