lunes, 31 de octubre de 2016

Día 897: Ocupación

Una migraña me atraviesa y no es dolor. Es la sensación de muchos cuchillos. Pocas palabras. Hagamos duelo por las dudas. Los negocios amacerán cerrados. El día de la invasión. Nada más certero que un rayo láser. El corazón del pueblo puede negociarse. Seamos sumisos. Pidamos perdón por el enchastre.
Después mamamos el jugo de revoluciones rancias. Acote de guerra, afeite de fin de semana, usted puede ser el héroe de su cuadra. Sea atrevido. La mímica de la muerte. Todos emparentados en esa danza. Volver al contador cero. Vuelta atrás.
No se anime, señor. Esconda su cabeza de tortuga en alguna entrepierna. Contemos los minutos en una cuenta regresiva multiorgásmica. Sepan que acá estamos, en la raya de la apariencia y el mundo de los vivos. No pudimos contaminar el suelo. Somos eso que esperamos.

domingo, 30 de octubre de 2016

Día 896: Callar

Existe un nuevo tormento. Caótico. Abrigado en la superficie del mundo. El minuto nocivo de la palabra contamina y expande. Corta, expira, corta. Y la secuencia repite un espanto ampliado. La vida, un otro que recibe la sombra. Estructura y recodo, algoritmo y desperfecto. Un mayor cielo espera. Aguarda. Desespera.
Movimos las manivelas. Y la intriga monocromática nos desveló. Un poco de sangre en el labio no hace un hematoma. Hace. Real. Y configurado como uno. Poco. Corto. En la noche las aguas despabilan el sueño de aquel que grita.
Perder el estribo. Encontrarse. Luego volver el maremoto en contra. Laberinto. Nunca. Sin valor. Nulo. He perdido la noción. Obsoleto. Y sin embargo. Aguardo. El intrínseco momento, en que ganas y fuerzas quizás sean lo mismo. O no.

sábado, 29 de octubre de 2016

Día 895: Otro lugar

No me digan cómo sentirme. No aplica el formulario. Quedamos tan vaciados de sentido. Es la muerte o la vida misma, es difícil elegir, cosas que al final son lo igual. Lo distinto es sentir cómo lo malo cae y aprieta, como se estira el tiempo hasta desdoblarse en algo más. Una plegaria al vacío, moneda de cambio.
Tuve el mejor momento de mi existencia. Miré al océano y deseé tener branquias. Capaz, escapar, dejarme llevar por la corriente. Analizar el extremo del silencio, opaco devenir de los segundos. Inagotable. Dormimos sin desearlo.
La pregunta distante, cuando el pomo se termina. La cinta corre y la luz intermitente del proyector señala el fin de la función. Apagar el interruptor. Corto la secuencia. Mi sentir está en otro lugar.

viernes, 28 de octubre de 2016

Día 894: Llamada equivocada

Nos pasamos toda una vida buscando fuentes alternativas de poder. Quiero decirles que fallé. No es una cuestión de escatimar en gastos cuando se le erra fiero al asunto, verán, crié a un monstruo y el monstruo me comió a mí, como en Pinocho. O algo así. No pido que me entiendan, nunca pedí la voz que ahora tengo, un estruendo en el silencio.
Hay que decirlo claro, yo invoqué al demonio. Yo fui el culpable de que el mundo cayera. Lo busqué, con desquicio, con la certeza de ser el hombre más genial de su tiempo. Pobre de mí. Tonto de mí. El demonio cayó con sus huestes y tomó mi casa. Sí, mi casa. Por semanas enteras mi departamento se convirtió en el aguantadero de la bestia.
Latas de cerveza, restos de porro y un calzón cagado que vaya uno a saber cómo apareció colgado del ventilador. El demonio, sí, el culpable de mi ruina. Yo lo invoqué. Mi idea era desatar el apocalipsis, como todo buen cristiano lector de la Biblia. Solo logré traer a un tarado mental con una junta de adolescentes del infierno. ¿Puede pasar, no?

jueves, 27 de octubre de 2016

Día 893: El corazón delatado

La banda siguió tocando y a mí ni me inmutó. El mundo se volvió loco. Tambores, redoblantes y elementos percusivos por doquier. Era gracioso verlos, debo confesar, las personas con sus manos en los oídos. Bueno, salvo el viejo. Esa persona sí era capaz de hacerme sacar de quicio. Una vez se metió dentro de mi habitación. Se quedó como media hora mirándome mientas me hacía el dormido. Viejo pervertido. Y yo que vaya a saber por qué carajo le otorgué la confianza de meterse en mi casa. Cosas que uno nunca va a poder explicar.
El viejo era un raro espécimen. Feo, mejor dicho, feo como un culo salido de una revuelta de la segunda guerra mundial. Así de feo. Quizás el detalle más atroz era esa cuenca vacía. Ahí debía haber un ojo. Al menos eso es lo que se espera de una persona normal. Bueno, no importa, este relato no trata de cosas normales. Cuando los ruidos de las percusiones empezó a volver puta a la gente yo seguí con mi vida normal de hombre medio asalariado. Cada tanto aproveché las circunstancias para robar algún que otro banco. Nada raro, ya saben, si se imaginan a toda una ciudad bailando como monos rabiosos el baile del oído descompuesto. El viejo fue el primero que me vino con las buenas nuevas. ¿Es que estás sordo? ¿No lo sentís? El bombo del infierno, el redoblante de Lucifer, el hi hat de Belzebú y cosas así por el estilo.
No, era mi respuesta, no lo escucho y mi oído aún funciona. Audiometría perfecta, menos diez en cada oído para ser precisos. Ese era mi prontuario acústico. Pero la cosa no quedó ahí. No, no. El viejo quería más. El viejo quería, no, mejor, necesitaba joderme la vida.
Y debo decir, su empresa fue un éxito. Día y noche me taladró los tímpanos con su cantaleta. El era mi tambor rechinante del mismísimo puto infierno. Y me ganó. Así, por cansancio. Traelos a todos, dije, metelos debajo de las tablas del piso, dije, así dejan de sentir el puto latido que lima sus cabezas.

