sábado, 31 de diciembre de 2016

Día 957: Antesala al fin de todas las cosas

Si despides el olor al muerto lo serás. Es la condición de aquello que no se puede evitar. El último bocinazo antes de extinguirse en el ruido de las cosas que pasan. Te confunde el panorama, la vista arrugada de tanto fruncir los ojos. El mejor de los días, cualquier sueño de monotonía recubierto de chocolate y algo de azafrán. Es la sensación de la ropa cuando nos queda corta.
Salimos en manada en busca de un vaso con agua. Es el desierto y nadie avisa. Es mas bien el destierro. Envíen refuerzos. Caeremos de a miles, hermanos en el precipicio, lemmings. ¿Cuánto faltará para el fin del mundo? ¿Mamá, falta mucho? No quiero todas las respuestas ya. Las quiero pero de a poco, una a una, que se abran, una flor en primavera, o una gripe en invierno, o verano, lo que sea. Es necesario. Todo.
Después adornaremos la verdad con algo que le quede bonito. Unas guirnaldas, tal vez un saco marrón, de esos con botones. Una verdad pituca, renacentista. O barroca. Art nouveau. Lo que venga. Una tintura para Warhol. Viviremos de eso. De no aceptar nada, aunque las cosas estallen. Queremos del paraíso, Kabul o Siria, Bahía o Guantánamo. El paraíso está ahí y alguien lo pintó. Así, mal. Fuera de los contornos. Con rayones. Los colores equivocados. El pandemonio está ahí. Y duele. Y es rico. Y tiene un olor a mil entierros. Y es. Sobre todo. Es.

viernes, 30 de diciembre de 2016

Día 956: De un lado de otro

Me quedo con el desasosiego, la figura del espanto. No hay canales para medir el miedo. Es un grito solo, confundente, que acribilla la oscuridad. No voy a estropear la melodía para decir lo que siento. El culto es el abismo, es lo que es, lo negro y todo lo demás. Nadie tendrá alas sin haber mudado plumas. Y debimos jugar con el desquicio, como para hacer pasar el tiempo.
Algo no vuelve, se queda en el medio, atorado. Adiós sumas perfectas. Nada exacto, todo es falla. Quiebres en las presunciones, paradigmas inexistentes. Todo es falla. Prenderemos fuego la máquina. Un muñeco más de fin de año. La imperfección del silicio y nosotros aparte.
Volveremos la cara al pasado, porque nos contenta repetirnos, ir a lo seguro. Y desaparecer desde ningún lugar, el fin del lente opaco. Una película debilitada. Contenido cumplido. La espera muerta, no vinimos a nacer. Fue todo un accidente. Celebremos la casualidad.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Día 955: Pulpo quemado

Muchos recordarían ese día como el del gran incendio del puente. Trajeron pólvora como para iniciar una nueva guerra de independencia. Dicen que pasado dos días del accidente, aún las estructuras de acero permanecían calientes. Nadie indagó en un motivo mayor al del terrorismo. Alguna célula hizo el descargo, luego vendrían los avisos a la prensa y todo volvería a la normalidad, al menos para aquellos heridos con posibilidad de vivir con la decencia de una cicatriz menor o una secuela pequeña en el cerebro u otra parte importante. Cincuenta y ocho personas no tuvieron la misma suerte. El dado negro cayó sobre ellos y trituró y machacó su carne con la facilidad que una mano dobla un pedazo de chocolate derretido.
Pasó un año hasta que descubrieron a los autores del hecho. Al parecer unos adolescentes quisieron montar una gran broma y les salió mal el asunto. Muy mal. Qué digo, demasiado mal, para la mierda. Lo encerraron a los pibes y lo violaron. Un tipo con una faca abrió a uno de lado a lado y terminó en el hospital casi muerto. El otro se suicidó porque seguro le salía la perpetua o algo parecido con muchos años adentro. La prensa se alimentó con la historia unos cuantos meses. Querían averiguan la motivación de los chicos a cometer el delito.
Así desfilaron parientes, psicólogos y peritos de diverso tipo por las pantallas de televisión. El morbo estaba servido a la mesa. Hasta un hipnotista tuvo sus cinco minutos de fama aludiendo saber, mediante inducción a la hipnosis, las posibles causas del crimen. Nadie sabía nada. Nadie. La verdad se encontraba oculta en el cerebro de un chico en coma. Pensaron que lo mejor sería revivirlo para confesar y que luego se muera. Cosas así, ya saben, la desesperación.
Ideas no faltaron, aunque en situaciones descabelladas las soluciones tienden a ser igual de descabelladas. Un científico propuso realizar un experimento. El hombre parecía que sabía lo que hacía, aunque nadie pudo imaginarse que El hombre centípedo era una de sus películas favoritas. Un científico loco, eso. No abundan, hace cincuenta años que están en vías de extinción. Eran tipos con inventiva capaces de realizar los trabajos más asombrosos dentro de un laboratorio. 
Le hicieron caso al final, y lo financiaron incluso. La idea era sencilla. Un transplante de cerebro. Algo visto y probado, pero nunca realizado con éxito. Hasta ese día, extraño, glorioso, o fatídico, para la ciencia, como quieran mirarlo. No voy a dar muchas vueltas, el tipo lo hizo. Pudo. Le salió bien. Aunque las consecuencias no fueron las que podía esperar.
El sujeto de prueba, el receptor, aceptó de buen grado el cerebro. Podía pararse, coordinar los movimientos de sus músculos, hasta abrió los labios dispuesto a hablar. Y la sorpresa. Nadie lo entendía. Una falla en el área de broca, dictaminó el científico sin lugar a dudas. Pero no, el sujeto de pruebas sí hablaba, aunque lo hacía en un idioma nunca antes escuchado. Palabras raras, extrañas, guturales, y un mantra que se repetía, gutulu, gutulu, gutulu fatán. Gutulu. El sujeto de prueba huyó. Más tarde supieron de él. Los incendios habían comenzado.

