miércoles, 14 de septiembre de 2016

Día 850: Mina literaria

Contemplemos. Y así la historia se desarrolla sola. Un muerto al costado de la ruta. O tal vez una mamá que odia a su hijo más pequeño sin una razón más aparente que haber sido abducida por un extraterrestre. Los puntos de colores en la aeropista. Ahí tiene que caer el avión. Ahí. El encanto de lo superficial. El valor de las digresiones. Y sobre todo, el peso de un buen puto comienzo.
Mis pies seguían su camino al precipicio cuando me topé con el fulano. Iba a suicidarme, esa era la idea. El fulano lo impidió, esa no era la idea. En un pueblo rural los valores son diferentes, dicen. Los policías miran al costado. Los violadores tienen buen cobijo. Los bebés nacen con una coima debajo del brazo.
Sumen la esperanza perdida a los catadores de cerebro. Las buenas costumbres, esas banderas inútiles, proclamas de una esperanza perdida, tal vez nunca encontrada. Pero no nos dejemos llevar por las cosas del corazón. Vamos a los hechos. Fríos acontecimientos, atravesados por el hilo de una sola razón, la verdad. O eso que creemos. Lo mucho cuanto puede ser. 
Vagar por donde pisa fuerte el cadáver. Allá nos dirigimos. Esta historia sin cabeza tiene que quedar sin final, porque es todo medio. Y el interludio también vacío nos dicta una broma. Una jugarreta de letras acomodadas al placer del consumidor. Una trampa para el que la pise. Un dedo menos para quien se espanta. 

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