miércoles, 26 de octubre de 2016

Día 892: Adentro y afuera

No sé a qué se debe tal clase de empecinamiento. Debo empujarme hacia la muerte, hacia todo lo que parezca negro. Puedo ser el verdugo de las buenas noches, el alma de una fiesta perdida en el decurso de un pedo salvaje. Puedo ser la mierda más retorcida que de te ocurra imaginar. El faraón de la caca, podés imaginarlo.
En la parada del micro nos despedimos. Adiós, señor feudal, deje de generar momentos incómodos. No soslaye una verdad a una inapetencia del momento. Tiramos hasta Munro y fuimos calzados para la guerra. No sé quién batió a quién. En la calle no hay ganadores. Se trata de ser astuto. Hay que ser un relojero con las horas. Manejo del tiempo, eso te da vida cuando el peso de bufo se siente sobre la nuca. Astucia.
Dimos como cinco vueltas hasta llegar a plaza Sarmiento. Saludé a otro de la tantos relatos fisurados que deambulan por ahí. Nos conocemos, es el espacio, el hábitat. Deberían señalizar el mundo del revés, sería todo mi cuerdo de la locura. Me violenté contra un poste de luz. Me amanecí tan duro como la pared. Soy otro cuento fisurado. Ahí nos conocemos.

martes, 25 de octubre de 2016

Día 891: Falstaff

El poco discernimiento, la capacidad de entender y el resto de las cosas. Un tartamudo de la existencia. Un atropello al pensamiento, de ir rápido a más de lo que puede el mundo, darse una vuelta a si mismo y estipular un autocastigo. Sepan los pocos que me desvanezco entre las letras chicas del contrato. No veo más que bordes y espinas.Soy tonto a lo que no importa y tonto a lo que sí. Tonto del todo.
Soy ese imbécil que pregunta dos y hasta tres veces después de golpear. Cuando es tarde, cuando el aceite cae sobre la piel, cuando el ocaso es pasado. Así me siento listo. Preparado para errar hasta que me dé el cuerpo. Soy la máquina viva del fracaso regular. De una y otra y otra, de repitos y repitentes. No me atraparán en infracción. Soy la infracción. Soy el desquicio de la forma, el eco atemperado de un juicio final cualquiera.
No tal especial como para aguardar algo más. Solo uno de tantos. Un viejo estropajo del verso anónimo. Si, adonde quise una guía pregunté y me perdí. Me gana el temor de lo incierto y vuelo tan bajo como me lo permite la tierra. Soy lo eterno de lo cotidiano. Esa llama mortal que nunca se apaga aunque hielo caiga. Y aunque caiga dura será mi cabeza, dura caída, gentil Hefesto. Cojo como puedo.

lunes, 24 de octubre de 2016

Día 890: Rodeados

Fueron tiempos de loca revolución. Así quisimos que sea, a falta de algo mejor. Recuerdo que Lofredo me lo dijo más de una vez: nosotros vivimos de pedo. No es fácil la cosa cuando se está al costado de la ley. Una vez casi nos agarran. Ya saben, balas y policías, policías y balas, así nos tratan.
Nuestro experto el explosivos, el bomba (sí, ya sé, no se nos ocurrió un apodo más ingenioso), siempre nos llevó el apunte. El tipo era nuestra vanguardia, y también la retaguardia. No sé como corno hacía para estar en el detalle. Un iluminado. Una vez le dije en broma, vos tenés dos o tres clones que laburan para vos. El bomba me sonríe y no responde, el ladino guarda el secreto, lo sé.
Fue una cosa de película. Cinco patrulleros y como cien efectivos. Una batalla, y eso que no somos más que cuatro. Cuatro tipos con prontuarios similares. Nada más. Y aunque no lo crean, en ese momento experimentamos una sensación de muerte. Nos pusimos filosóficos, con la tormenta de mierda a nuestro alrededor. Nos dimos un abrazo. Eso creo que hicimos. A la buena de Dios.  Las palabras de Lofredo. Si, vivimos de pedo. Una lluvia de plomo cayó. Ni sé como contarla.

domingo, 23 de octubre de 2016

Día 889: Factores

El zapato que no calza. Un cero en el mar de unos. Nadie nació con sombra. El resto es lo agregado. Veremos, un punto. Un sin fin de mares abalanzados sobre la costa. Doble apuesta y ninguna ganancia. El significado de la vida es transcurrir nuestros días en cero.
Anduvimos perdidos, por el techo, por donde sea, y a nadie el importó. Con lo poco de fuerza nos arrastramos. En los bordes existimos, a falta de poco. Reducir el error a cero. Luego arrancamos un corazón al sacrificio. Una protuberancia espacial. A veces es mejor tirarse a menos. Esperar que la ola se calle.
Nunca fuimos testigos del silencio. La obra primordial. El sueño del esperpento. Vamos a conducirnos con la paciencia del árbol. Tomemos una calle o nada. Seamos eso que tanto no quieren. De una u otra manera. 

