martes, 30 de agosto de 2016

Día 835: Idolatría capitalista

Una partida de juguetes defectuosos. De ahí comemos todos. Fue una de esas gangas que te conseguís en la aduana. Aparecen cada tanto. Hay que tener el ojo abierto, uno nunca sabe. Containers tipo kinder sorpresa, le decimos. Una vez me demandaron, pero la verdad que con el grupete de la aduana estamos más allá de las leyes.
Después vienen los celulares y las porquerías chinas. Tuvimos un buen día. Hicimos como diez lucas cada uno. Tiempos gloriosos. Después nos cayeron los inspectores. Igual nada se fue a la mierda hasta que apareció el leprechaun. Digo, la fábrica de leprechauns. El container ese, el verde, tenía algo de magia. Y no eran juguetes. Eran enanos de verdad. Con sombrerito y todo.
Salían de a grupos de veinte, treinta. Todos con las mismas ganas de atrapar sus ollas de oro. Los clonábamos, si se puede decir de algún modo, y los vendíamos. Un amigo mío se encargaba de la logística. Todo se trata del marketing, el buen marketing, querido, me decía.
Y todo parecía normal hasta que nos comenzó a ir de bien a mejor. Nos volvimos unos empresarios de nuestra propia delincuencia. Y existían otros portales, situados en diferentes containers. Cada tanto traíamos cosas de otra dimensión. Ya saben, esos aliens feos que se ven en las películas. Esos se vendían muy bien. Se sorprenderían, hay público para todo.
Nos fue bien, un día nos cansamos y dejamos esa veta comercial detrás. Creo que nos volvimos viejos. O ricos. No sé cuál de las dos. O pasó al mismo tiempo, no recuerdo. Fuimos capaces de comprarnos nuestras propias aduanas, ser dueños de containers, países enteros. Uno de mis amigos fue presidente hasta que le volaron la cabeza de un tiro. Comandamos los hilos del planeta tierra. Y después nada, nos cansamos.

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