sábado, 15 de octubre de 2016

Día 881: Mandato vestal

Hace veintisiete años que no cojo. No fue un hecho fortuito. Una criatura demoníaca me arrancó el pito de cuajo. Así fue. No existe todavía ciencia que pueda recuperar el tubo de carne que perdí, si lo quieren ver de ese modo. Les cuento un poco la historia.
Hace veintisiete años era un adolescente. Tenía pelos, juventud y, por supuesto, pito. Nos solíamos juntar en la esquina de Gaona, cuando la calle no estaba tan peligrosa. Ahí charlábamos hasta que se hacía de noche sobre minas y música mientras la botella de cerveza pasaba de mano en mano. Una botella tras otra. Todos volvíamos en zigzag, pero felices.
Cada tanto pintaba salir a algún que otro recital, en ese tiempo todavía Ricky no se había suicidado. Mi grupo de amigo estaba formado por dos compañeros de secundario y tres mayores de edad. Los grandes siempre llevaban la voz cantante. Ellos querían hacernos conocer el mundo, debutar, drogarse, ver películas prohibidas. Esas cosas que hacen todos los adolescentes del universo.
El Felipe era una enciclopedia con patas. Conocía al dedillo la historia del punk, desde los Pistols hasta los Adicts. Nada escapaba a su sapiencia. El faso lo elevaba a un estatus de profesor emérito del punk, si saben a lo que me refiero. Creo que también fue por el Felipe que perdí mi pito. De él vino la idea, la gloriosa idea de jugar a la copa.
Siempre fui más bien de los escépticos. Rodrigo pensaba igual que yo. Es un movimiento minúsculo, tantos dedos sobre un pedazo de vidrio. Como habría dicho Galileo, eppur si muove. También nos pintaba el delirio con la física y la ciencia entre birras y algún polvo loco. Nosotros movemos la copa y no nos damos cuenta, dije.
No, boludo, dijo el Felipe, pasan cosas. Y ahí me soltó dos o tres anécdotas de conocidos de conocidos que la pasaron mal con el fantasma de una bisabuela endemoniada, o algo así. Si no creés, no perdés nada, chabón. Y ahí me ganó. Lógica irrefutable.
Armamos una mesa de las plegables en la misma esquina. A falta de copa bueno es un vaso de vidrio. Todavía tenía algo de birra, así que apuré el trago antes de convocar al "espíritu". Pasó un minuto, dos, tres, y nada. Apuré al llamado y con voz de locutor melodramático dijo: ¿estás ahí, "espíritu"?
El vaso casi se arrancó de mi dedo, a velocidad de Schumacher enfiló para el Si. Nos miramos entre todos. Si. Y nadie lo empujó, doy fe. Otra vez el Felipe me había ganado. Era más que posta. Si. ¿Quién sos? El vaso se movía muy rápido. De la E pasó a la L, luego una F, A, N, T. Fantasma. Si. D, E, L, A, C, H, O, T. No pudimos evitar reirnos. El fantasma de la chota. Si.
Estábamos ya medio puestos, eran las once de la noche. La cana hacía como dos horas que no pasaba por ahí. Los flacos eran del barrio y nos conocían. Así que con la libertad todavía en nuestro poder le preguntamos al fantasma de la chota qué carajo hacía dentro de un vaso en la esquina de una calle de Flores. V, E, N, bueno, no voy a deletrar todo el mensaje. El fantasma dijo: vengo a tirar el vaso. Y eso pasó. El vaso voló directo contra mi entrepierna. Sentí un golpe tan fuerte que ni tiempo tuve a gritar. El vaso astillado se me metía dentro del pantalon. El vidrio serruchaba mi pito. Así fue como hace veintisiete años dejé de cojer. Bah, en realidad nunca cojí.

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