sábado, 22 de octubre de 2016

Día 888: Día de pesca

Un cartel a la entrada del edificio señalaba lo conspicuo de aquella persona, el fulano con el que me iba a reunir. No vine a proponerle un cambio, no soy de esos, son negocios, es la única forma en que pica el tiburón, ya saben. Me dedico a las inversiones riesgosas. Imaginen una lotería, con la posibilidad de ganarla. Bueno, ese es mi trabajo. Acercar al tiburón a su presa.
Yo soy el riesgo. La exponencialidad de la catástrofe o el éxito. Soy un arma de doble filo. Entro por la lengua y saco el cuchillo, a veces rojo. Presento siempre dos carpetas. Azul y negra. Por lo general la azul gana, es el riesgo menor. Hay pocos dispuestos a tirar todo al carajo. Son los enfermos, o los genios, depende como quieran verlo.
Y al final, la carpeta blanca. No suelo compartirla con nadie. Es un protocolo masivo de destrucción. Traemos armas nucleares, sicarios, y todo lo necesario para tirar uno o dos países abajo. Incluso mi vida corre peligro. No la muestro. El miedo me gana. Ahí el tipo me hizo esperar cuarenta y ocho minutos. Tiene su mirada de millonario atiborrado de empresas. Y quiere más. Quiere la carpeta. Lo quiere todo. La blanca. Esa. ¿Me animaré?.

Día 887: El algo más

Contados minutos para lo que poco espero. No existe una regla mnemotécnica para olvidar. Somos el desperdicio de la sociedad, eso que las voces callan. Mi sentido diría que fui algo más para ser convocado. El espíritu de la catástrofe, un cierto silencio adecuado. Seamos concisos, brega la pantomima.
Puedo ser algo más. En la rueda de la ignorancia todos ganan. Nadie es tan adecuado como el fantasma de la cosa. Un niño pregunta en voz alta si puede sostener el cadáver. El carnaval abre las puertas. Veinticuatro horas, siete días de la semana. Un festival de la herida, expuesta, el cielo abierto, un camino que muere en las múltiples esquinas de la nada.
Si en algo nos parecemos es porque alguien lo cuenta. Una seguidilla de palabras sin sentido me ilustra, tanto como el mejor ladrón a punto de ser robado. Capturado in fraganti, la posición más adelantada. Pudimos velar al muerto con ciertos visos de inanición ritual. Pero lo dejamos respirar. Y ahora es algo más. Aunque ya no quiero mirar.

jueves, 20 de octubre de 2016

Día 886: Lo que hicimos

Un hombre de polietileno. Busquemos la identidad de la cosa. Sepan distinguir a la clientela, que el mundo se acaba. En todas las formas. Ya nadie conoce la verdad. No busquen el pelo en el huevo. Queremos que la perversión gane la Tierra. Abrir un túnel al centro del infierno. Pude depositar mi silencio en un cubículo de cristal, alejado del ruido. Pobre maquinaria del verso, se estropea la belleza y muere al costado de la ruta en una pose poco sexual.
Monigote espera. Un filomarxista puede ser el San Pedro que todos necesitamos. Esperanza, esa cosa fea. Intragable el espíritu de las noches sin sueño. Hay poco para dormir. Se piensa en el obituario. La vuelta de una de tantas esquinas. Otra vez la idea fija. Pequeñas o grandes, muertes por igual. El tiempo asesino, corta el segundo con la prisa de un samurai borracho.
No vi la nieve. Perdí el brazo y la pierna. También el cerebro. Cuando celebré el carnaval explotó la central nuclear. Anduvimos en pelotas por ahí, gritando vaya uno a saber qué. Por tradición, por costumbre. Nadie sabe lo que es estar roto. Destrozado. Así, pedazos informes. Una gran masa de carne que pugna por simular el efecto de respirar.
Algo me dice al oido que todo es broma. El chiste macabro de la creación. Dejen todo en manos de Dios. Él va a pagar la boleta. Él se va a hacer cargo de los platos rotos. Porque tiene que salir de algún lado. Quién sabe, de nuestras cabezas. Cuando el pánico brota, la inteligencia y eso tal vez sea nuestro mejor invento.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Día 885: Lotofagia

Bebí como nunca, tanto como me lo permitió la garganta. Adobé el corazón con una corona de espinas. Es tan difícil aterrizar el avión. Nadie está en control. Volvimos de la muerte para decirle al mundo lo grandioso de ser un zombie. Sin melodramas. Supimos condenar al esperpento a veinte mil años de cárcel. Lo mandamos a otra galaxia, por las dudas. Ya saben, somos tipos duros. Sobre todo yo, el borracho.
Una vez ahogué a un perro. En realidad creo que era un bebé. Solo vi el charco de lodo. Fue una escena confusa. Que nadie apague la fiesta. Que nadie apague el respirador. Viva la vida, viva la mentira. Que viva el vómito. Ya saben esa vieja historia, la perorata de que Roma no se construyó en un día. Eso. Lo mismo para lo otro. El constante estado de destrucción, día a día, segundo a segundo. Un grano de caos sobre la arena de los tiempos voleados.
Esto es, lo mismo es, un misterio ya resuelto. Una vieja cantaleta de padres abandonados y vecinos violadores. Nos pudo la codicia, ya saben. Y el olvido. Esa flor de loto que sigue masticando el necio, se escupe sobre nuestras lenguas. No debimos decir tantas cosas feas. Es solo una interrupción en lo ya transmitido. Lo habitual de la programación, tiros, sexo y la droga. La mucha droga para tantos pocos. La mastica. La mastica y no recuerda para qué.

