viernes, 14 de octubre de 2016

Día 880: El contador de pasto

Lo atribuí a un error gramatical. Tonto de mí. Ahí lo tuve a mi contratado, veinte días y veinte noches, sin abandonar mi patio. Quise echarlo, no una, varias veces. Siempre me corrió con una suerte de ética atribuible a su extraña labor. Ese hombre entró en mi vida y no se fue más. Un busto viviente de Palas que ni siquiera se atreve a decir Nunca, ni siquiera más.
Por el contrario, el hombre, tal como lo advertía el anuncio, se dedicó a contar el pasto. Uno, dos, tres, cuatro, y así hasta que perdí la cuenta. Cada número salía de su boca con el mismo tono neutro y apagado. La cuenta se apagaba en sus dientes con un leve chasquido, casi imperceptible.
Después, para mi desgracia mayor, empezó a clasificarlos. El verde, el no tan verde, el que tiene una coloración rojiza. Y uno, dos, tres y cuatro, tantos pastos como mundos. Y allí afuera se encontraba mi perdición hecha contador de pasto. Por que el hombre no solo pedía comida, también necesitaba agua, y dinero. Y dinero. Y dinero. Mucho dinero. Vaya uno a saber para qué. No hacía más que contar pasto. Ni tiempo para hacer un depósito.
Amo esto que hago, me solía decir. Lo amo tanto. Un amante del pasto. Por veinte días y veinte noches el contador de pastos fue parte de mi vida. No lo amé tanto como el hombre y su trabajo, pero a veces las sensaciones son confusas. Creo que la edad y ciertos hábitos alimenticios le jugaron una mala pasada. El corazón dejó de bombear en la cuenta treinta y cinco millones novecientos treinta y dos mil setecientos ochenta y seis pasto. Quedó tendido sobre mi patio entre todo el césped que alguna vez fue parte de su vida. No cobraba caro. Preferí dejarlo ahí, al cuerpo, ya saben, el lugar indicado. 

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