domingo, 14 de agosto de 2016

Día 819: Mestizo

Lo llamó un arrebato de la juventud. Cosas que se hacen cuando las hormonas sobran y la experiencia falta. Ahora la cuestión era hacerse cargo de la cosa. No es para tanto. Peor es morir. Dónde está lo peor.
Una desinteligencia diría su madre, si estuviese viva. Tampoco papá opinó demasiado, no se sentía a tono con la nueva generación. Solo conocía el efecto del vino sobre su cuerpo. Papá si sabía hacer honor del alcoholismo. Llevaba en alto la bandera, él y su higado destrozado, haciendo willy sobre una cirrosis inminente.
Mamá murió muy joven como para opinar. Se la llevó el cáncer de útero, una cosa fulera si las hay. Pero tampoco había mucha juventud ante tanto arrebato. Ya tenía veintinueve. Una edad suficiente como para pensar en asuntos serios. Pensar. Eso le pedía su padre antes de cruzar la frontera.
Allá pasaban las cosas raras, eso lo entendía, pero también sabía que era el único lugar dónde podían trabajar los de su clase. Nunca dio un puntaje tan alto en el examen psicobiométrico. Era un delta más. Uno del montón. Una mula de carga. Un lleva y trae. En la frontera se conseguían cosas increíbles.
Claro que también estaba el asunto de la radiación. Nunca se le pegó demasiado. Suerte, quizás. Allá pasan cosas extrañas.   Es algo bueno que el contacto ocurra en raras ocasiones. Es si ellos quieren. Ellos. Esas criaturas que de pequeño llenaron sus tableros de dibujo. Los pintó de verde y resultaron ser púrpura. Un adorable y sensual púrpura. Su piel tenía tintes. Sabía que lo suyo era amor, pero como explicarle a papá. Amor en la frontera. Cómo explicarle a papá, las cosas que se pueden sentir por alguien que no es de acá. Que vinieron de tan lejos. Una galaxia distante. Lejos. Me enamoré de una extraterrestre. Eso le diría. Respetá a la mamá de tu futuro nieto, eso.

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