Día 884: Lo nunca soñado

Erradiquemos el problema, arrojemos el motor por la ventana. Hagamos nuestra propia realidad, con nuestros propios problemas. Creemos el entorno necesario para que se pudra la semilla. Verán, no estoy emocionado. El siglo me pasó por arriba, con su mejor caballo. Mi traje de fiesta es un desastre. Allá deposité todas mis esperanzas. El plazo fijo no vino, también se pudrió. Debimos parecer unos locos.
Soñar no es parecer. Soñar puede ser el espejo de todos los errores posibles. Tantos juntos que son lo puro. Lo perfecto. Si, por supuesto, el momento. No somos los indicados. Siempre golpearon a la puerta equivocada y abrimos. No nos queda otra. Vivir de las apariencias, comer en las sombras, cultivar la lepra y amar el hambre.
Nos golpeamos a la cabeza con una peonza. El circo se fue y nos dejó la mugre. Sigamos. Hay que morir en el pasto, no queda otra. Tan cierta puede ser, la verdad o la mentira. La palabra y su reflejo. Aprendí de la canoa a dejarme llevar por el viento. No fuimos indios y aún así somos el genocidio que camina por ahí, libre de culpa. No somos más, aunque queramos parecerlo.

lunes, 17 de octubre de 2016

Día 883: Monday i'm in mourn

El retorno a la tierra de nadie. Nunca se espera un mejor mañana. Nacemos podridos por donde se nos ocurra. Un dialéctica trabada, inoperante, burla al mejor sentido con datos innecesarios. Y nos hace decir que mejor es la muerte, que tal vez, incluso, sea mejor no haber nacido. Rotos y descosidos, caballos sin esperanzas galopan en la planicie reticular de la selva.
Perdemos el conocimiento y nos emborrachamos con la insensatez de los tiempos, de la cosa pasa y el tiempo literario. No supimos ser lo mejor. No supimos ser. Nos condenamos a saberlo todo de antemano sin siquiera haberlo visto. Los ojos de un dios desconocido, una misión que observa el desarrollo del mono.
No usen las medidas conocidas. Estiren las gotas, aspiren el rocío. Nos drogaremos con tanta realidad revoloteando por ahí. Hacer y ser, tal vez una burla al o del destino. Nunca se saben. No lo tenemos claro. Pero de perdidos se aprende a encontrarse en la perdición.

domingo, 16 de octubre de 2016

Día 882: El resto fue historia

Hagamos como si nada hubiera pasado, me dijo. Luego volvió a enterrar el cuchillo a la altura de mi abdomen. Me salvé de milagro. Creo que me tiraron rápido en el hospital, por eso zafé. Adentro, entre cables, trataron de matarme de nuevo, como en El Padrino, ¿se acuerdan? No tenía a ningún mafioso que me haga la pata allá afuera. Fue suerte, otra vez.
En ese entonces pensé: creo que tengo demasiada suerte. Mucha, mucha suerte. Y no es que haya ganado la lotería, pero vieron, son las cosas pequeñas las que al final importan. Cosas pequeñas, ya saben, como evitar ser asesinado porque recibiste como diez o trece puñaladas. Julio César no la pasó tan bien como yo. Bueno, al muchacho lo tocaron un poco más con el cuchillo, eso es cierto.
¿Y Euronymous? ¿cuántos cuchillos recibió? Todo es cuestión de desagote. El tiempo en que tarda el torrente de sangre en hacer todo un enchastre en el piso.
Después la calle me tomó por sorpresa. El afuera, con sus luces de neón y sus mujeres de cartón. La calle de tomame todo. Tomame, deseame, aplastame. La calle es un grano a punto de reventar. Por esos pasadizos me conduje. Como un experto. Eso también fue suerte. Hasta lo del meteorito. No sé como explicarlo. Un ruido infernal me dejó sordo por unos cuantos minutos. La gente creo que gritaba, y movía los brazos, o algo así. Desesperación, lo podía oler. Una piedra del tamaño de Inglaterra se acercaba a nuestra atmósfera. Corrí con la destreza de un velocista. Me ganó el pavimento.
Puedo decir que la tierra me tragó. Caí y caí, sin sentir el piso. Acá me desnuco, pensé. Caí demasiado hondo para sentir el golpe. Mi pierna derecha quedó inservible. La izquierda funciona cuando quiere. El resto del cuerpo, todo lo sano que puede haber en un ser humano. El último, ya empiezo a creer. Caí, por cierto, dentro de un bunker. Alguna instalación del gobierno, estimo. Nadie alcanzó a llegar tan rápido como yo, con mi método poco ortodoxo de caer y caer, y no dejar de caer, en el lugar indicado.

