miércoles, 5 de octubre de 2016

Día 871: Depresión y la vida

La última vez que recuerdo algo punzante de vos, me dijo María, fue cuando me cogiste. Después no recuerdo más. Así fue como esa mujer retrató con su lienzo de palabras el fracaso de mi vida. Digamos que nací al pedo. Un accidente, una mala cuenta de espermatozoides, una fuga no prevista, el azar, todo eso soy yo. Si mamá viviera se lo diría. Ahora tengo huevos suficientes para decírselo. No, miento, si despertara de la tumba seguro me cago todo y vuelvo a ser el mismo pollito asustado de antes. Para qué mierda me engaño.
Si fuese un poco menos cagón le hablaría a mamá de abortos y pastillas, de como con un simple procedimiento quirúrgico podría haberme extirpado de la existencia. Así de fácil, chau mundo. No más antidepresivos. No más venas oxidadas por el filo de la Guillette. Ni para eso me dieron los huevos. Soy un actor de reparto y no puedo pretender más. Creo que me gusta hundirme. Soy como eso que dicen, un masoquista. Vivo de y para el dolor. Qué se yo, no recuerdo un mejor modo de vivir, una terapia distinta.
A veces me siento en la esquina de la pieza y dejo que el polvo se acumule sobre mi cabeza. Creo que espero algo que no sé qué carajo es. Después me gana el afán de supervivencia y salgo a comer un algo. Termino sentado en otro lugar, rodeado de gente desconocida, dando impresiones falsas a tipos que viven mejor que yo.
Es increíble que aún mantenga el orgullo de clase. Me gusta sentirme no pisoteado. Un pequeño rincón de libertad, eso es para mí. A veces pienso, por que puedo. En otras ocasiones prefiero desconectar todo, porque sé que es al pedo. Digo que me entiendo y es mentira. Me gusta mentir, soy un profesional en eso. Creo que el mundo me parió para ser lo que soy. Y sepan, mis queridos, que no los defraudo en un céntimo.

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