martes, 4 de octubre de 2016

Día 870: El amo de la botella

      El camino del depravado, lo más auténtico que podemos ser. El hombre exhibe una panza gloriosa. Años de meter cerveza. Escribe una columna de mierda para un diario de mierda. Tiene presunciones de artista, pero reconoce que no siempre se nace hecho un Hunter S. Thompson. Aún Bukowski en su efervescencia etílica tenía un método riguroso. Esos hombres sí que cagaban a trompadas a las palabras. Los demás, nosotros, somos todos depravados.
      Una caterva de viejos verdes a la espera de una satisfacción literaria. Desde hace años que abandonó las clases. Decía que la facultad absorbía su inspiración, como si una cosa así existiese. Inspiración. Musas. Boludeces romanticistas. Cualquier escritor, hasta los de su calaña, los peorcitos, son unas prostitutas del orden y el control. Esta idea caótica del hombre librado a sus instintos artísticos es una pose. Para la foto. Verán, la neurosis existe. No son los padres. 
      Este escritor tiene un departamento, bastante amplio. No alquila. Una muerte y una herencia aliviaron las cosas. Claro que estaban las expensas, y el resto, comida, alcohol, prostitutas, marihuana. Todo tiene un costo. Incluso para aquellos que tienen convicciones. Esos se venden caros, pero al final caen por el peso de la moneda. Hipócritas. Todos hipócritas. 
      En el segundo piso del edificio el escritor toca las teclas de una máquina de escribir. Arroja una o dos carillas. Lee el resultado. Tira una, tacha la mitad de la otra. Es un inconformista. Nadie nace con la capacidad de saber. En realidad nadie sabe. La vida tiene una similitud con esos videojuegos de primera persona. Un juego de disparos en la oscuridad. Y el mundo al acecho. El mudo está diseñado para tipos con suerte. El resto se las arregla como puede. Con cartas o sin ellas.
      Tendría que largarse con esa novela, la archivada. El cajón cada tanto habla. Emite su veredicto espectral, un conjuro que exhala una felicidad de otros tiempos. Acostumbrarse. Vivir con fantasmas. Jugar otro tanto con la resaca del fin de los tiempos. Y sobre todo escribir. No queda otra. La columnita de mierda o la novela gótica, qué carajo, todo da lo mismo, puta. Y un largo etcétera. Pasa el tiempo entre los renglones. Cada palabra que se estira un poco más. Un verbo que se conjuga mal a propósito. Delirios de grandeza. 
      A la mañana enviaría ese monstruito a la redacción. Un estudiante de editor mal pago le haría algunas correcciones. Benévolas, claro, pero violación igual. Violaría su texto. Su texto impenetrable. Es inevitable, la civilización se erige donde sea, no importa que tanto anhele construir un Mato Grosso de la existencia. La línea final la tiene el otro, el dueño del bate, el amo de la botella. 

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