jueves, 22 de septiembre de 2016

Día 858: Palabras y manos

Lástima el inconveniente. Por un milisegundo el láser no le cortó la cabeza. Me hubiera gustado verlo. No es porque sea un morbosito. Nada de eso. Es una cuestión de odio. Odio del bueno. Los seres humanos necesitamos odiar, entienden, es lo que limpia el sistema linfático de toda la porquería que juntamos en el día. Yo uso mi cuota de odio diaria, por ejemplo, con los desodorantes. Son inflamables, saben. Esas porquerías se prenden fuego de lo más rápido.
Tengo que retornar a la fuente. El cuerpo, aún vivo, ese pedazo de carne ahí detenido que nos indujo al delito. Fue un inconveniente, que todavía me lamento. Discutimos, como discuten los hombres, entienden, con palabras y manos, manos y palabras. Una cosa lleva a la otra. Pelear es un arte, hacer el amor también lo es. Pelear es como hacer el amor. Esa noche hice el amor con un hombre, con mis propias manos. Lo hice sangrar mucho. Y casi se murió en mis brazos. Como en las películas.
La verdad que ni me acuerdo por qué discutimos. Habrá sido una charla deportiva o filosófica, quizás discutimos si Aristóteles la tenía más grande que Platón, o algo así. No recuerdo. Estaba borracho o dormido, o ambas. Fue un espacio en blanco esa noche. Aparecí con un casi cadáver en la puerta del hospital. Lo empujé como pude. Estaba oscuro. Además llovía. Y luego el láser. Ahí me di cuenta. Esto no es un hospital. Es la maldita frontera. Y corrí, tanto como pude, en mis piernas llevé la vida. Atrás dejé el cuerpo, un cadáver, seguro. Con la guerra no se jode.

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