miércoles, 31 de agosto de 2016

Día 836: 35 mm

El cineasta disfrutaba de rebanar a su musa en mil pedazos. Cada minúsculo plano recomponía el rompecabezas llamado mujer. Una pierna autopista se extendía a lo largo de la lente. Un pan focus difuminaba el fondo en un océano de incertidumbre. Y más de otras veces la imaginó desnuda. La presa dentro de las fauces del tiburón. El olor a la sangre despertaba sus instintos animales.
La aleta directo a la entrepierna. Le gustaba sentir el olor a su perfume. Cada tanto diría una guarangada, solo apoyado en la ocurrencia del guión y el gesto cómplice del iluminador. La quiero bien brillosa, dame un pantone 11-0602 TCX, pura como la nieve. El deseo de acariciar toda la piel. A los críticos le daba tela para cortar. Otra broma, actriz fetiche. Tarantino la tiene, qué mierda, incluso un tipo como Fellini no podía resistirse al encanto de una Cardinale. Y ahora, una vez más, detrás de la sonrisa de la claqueta. Los críticos. Esos que solo les gusta hablar mierdas. Fellini lo entendía, para ellos iba dedicado 8 1/2, eso lo tenía claro. 
Y ahora les taparía sus divinos ojetes con la prueba de arte máximo. Un compendio de primerísimos primeros planos. Una vagina cubista. La absoluta deconstrucción del cuerpo humano. Jugaría el papel de Dios supremo del arte. Una quinta pared. Hay algo más. Trascender el vacío de la palabra. Y el deseo que vuelve, que nunca se fue. De eso se trata la obra de arte máxima. La obra por la que sería capaz de morir, de matar, asfixiar, y sobre todas las cosas, amar.

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