sábado, 15 de octubre de 2016

Día 881: Mandato vestal

Hace veintisiete años que no cojo. No fue un hecho fortuito. Una criatura demoníaca me arrancó el pito de cuajo. Así fue. No existe todavía ciencia que pueda recuperar el tubo de carne que perdí, si lo quieren ver de ese modo. Les cuento un poco la historia.
Hace veintisiete años era un adolescente. Tenía pelos, juventud y, por supuesto, pito. Nos solíamos juntar en la esquina de Gaona, cuando la calle no estaba tan peligrosa. Ahí charlábamos hasta que se hacía de noche sobre minas y música mientras la botella de cerveza pasaba de mano en mano. Una botella tras otra. Todos volvíamos en zigzag, pero felices.
Cada tanto pintaba salir a algún que otro recital, en ese tiempo todavía Ricky no se había suicidado. Mi grupo de amigo estaba formado por dos compañeros de secundario y tres mayores de edad. Los grandes siempre llevaban la voz cantante. Ellos querían hacernos conocer el mundo, debutar, drogarse, ver películas prohibidas. Esas cosas que hacen todos los adolescentes del universo.
El Felipe era una enciclopedia con patas. Conocía al dedillo la historia del punk, desde los Pistols hasta los Adicts. Nada escapaba a su sapiencia. El faso lo elevaba a un estatus de profesor emérito del punk, si saben a lo que me refiero. Creo que también fue por el Felipe que perdí mi pito. De él vino la idea, la gloriosa idea de jugar a la copa.
Siempre fui más bien de los escépticos. Rodrigo pensaba igual que yo. Es un movimiento minúsculo, tantos dedos sobre un pedazo de vidrio. Como habría dicho Galileo, eppur si muove. También nos pintaba el delirio con la física y la ciencia entre birras y algún polvo loco. Nosotros movemos la copa y no nos damos cuenta, dije.
No, boludo, dijo el Felipe, pasan cosas. Y ahí me soltó dos o tres anécdotas de conocidos de conocidos que la pasaron mal con el fantasma de una bisabuela endemoniada, o algo así. Si no creés, no perdés nada, chabón. Y ahí me ganó. Lógica irrefutable.
Armamos una mesa de las plegables en la misma esquina. A falta de copa bueno es un vaso de vidrio. Todavía tenía algo de birra, así que apuré el trago antes de convocar al "espíritu". Pasó un minuto, dos, tres, y nada. Apuré al llamado y con voz de locutor melodramático dijo: ¿estás ahí, "espíritu"?
El vaso casi se arrancó de mi dedo, a velocidad de Schumacher enfiló para el Si. Nos miramos entre todos. Si. Y nadie lo empujó, doy fe. Otra vez el Felipe me había ganado. Era más que posta. Si. ¿Quién sos? El vaso se movía muy rápido. De la E pasó a la L, luego una F, A, N, T. Fantasma. Si. D, E, L, A, C, H, O, T. No pudimos evitar reirnos. El fantasma de la chota. Si.
Estábamos ya medio puestos, eran las once de la noche. La cana hacía como dos horas que no pasaba por ahí. Los flacos eran del barrio y nos conocían. Así que con la libertad todavía en nuestro poder le preguntamos al fantasma de la chota qué carajo hacía dentro de un vaso en la esquina de una calle de Flores. V, E, N, bueno, no voy a deletrar todo el mensaje. El fantasma dijo: vengo a tirar el vaso. Y eso pasó. El vaso voló directo contra mi entrepierna. Sentí un golpe tan fuerte que ni tiempo tuve a gritar. El vaso astillado se me metía dentro del pantalon. El vidrio serruchaba mi pito. Así fue como hace veintisiete años dejé de cojer. Bah, en realidad nunca cojí.

viernes, 14 de octubre de 2016

Día 880: El contador de pasto

Lo atribuí a un error gramatical. Tonto de mí. Ahí lo tuve a mi contratado, veinte días y veinte noches, sin abandonar mi patio. Quise echarlo, no una, varias veces. Siempre me corrió con una suerte de ética atribuible a su extraña labor. Ese hombre entró en mi vida y no se fue más. Un busto viviente de Palas que ni siquiera se atreve a decir Nunca, ni siquiera más.
Por el contrario, el hombre, tal como lo advertía el anuncio, se dedicó a contar el pasto. Uno, dos, tres, cuatro, y así hasta que perdí la cuenta. Cada número salía de su boca con el mismo tono neutro y apagado. La cuenta se apagaba en sus dientes con un leve chasquido, casi imperceptible.
Después, para mi desgracia mayor, empezó a clasificarlos. El verde, el no tan verde, el que tiene una coloración rojiza. Y uno, dos, tres y cuatro, tantos pastos como mundos. Y allí afuera se encontraba mi perdición hecha contador de pasto. Por que el hombre no solo pedía comida, también necesitaba agua, y dinero. Y dinero. Y dinero. Mucho dinero. Vaya uno a saber para qué. No hacía más que contar pasto. Ni tiempo para hacer un depósito.
Amo esto que hago, me solía decir. Lo amo tanto. Un amante del pasto. Por veinte días y veinte noches el contador de pastos fue parte de mi vida. No lo amé tanto como el hombre y su trabajo, pero a veces las sensaciones son confusas. Creo que la edad y ciertos hábitos alimenticios le jugaron una mala pasada. El corazón dejó de bombear en la cuenta treinta y cinco millones novecientos treinta y dos mil setecientos ochenta y seis pasto. Quedó tendido sobre mi patio entre todo el césped que alguna vez fue parte de su vida. No cobraba caro. Preferí dejarlo ahí, al cuerpo, ya saben, el lugar indicado. 

jueves, 13 de octubre de 2016

Día 879: Intriga

Un corazón hecho fuego no se deshace tan rápido. Es la fuente de todo lo que fue. No sienten la puerta abierta, el aire que se cola por la rendija. Nadie puso el cartel de invitado, acá todo se olvida. El mejor pueblo es aquel condenado a morir las mil muertes. Nadie prende el aire acondicionado. El calor consume los cuerpos. Se derriten los espermas sobre la cintura de una vieja, una muy vieja mujer.
El mejor sorbo se deslizó a través de mi garganta. El agua negra de un cielo encapotado. No corten las líneas de diseño, el mundo es inocente. Si nos criamos de tanto sopapo limpio. Mojamos el moco de tanta nariz. Fuimos pisoteados por un criptodinosaurio, una marmota mutante y un amor insolente. Después decimos que pudimos. Siempre el pudimos es más aunque es menos.
Que no nos desengañe la zozobra. Fuimos asteriscos en los recodos del firmamente, últimos de una especie silenciada pero eterna. No usen el papel glasé en vano. No decoren la tumba. Sepan despertar con el descaro de un mosquito, efímero, insignificante. Ahogen el grito aunque sea el instante. Y disculpen la animalada de lo que pocos entendemos y muchos hacen. No hay necesidad.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Día 878: Imparable

