miércoles, 24 de agosto de 2016

Día 829: Arrebato pagano

Se anunció cada día de Natividad con la soltura de un chamán enardecido por el vodka. Decía emparentarse con una figura divina. Eso, mientras pateaba a los feligreses que se autoconvocaban en esa noche tan especial. La noche le parecía justa para dejarse ir. Puteó a cada uno de ellos con democráticas intenciones. Todos por igual.
El párroco de la iglesia, un guerrero convencido de vivir en una suerte de apocalipsis, identificó al hombre. Lo señaló con firmeza. Una invitación. El diablo posado en su cuerpo. Tantos años de arruinar el sermón. Hay que poner en evidencia a este borracho y sacarlo del forro del orto, pensó el párroco. Si, usted, el de sobretodo gris, suba conmigo por favor.
El hombre se negó. Dijo palabras inentendibles. Parecía un lenguaje escandinavo, o algo así. En la mano sostenía una espada. Parecía muy antigua. Nadie lo observó, tenían verguenza de levantar la vista. El párroco advirtió el peligro del arma y bajó del altar. Debo detenerlo, emisario etílico de Satán.
Y no se detuvo. El borracho ignoró a ese hombre de sotana que se le acercaba, lo esquivó. Lo dejó en el piso, con el corazón lleno de preguntas. ¿Adónde se conduce ese buen hombre? Ese alcohólico de mierda por que el que Jesús no da un puto denario. Ese hombre con barba, sucio, de sobretodo gris, el que tiene una espada medieval colgada a la espalda. Ese hombre que parece descender de Suecia o un país similar ha tomado el altar. Es su venganza por tantos años de supremacía cristiana. Una nueva prédica. Los nuevos tiempos de Odín llegaron.

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