lunes, 22 de agosto de 2016

Día 827: Pedir prestado

      Tu silencio cotiza en bolsa, dijo y se fue. Nunca más volví a saber del extraño. Era una persona con un modo raro de ver las cosas, lo se. Una vez incendió un perro. Yo lo vi. Mejor dicho, yo le ayudé. No fue gran cosa, le sostuve la caja de fósforos. Soy todo un cómplice del mal. No lo forcé a detenerse. En el fondo lo disfruté. El animal aulló del dolor hasta que cayó redondo al piso. 

      Un dato curioso, el extraño y yo nacimos el mismo día. Mismo horóscopo, mismo ascendente. Todo igual. Estamos tallados por la mismo cincel. Salvo nuestros padres. Diferentes, por supuesto. Trabamos relaciones profesionales durante más de veinte años. Desde hace siete años fuimos íntimos amigos. Y aún así nunca dejó de ser para mí un extraño.  De más está decirlo, no sé su nombre.
      Y siempre callé todo lo que tenía para decirle. Fui sumiso. Un boludo. Qué se yo, no me gusta contradecir a la gente. Forma parte de mí.
      El extraño venia con sus planes retorcidos y yo miraba. Sus manos caían rojas del esfuerzo y yo miraba. En el transcurso de los años me convertí en un excelente observador. Y por supuesto, también un buen abogado. Manejé con gran soltura los negocios del extraño. Así fue hasta que las cosas empezaron a ponerse más raras.
      Primero fueron los llamados a la madrugada. Pensé que se trataría de una joda. Luego las ventanas se abrieron solas. Fantasmas. Algo de eso pensé. Mis temores supersticiosos se volvieron reales. Y el extraño comenzó a aparecerse en mis sueños, sin mas ropa que una túnica gris. Podía adivinar la silueta de su desnudez. El tipo quería llevarme a un altar de no se qué. Un sacrificio maya, supongo.
      Me despertaba con frío en la mandíbula, como si mi cara hubiese sido apoyada contra una bolsa de hielo. Llamé por celular al extraño, y no obtuve respuesta. El contestador telefónico me invitaba a dejar un mensaje. Llamame. Eso es todo lo que decía. Más tarde se convirtió en un aparecé o un ¿dónde estás?
      Eso hasta ayer. El extraño apareció y dijo esas palabras, para bien de mi papel sumiso. Y volvió a desaparecer. Se esfumó, así. Una nube de humo se metió dentro de mi nariz. A veces me siento raro, y no sé qué es.

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