El ácido de la batería sigue en la lengua. Son nueve voltios de puro poder. El poder más puro. Otrora droga. Y por supuesto, el contrabando de mejoralitos. Todo al alcance de la boca. Nada para temer. El mundo merece ser conquistado. Un pequeño Alejandro Magno toma el cuarto de juguetes. No dejen que el cuento se repita. Menudos insolentes, adultos con barba. Súcubos del alma.
Las sanguijuelas bebés crecen, maman la sangre de las naciones. Y con el espíritu. Son el debilitado paso, el que está por venir. Tomemos revancha. Nos apropiamos de su mundo. Castiguemos sus sueños. Hay que alabar al dios del dinero. Expurguemos el credo del menos es más. Furor verborrágico, penares barrocos para la totalidad de las especies.
Libertad para pocos. Intrusiones para muchos. No regalen el tiempo a la nada. El sigilo con que la niñez desaparece hacia el terremoto tiembla. No pude detenerlo. No pude.

martes, 11 de octubre de 2016

Día 877: Indolencia

Un día después para no olvidar. Lo tenemos en el corazón, claro que sí, palabras marcadas con lápices crudos. Quiero pretender que los soles queman y las estrellas son otra cosa. Son teorías poco felices. Videos planos con poco argumento para sostener. Unas tantas frases seguidas de otros puntos y unas pocas comas. Terrorismo en vivo y el directo. Sin noticias de lo mismo.
El esfuerzo de lo poco se dilata en múltiples pantallas. El ego atroz de las sombras de lo ajeno. Se confunde en una sola torsión, espíritu y silencio. Puede doler el cerebro. También es un cosquilleo a la mitad del estómago. Es una figura retórica ambivalente. Un maremoto de colores estropeado contra la ventana.
No existen los paraísos. El ilustrado momento de la destrucción sempiterna. Un eco arraigado en la lujuria de un cuarto muerto. Pocos rincones de entendimiento. Nos vamos apagando de a retazos. Somos la luciérnaga sin pilas. Llamamos a la nueva mañana, con la poca esperanza que nos resta. El cúmulo de toda la pereza. Colocaremos la pared y sepan que el golpe a la puerta pronto se viene.

lunes, 10 de octubre de 2016

Día 876: Lo general de las cosas

Algunos no me van a creer. Es una historia de las fantásticas. Acerca de un gusano que se crió debajo de un sofá. Comió monedas y así vivió hasta crecer. Un devorador de sueños. Desde abajo del cojín metamorfoseó en una cosa rara y fea. Adulteró el código genético, su propia existencia, hasta desaparecer en los costados del monstruo. La cosa fea y rara, que avanza hasta más no poder.
En la calle se vio nacer, tomó droga para hacerse mejor, ese gusano ya no gusano. Dicen que quiso hacerse el malevo interplanetario. No le funcionó. Así que volvió a su naturaleza primaria, o sea, la de fagocitar sujetos. Los pocos momentos de soledad, allá en el barrio, el gusano hecho otra cosa reflexionó. Pensó su corta vida, así como lo hace la gente que crece. Y decidió pegarse el tiro. El definitivo.
No piensen en lo obvio. Lo obvio nunca ocurre. No fue suicidio. Se mató, es cierto, pero con otro propósito diferente a morir. Se mató para ser algo más grande. Un sentido de propósito mayor. Sus células esparcidas por la tierra se conjugaron en algo mayor, un super gusano, un algo más feo y raro que azotó la Tierra por millones de años.

domingo, 9 de octubre de 2016

Día 875: Crimen en acto

El día menos esperado te voy a partir el cuello. No me importa ir en cana. En realidad no me importa. Capaz que tengo algo de lo tuyo, debimos ser hermanos o algo en algún momento de nuestras vidas. Y los minutos cuentan. Desde hace cinco años, tres meses y veinticuatro días me volví un neurótico del tiempo. Así lo controlo. Uno, dos, cinco, cuarenta. Todo cae, grano a grano, sobre el reloj de arena.
No pude ver como se caía todo encima mío. A pesar de lo mucho que pude prever. La historia se fue quedando corta a medida que las palabras se escapaban de mi boca. Después el cielo se puso gris y llovió por treinta y cuatro noches. Mamé la intemperie tanto como la leche materna. Allá afuera me convertí en otra cosa. Un animal del caos.
Las circunstancias son las que establecen el riesgo. En lo salvaje me convertí en lo que debía haber sido para la vida que nunca imaginé antes. Bebí la sangre de la tierra hasta quedar satisfecho. Luego el ulular de las sirenas me trajo de regreso a casa. Contemplé una ciudad en llamas. Un encendedor entre mis manos. A partir de ese instante supe lo que hice.

sábado, 8 de octubre de 2016

Día 874: Elegía

El punto final. Nunca pensé que íbamos a tener que desconectar al viejo. Su existencia está atada a un hilo. Ese hilo a una máquina. Signos vitales. A punto de desaparecer. El médico aparece dos veces al día. Los conozco. Intercalan partes diarios. El del mediodía es optimista con resguardos. El de la tarde es un hipócrita incurable, pero sensato. Entre los extremos y algún que otro comentario de las enfermeras me hago una idea.
Falta poco. Esa es la idea. Tengo que prepararme a esta cosa de la muerte. Porque todavía no sé como voy a enfrentar esa línea recta. Ese cero en las pulsaciones por minuto. No lo sé, esta antesala me deja hecho un novato. Todavía resta hacer algunos papeleos. El viejo no pensaba morirse así tan de golpe. Así, con casi 85 años, el hijo de puta pensaba vivir toda la vida. Ahora tengo que darle agua en la boca para que no chorree. Con un sorbete.
Va a dejar una hipoteca sin pagar, y otro par de deudas menores. Es una buena enseñanza la del viejo. Gastate la vida y que te la pague el resto. O algo así. Lo voy a extrañar al grandísimo hijo de la gran puta.

