martes, 6 de septiembre de 2016

Día 842: Remedio

      Lo pudimos hacer sencillo pero al final nos salió de culo. Imaginen, todo un ejército de muertos cayendo por la colina, nosotros, dos pibes sin barba, cagados hasta en las patas, con rifles de fabricación nacional, esos que se traban. Y nuestra muerte, cada vez más cerca. Le arrojamos una granada que no funcionó. Creo que tiramos a un zombie, o lo dejamos medio tarado. El resto ni se inmutó ante el desperfecto técnico de esa pelotita. 
      Aproveché para declararme a mi amigo, le dije que lo amaba, que deseaba tener sexo con él, y cosas por el estilo, en su habitual estilo homofóbico me trató de un puto del orto, o algo similar. Luego me tomó por la cintura y me hizo ver la luna en colores nunca vistos. ¿La mejor cogida de mi vida? Tal vez. Imaginen, ambos creímos que sería la última. Y yo pensé, con esa tierna inocencia que ni siquiera la guerra me había logrado arrancar, que mi amigo aún no se había decidido a saltar afuera del ropero. Error mío. 
      Luego del acto sexual, seguimos disparando. Ni nos preocupamos por la bragueta de nuestros pantalones, no es algo que de mucho pudor cuando te encontrás frente a una horda de zombies con ganas de cerebro. Pedimos ayuda, por supuesto. La radio no funcionaba, por supuesto. Las balas eran escasas, por supuesto. Y pensamos, casi de un modo idiota. Ellos nos muerden, ellos nos convierten. Hagamos eso, clavémosle los dientes y los humanizamos de nuevo. Era un plan de mierda, pero tenía la lógica de la desesperación, esa que a veces funciona, aunque no sea en el caso de estas ideas descabelladas.
      Y nos hicimos cargo de la idea, con el desparpajo de unos alegres borrachos. Mordimos a uno, a otro, y así, hasta quedar empapados de vísceras de zombie. La carne podrida tenía gusto a ensalada ácida impregnada de queso rancio. Tampoco era la idea comer zombie, pero ya saben, a veces se te mete un pedazo de carne entre los dientes sin querer.
      Fue idiota, pero funcionó. Poco a poco obtuvimos la ayuda que necesitábamos de nuestros zombies recuperados. Nos miramos con mi amigo y dijimos, sin palabras: wololo. Ganamos de pedo, fue una lucha que nunca pude olvidar, a pesar de que mi amigo no lo admita.

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