viernes, 28 de octubre de 2016

Día 894: Llamada equivocada

Nos pasamos toda una vida buscando fuentes alternativas de poder. Quiero decirles que fallé. No es una cuestión de escatimar en gastos cuando se le erra fiero al asunto, verán, crié a un monstruo y el monstruo me comió a mí, como en Pinocho. O algo así. No pido que me entiendan, nunca pedí la voz que ahora tengo, un estruendo en el silencio.
Hay que decirlo claro, yo invoqué al demonio. Yo fui el culpable de que el mundo cayera. Lo busqué, con desquicio, con la certeza de ser el hombre más genial de su tiempo. Pobre de mí. Tonto de mí. El demonio cayó con sus huestes y tomó mi casa. Sí, mi casa. Por semanas enteras mi departamento se convirtió en el aguantadero de la bestia.
Latas de cerveza, restos de porro y un calzón cagado que vaya uno a saber cómo apareció colgado del ventilador. El demonio, sí, el culpable de mi ruina. Yo lo invoqué. Mi idea era desatar el apocalipsis, como todo buen cristiano lector de la Biblia. Solo logré traer a un tarado mental con una junta de adolescentes del infierno. ¿Puede pasar, no?

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