viernes, 7 de octubre de 2016

Día 873: Deudas ultraterrenales

Tomemos la ciudad. No demos aviso. Las mejores cosas se dan cuando menos parecen. No hay que dejar lugar para la incógnita. Con un pie en terreno misterioso descubro el otro costado del planeta. No existe un mejor nombre, es la libertad. Usted también puede sentirla. Hay que seguir unos cuantos pasos, hasta caer muerto. Después viene la parte complicada.
Hacer trámites en el otro mundo es cosa seria. Se puede tardar una eternidad hasta que conseguís los papeles para ser libre del todo, me refiero, a obtener licencia para asustar y para mostrarte a nivel orgánico, o sea, al lugar donde pertenecías cuando estabas vivo. Después vienen los meses de inspección. A veces las licencias caen. Ya saben, la burocracia de los muertos es un suplicio.
Cuando todo está en orden, o creemos que es así, un muerto es libre de hacer lo que se le antoje, y puede, si se lo permiten las fuerzas, tomar una ciudad sin aviso. Claro que para ese entonces el tedio gana. Ser un fantasma rebelde o indolente lo mismo da. El precio de lo libre se paga. Y se tiene que pagar, sea como sea.

jueves, 6 de octubre de 2016

Día 872: Los bienes

Podés acertar con tino al ganador del premio gordo. Lo mandamos a serruchar. Creo que un pedazo llegó hasta Nueva Jersey, al viejo no le gusta joder cuando de advertencias se trata. A mí me da miedo esa palabra. El viejo no es de amenazar, ni siquiera lo escucho pronunciar la palabra muerte. Pero cuando hay que advertir a alguien de algo, más vale que esa persona se fugue a Plutón, si es la semana pasada, mejor.
Siempre fui parte de la familia. Desde el 91 que hago trabajos en el establo del viejo. Me confió a sus mejores caballos y nunca lo defraudé. No es un tipo que se las dé de apostador, no piensen mal, es para pasear a sus nietitas. Con los años le vino toda esa cosa melancólica. Es un buen abuelo, un patriarca adecuado. Sus tres nietas lo adoran. 
A mí el viejo me enseñó muchas cosas, sobre todo el respeto por la vida. Eso es sagrado, Carlo. Nunca te ufanes del prójimo, me solía decir. El orden divino es una ilusión, este es el reino de los hombres, otra de las grandes frases del viejo. Él era su propio Dios, no necesitaba más. Y nunca robó un centavo. Nunca corrompió la ley. Instauró su propio sistema, es verdad, para algunos un tributo pagano, para otros, la anarquía. El viejo quería hacer del mundo un lugar mejor donde vivir. Mamó de la misma leche que Robin Hood y Lenin. Todo se trata de reestablecer las cosas como deberían ser y no cómo algunas personas quieren que sea, Carlo. Así lo recuerdo antes que una arteria obstruida se lo llevara. 
Con tantos parientes cercanos me confió a mí su bien más preciado. Quizás entendía que yo era su par. Otro idealista incurable. Carlo, esto es tuyo. ¿qué cosa? Todo, hijo mío. Avanza. Adelante. 

miércoles, 5 de octubre de 2016

Día 871: Depresión y la vida

La última vez que recuerdo algo punzante de vos, me dijo María, fue cuando me cogiste. Después no recuerdo más. Así fue como esa mujer retrató con su lienzo de palabras el fracaso de mi vida. Digamos que nací al pedo. Un accidente, una mala cuenta de espermatozoides, una fuga no prevista, el azar, todo eso soy yo. Si mamá viviera se lo diría. Ahora tengo huevos suficientes para decírselo. No, miento, si despertara de la tumba seguro me cago todo y vuelvo a ser el mismo pollito asustado de antes. Para qué mierda me engaño.
Si fuese un poco menos cagón le hablaría a mamá de abortos y pastillas, de como con un simple procedimiento quirúrgico podría haberme extirpado de la existencia. Así de fácil, chau mundo. No más antidepresivos. No más venas oxidadas por el filo de la Guillette. Ni para eso me dieron los huevos. Soy un actor de reparto y no puedo pretender más. Creo que me gusta hundirme. Soy como eso que dicen, un masoquista. Vivo de y para el dolor. Qué se yo, no recuerdo un mejor modo de vivir, una terapia distinta.
A veces me siento en la esquina de la pieza y dejo que el polvo se acumule sobre mi cabeza. Creo que espero algo que no sé qué carajo es. Después me gana el afán de supervivencia y salgo a comer un algo. Termino sentado en otro lugar, rodeado de gente desconocida, dando impresiones falsas a tipos que viven mejor que yo.
Es increíble que aún mantenga el orgullo de clase. Me gusta sentirme no pisoteado. Un pequeño rincón de libertad, eso es para mí. A veces pienso, por que puedo. En otras ocasiones prefiero desconectar todo, porque sé que es al pedo. Digo que me entiendo y es mentira. Me gusta mentir, soy un profesional en eso. Creo que el mundo me parió para ser lo que soy. Y sepan, mis queridos, que no los defraudo en un céntimo.

