sábado, 10 de septiembre de 2016

Día 846: En el exilio

Una huella en el expediente, eso es todo, dijo el oficinista antes de colocar el sello maldito. Uno verde, con una A mayúscula. Es por Antecedente. Usted, mi querido, está manchado. El hijo de puta disfrutaba la situación. Un sello más, sea del color que sea, era el equivalente al exilio. Y nadie pudo encontrarle un mejor eufemismo a la muerte.
Nunca estuvo a favor del Régimen, lo bancó, es verdad, pero su condición de repatriado le impedía tomar otras opciones. Cinco años de residencia, ese es el precio de la libertad. Luego de tres años en la colonia, los intereses de la deuda empezaron a asfixiar sus ideales.
Algunas palabras golpeaban sus oídos. Revolución, insubordinado, dinamita y Marte.
El planeta de la muerte. Quince años, por lo menos, que se rebanaron de su esperanza de vida. Todo por un accidente estúpido. Un juego de niños con la débil atmósfera marciana. Ahora sufría como tantos miembros de la colonia, ese asesino silente vehiculizado por la radiación.
Y el verdadero torturador de la cuestión siempre fue el error de cálculo. Alguien no supo calcular las raciones iniciales. Parte evitar un desastre vinieron los sorteos, un tanto arreglados. Algunos se hicieron con las partes jugosas, hijos de magistrados tal vez. El resto acumuló huellas y retiros voluntarios. Exilios. Todo sea por mantener el frágil ecosistema marciano. Nada es como en la Tierra. La Tierra, aquel ahora distante planeta. Dicen que todo voló en mil pedazos. Nadie lo sabe. No llegan las telecomunicaciones. Sin señales. Solo la herencia de los átomos en colisión. Sería libre, allá en el campo marciano, se juntaría con los otros, demases en suerte. Y quizás exista una salida. Solo se trata de respirar. Respirar. Una vez más.

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