jueves, 6 de octubre de 2016

Día 872: Los bienes

Podés acertar con tino al ganador del premio gordo. Lo mandamos a serruchar. Creo que un pedazo llegó hasta Nueva Jersey, al viejo no le gusta joder cuando de advertencias se trata. A mí me da miedo esa palabra. El viejo no es de amenazar, ni siquiera lo escucho pronunciar la palabra muerte. Pero cuando hay que advertir a alguien de algo, más vale que esa persona se fugue a Plutón, si es la semana pasada, mejor.
Siempre fui parte de la familia. Desde el 91 que hago trabajos en el establo del viejo. Me confió a sus mejores caballos y nunca lo defraudé. No es un tipo que se las dé de apostador, no piensen mal, es para pasear a sus nietitas. Con los años le vino toda esa cosa melancólica. Es un buen abuelo, un patriarca adecuado. Sus tres nietas lo adoran. 
A mí el viejo me enseñó muchas cosas, sobre todo el respeto por la vida. Eso es sagrado, Carlo. Nunca te ufanes del prójimo, me solía decir. El orden divino es una ilusión, este es el reino de los hombres, otra de las grandes frases del viejo. Él era su propio Dios, no necesitaba más. Y nunca robó un centavo. Nunca corrompió la ley. Instauró su propio sistema, es verdad, para algunos un tributo pagano, para otros, la anarquía. El viejo quería hacer del mundo un lugar mejor donde vivir. Mamó de la misma leche que Robin Hood y Lenin. Todo se trata de reestablecer las cosas como deberían ser y no cómo algunas personas quieren que sea, Carlo. Así lo recuerdo antes que una arteria obstruida se lo llevara. 
Con tantos parientes cercanos me confió a mí su bien más preciado. Quizás entendía que yo era su par. Otro idealista incurable. Carlo, esto es tuyo. ¿qué cosa? Todo, hijo mío. Avanza. Adelante. 

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