martes, 4 de octubre de 2016

Día 870: El amo de la botella

      El camino del depravado, lo más auténtico que podemos ser. El hombre exhibe una panza gloriosa. Años de meter cerveza. Escribe una columna de mierda para un diario de mierda. Tiene presunciones de artista, pero reconoce que no siempre se nace hecho un Hunter S. Thompson. Aún Bukowski en su efervescencia etílica tenía un método riguroso. Esos hombres sí que cagaban a trompadas a las palabras. Los demás, nosotros, somos todos depravados.
      Una caterva de viejos verdes a la espera de una satisfacción literaria. Desde hace años que abandonó las clases. Decía que la facultad absorbía su inspiración, como si una cosa así existiese. Inspiración. Musas. Boludeces romanticistas. Cualquier escritor, hasta los de su calaña, los peorcitos, son unas prostitutas del orden y el control. Esta idea caótica del hombre librado a sus instintos artísticos es una pose. Para la foto. Verán, la neurosis existe. No son los padres. 
      Este escritor tiene un departamento, bastante amplio. No alquila. Una muerte y una herencia aliviaron las cosas. Claro que estaban las expensas, y el resto, comida, alcohol, prostitutas, marihuana. Todo tiene un costo. Incluso para aquellos que tienen convicciones. Esos se venden caros, pero al final caen por el peso de la moneda. Hipócritas. Todos hipócritas. 
      En el segundo piso del edificio el escritor toca las teclas de una máquina de escribir. Arroja una o dos carillas. Lee el resultado. Tira una, tacha la mitad de la otra. Es un inconformista. Nadie nace con la capacidad de saber. En realidad nadie sabe. La vida tiene una similitud con esos videojuegos de primera persona. Un juego de disparos en la oscuridad. Y el mundo al acecho. El mudo está diseñado para tipos con suerte. El resto se las arregla como puede. Con cartas o sin ellas.
      Tendría que largarse con esa novela, la archivada. El cajón cada tanto habla. Emite su veredicto espectral, un conjuro que exhala una felicidad de otros tiempos. Acostumbrarse. Vivir con fantasmas. Jugar otro tanto con la resaca del fin de los tiempos. Y sobre todo escribir. No queda otra. La columnita de mierda o la novela gótica, qué carajo, todo da lo mismo, puta. Y un largo etcétera. Pasa el tiempo entre los renglones. Cada palabra que se estira un poco más. Un verbo que se conjuga mal a propósito. Delirios de grandeza. 
      A la mañana enviaría ese monstruito a la redacción. Un estudiante de editor mal pago le haría algunas correcciones. Benévolas, claro, pero violación igual. Violaría su texto. Su texto impenetrable. Es inevitable, la civilización se erige donde sea, no importa que tanto anhele construir un Mato Grosso de la existencia. La línea final la tiene el otro, el dueño del bate, el amo de la botella. 

lunes, 3 de octubre de 2016

Día 869: Deposición

El árbol señaló con gesto cómplice la conversación. Su rama inclinada hacía las veces de oído. Un diálogo humano. Esto entendía: ni una puta palabra. Es un lenguaje complicado, le señaló alguna vez un pájaro. Tiene muchos sonidos extraños que se juntan y forman otros sonidos más extraños, y todos juntos significan cosas diferentes a los sonidos. Y entre ellos no siempre entienden lo mismo. El árbol no quiso avanzar más. Ese pájaro fanfarrón. Voy a aprender humano, se dijo el árbol. 
Un perro pasó por la vereda, saludó al árbol. No sabés lo que se te viene, ladró. Otro presumido, se dijo a sí mismo el árbol. Sí, allá venían, dos humanos a los gritos. Estudiar humano era tan difícil como alguna vez le señaló el pájaro fanfarrón. Pero algo comprendía. Sonidos dispersos, ideas. Quizás con el tiempo podría adivinar sus intenciones.
En la esquina se vino a sentar. Me está mirando. Algo sabe. El perro sonrió. La noche y la bebida. Compañeros de parranda. Tantas veces verlo, eran tan parecidos. Uno de los humanos se desabrochó el pantalón. Que me detengan, dijo. Que venga toda la yuta, todo lo rati, acá mandamo nosotro, loco. Acto seguido el acto. Feliz el árbol de entender sus primeras palabras en humanos no pudo evitar decir un par de palabras en su idioma, que por curioso que parezca, no puede ser oído por el hombre. ¡Qué felicidad, me fertilizan!

Día 868: Dilema subterráneo

Aguardo. La vida no se parece a la realidad. Es más bien una película. Larga. Larga y aburrida. Sienten los puntos flagelados, que nadie los abandona. Están todos ahí. Un pulcro momento. Los dedos son garrotes. Las palabras cada vez quedan más cortas. Las ideas se agrietan. Es el desierto. El sonido de una pantomima.
No quieren desistir a las manos que aprisionan. Discurre el tiempo, grano a grano. El reloj de la realidad muerta. Toca ser cobarde. Millones más en un juego de espejos, retrucado, absorbente. Hay que esperar la señal.
Somos rehenes del Libro. Caminé suelto por mucho tiempo. Un crimen mayor, de la pausa de tantos corazones. El mérito no deja de ser otro. Siempre es algo. Lo diferente, por supuesto. Siempre es un placer quebrado por la circunstancia. Siempre es el camino lateral, donde la luz es poca y el peso de todo lo que somos revierte, como nunca más. Como nunca poco.

sábado, 1 de octubre de 2016

Día 867: Correcto lugar

Abandono con gesto displicente el recinto. Es un hueco afuera de la superficie. Un eco en un jardín de puras nadas. Mi pequeño momento se estira. Soy el amo del puto instante. Nadie puede creerlo, estoy por encima de la ola. Y el tiburón se acerca. Muestra los dientes, depreda, quiere la carne que a otro le pertenece. No se la hago fácil. Así es la lucha. Por siempre.
No supe decir otra cosa. Soy tonto a lo que pasa tan rápido. Las mujeres arrastran sus piernas sobre el jugo de las especies, portan el virus del mañana, son más. Silenciadas. Soy su esclavo. Ellas ordenan. Ellas comandan. El nodo distante se enciende. Un motor a media revolución. Nacimos para esperar. Nacimos para no ser pacientes.

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