viernes, 26 de agosto de 2016

Día 831: De colección

El celofán, el glorioso celofán que recubre la figura de acción. Han Solo, modelo 1978, Hasbro. Una reliquia para cualquier coleccionista que se precie de conocer Star Wars. Los fanáticos observaban al muñeco, se sostenía solo en el aire. Nadie prestó atención a la persona que lo llevaba en sus manos. El dueño. Ese hijo de mil puta, suertudo. Una subasta en el 87, por dos mil módicos dólares.
Y el árbol creció, así como la inversión en ese pedazo de plástico. La última oferta era cercana a los tres millones de dólares. Es por el celofán, por el puto celofán. Y una mierda, él no era ese monstruo que algunos llamaban coleccionista. Él ante todo era un vendedor, un comerciante. Por unos billetes estaría dispuesto a patearles el culo a cada uno de estos cuatro ojos con granos que se babean sobre ese muñeco insignificante.
El circo crecía. Sus pasos llamaban a los fenómenos. Es primera edición. Original. Ni un detalle. Los rumores corrieron rápido. Miles de propuestas informales atacaron de lleno al vendedor. Las negó a todas, no por faltarle interés. En realidad no entendía nada de lo que decían esos tipos. Decían palabras extrañas, reían con la boca abierta y juraban por entidades desconocidas para él. Ninguno hablaba su lenguaje, el de los negocios.
Acorralado. La fiera de Wall Street acorralada en su precipicio de dólares baratos. No fueron bondadosos. Tocaron cada centímetro de su cuerpo. Y por supuesto, Han Solo pasó a mejores manos.

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