jueves, 15 de septiembre de 2016

Día 851: Paideia

El sistema se equivocó, dijo, y el resto fue silencio. Los alumnos dudaban, si aplaudirlo, si lincharlo, ambas opciones eran igual de apetecibles. Luego de una clase magistral de tres semanas sin descanso, nadie se hallaba en condiciones físicas para pensar algo. El hijo de puta es convincente, dijo uno cuando se cumplieron las primeras 24 horas.
Es una contribución a la lucha de clases. Pequeños actos que estimulen grandes movilizaciones. A salir a las calles. Tomar lo propio. Un discurso lleno de lágrimas. Lágrimas redentoras. De pieles que transpiran junto a codos y manos, manos y codos. Todos. Juntos. Un mar de hombres, alzados contra la máquina de triturar carne.
Una figura de terciopelo elige sus palabras con cuidado. Enseñar, lo que se dice enseñar, es peligroso. Contaminar los cerebros con un fósforo que pronto va a ser una llama incandescente. No hay que detenerse aunque la pierna flaquee, aunque el sistema lo desee. Ese sistema que tanto se equivoca. Se equivocó. Una vez más. Y el aplauso inconmensurable llega. Con el odio. Ese odio pertrecho, adecuado para la ocasión. De ese rebelde que decide hacerse mayor, que toma el papel en su propia revolución, y la de los trabajadores, y de los que sueñan, y también de aquellos que se pierden en las ideas de algo mejor, sin saber qué, tal solo algo. Encender una vela, y alumbrar. Y no parar de alumbrar.

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