jueves, 1 de septiembre de 2016

Día 837: El flautista de Villa Luro

      Un croto pasea por la avenida Lope de Vega al 400. Recuerda a un antiguo rockstar privado de sus millones de libras esterlinas. Con esa barba podría haber escrito diez Sargento Pepper y cuatro Revolvers. Y sin embargo prefiere el anonimato del barrio de Villa Luro. Tiene talento. Se le da bien con la pandereta, aunque su fuerte sea la guitarra.
      Entona una vidalita y las palomas tiemblan a su paso. Es algo en las frecuencias, una cosa que les molesta. La voz de mierda triturada por el jugo de uva fermentado. La sangre del Cristo lo envalentona a recitar una vieja poesía de sus tiempos.
      El croto recuerda cuando era pequeño, cuando vivía bajo un techo y se pasaba las horas leyendo cuentos de terror. Había uno de un yanqui acerca de unos gatos sagrados en Egipto. Ese yanqui sí que te daba el cagazo. Peor que las películas. Esa noche no pudo conciliar el sueño. Amaneció tan despierto como lo estaba diez horas atrás. Los gatos, hay que proteger a los gatos.
      ¿Y cuál es el enemigo del gato? Aparte del hombre. No se necesita ser un científico. El enemigo natural del gato es el perro. Desde esa tierna revelación de la infancia juró defenderlos de tamaña amenaza. Así fue como se lanzó a las calles de Buenos Aires y nunca más volvió a su casa.
      Al principio trató de acomodarse con un trabajo y alquilar un departamento. Pero el cuidado de los gatos le exigía una dedicación a tiempo completo. Por esos años el croto aprendió a tocar la pandereta. Pero no era tan efectivo como esperaba. Necesitaba otro sonido. La melodía definitiva, así lo llamaba a su plan.
      La idea la había tomado de un cuento infantil. Un hombre se lleva las ratas de un reinado a cambio de una cierta cantidad de oro, el rey se hace el sota y el hombre se lleva a todos los niños como parte del pago demorado. Una bella historia. Antes la pedofilia no era una cosa tan seria como en estos tiempos de corrección política extrema. El flautista de Hamelin. Ese era el nombre del cuentito.
      El croto sería el flautista de Villa Luro, pero para ello necesitaría encontrar la frecuencia adecuada. O la melodía definitiva. Fueron años de pruebas y más errores. Entrenó la voz y los dedos para tal fin. Y fue la paloma que se retorcía en el suelo al compás de su vidalita la que le advirtió que ya estaba listo. 
      La melodía definitiva fue escuchada en cada rincón de Villa Luro, y se extendió a los demás barrios de Buenos Aires. Todos los perros de la ciudad entendieron el mensaje. Una señal similar a los puntos y rayas del Morse. La palabra era sacrificio. Se convocaron de a miles al Río de la Plata. Los gatos lo agradecieron.

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