lunes, 19 de septiembre de 2016

Día 855: Adiós, mundo

      El hombre fue forzado a amanecer. La táctica era vieja. Un verdugo de experiencia se encargaba de introducir el sol pequeño dentro del acusado. Las quemaduras internas hacían el resto del trabajo. Un amanecido menos. Nada había cambiado en la Tierra desde que el tráfico de soles se había convertido en moda. Algunos morían, otros, más privilegiados, aguantaban el peso de la ola.
      El aparato en cuestión era el responsable. Su función original respondía a ciertos lineamientos científicos que nunca fueron descubiertos. Ahora el propósito principal de la maquina era producir por mecánica cuántica la cantidad de masa suficiente que, devenida en energía, colisionaban en pequeños soles. Sol bonsai, como le gustaba llamarlos Frederick, un traficante del límite noroeste.
      Y mierda que eran útiles las porquerías. Los antiguos ignoraban muchas cosas respecto a los más antiguos. Los más antiguos tenían razón, o parte de ella. Descubrieron que la Tierra era plana. Por algún extraño movimiento tomó la forma geoide. Años de meteoritos y evolución aleatoria convirtieron al planeta en una pirámide invertida. 
      Las poblaciones, ahora reducidas por los grandes cataclismos, solían concentrarse en el centro de la base de la pirámide-Tierra. El resto, delincuentes, traficantes, pobres y abogados sin trabajo, vagaban por los cuatro límites. El limite norte era el más poderoso. Eso bien lo sabía Frederick antes de comenzar con el trafico de pequeños soles. 
      El traficante era un centriano. Lo delataba ese acento cerrado de la orbe principal. Era un veterano de guerra. Frederick había participado en la tercera y la quinta. Eso era mucho decir. Faltaban dos semanas para su cumpleaños número doscientos. Muy viejo para este planeta, solía decir. Muy astuto, también. Nadie se percató del robo de la máquina. 
      Nadie supo como logró escapar. Hablar de vehículos motorizados con ruedas era algo salido de una dimensión aparte. Cuentos de magos, decían los niños, algo deformes por la radiación de los límites. 
      Los pequeños soles se comerciaron en toda la Tierra. Con una de esas porquerías uno podía cocinar, reciclar basura, calentarse el cuerpo y ejecutar reos a un módico costo. Frederick entendía más que bien los fundamentos de su negocio. 
      Y fue el último empresario antes de la catástrofe definitiva. El acusado lo advirtió, antes de sentir la fuerza del sol que derretía su piel. Va a implotar, inestable, átomos, adiós, mundo.


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