miércoles, 28 de diciembre de 2016

Día 954: Felicidad

Hoy estoy feliz, dispuesto a ver como la vida vomita mariposas en mi duodeno. Oigan, es un evento inaudito, no pasa siempre. Es como cuando coronan a un Papa. La gente se para y aplaude, algunos derraman lágrimas y cosas así. Son cuestiones de estado. Plana mayor. A veces deseo un atentado contra la humanidad. Cruzo mis dedos con fuerza y miro al cielo. Ahora vienen, no. Ahora vienen, no. Y no, se quedan en sus planetas, a millones de años luz de nosotros. Los telescopios que tenemos son muy precarios para descubrirlos.
En realidad no quieren venir. Nos tienen miedo. Pensarán, a ver si la humanidad es un mal que se contagia, y los entiendo. Mejor que nadie, a pesar de tener hoy una felicidad capaz de inseminar a medio edificio. A esas personas les introduciría mi miembro con ganas. Depositar unas cuantas semillas, ya saben, para mañana, uno desconoce lo que puede llegar a pasar. Una inversión a mediano plazo. No me veo como padre, pero tampoco es el proposito, entienden. Vine a este planeta a ser todo lo amargado que mis células puedan permitir. Voy a ahogarme en cada detalle idiota con la misma gravedad que el cáncer hace metástasis en las partes importantes del cuerpo. Voy porque quiero. Hundirme en esa mierda me hace feliz. Me hace sentir, ante todo, vivo.
La felicidad me vuelve tarado pero completo. Soy capaz de cerrar el círculo aunque esté mal dibujado. Nunca fui bueno en el arte. Lo mío son los números. Soy un contador profesional. Cuento polvos, autos, caca o lo que venga. Me gusta la consecución numérica. Me tranquiliza saber lo que puedo esperar de una suma. Es lo conocido. A los bebés les pasa igual. Nacimos para vivir en la zona de confort aunque muchos se empeñen en echarnos de ella.
Sé que algún día me van a contactar. Me gusta creer en el peso de lo inevitable. La muerte lo es. Los extraterrestres lo son. Yo mismo lo soy. Voy a ir adonde tenga que ir y no voy a poder evitarlo. No soy dueño de mi ser. Es un alquiler. Cuerpo en comodato. Le pedí prestado, como otros, unas cuantas partículas al universo, y luego tendré que devolverlas. Al menos voy a evitar el efecto invernadero.

lunes, 26 de diciembre de 2016

Día 953: Doble negativo

Sed de todo. La plaga del conocimiento. No dejemos lugares abiertos. Afuera los tiempos de sutiles escarmientos. Somos lo que fuimos, un concepto errado o tal vez el acierto insólito que nadie se atreve a pronunciar. Nos aferramos a la tierra para no caernos, demasiados movimientos para un solo eje. Rotación enfermiza, que me levante en andas. Canten con orgullo el himno de los perdedores. Canten tanto como así el silencio ocupa.
Portación de vida con nombre y apellido, sos lo que el planeta demanda, un héroe para la ocasión, un bardo para amenizar el rato. El sonido de la historia, el ruido blanco de nuestra especie, cuántos minutos contados antes del olvido. Secuencia de autodestrucción iniciada. No van a ver volar los pedazos. Sean consecuentes. Paguen el precio.
Con gesto villano sonreímos ante el mundo triturador de personas. No nos toca y falta poco. Aunque tanta sea la espera. Los números se agotan. Las entradas están sobrevendidas. Un recinto pequeño para una super estrella. Nos apretamos las caras contra el vidrio. El gozo es uno, siempre uno. Y nadie ante nadie. Veremos cómo sale.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Día 952: Nulidad

Un esperpento salido de lo más profundo de la úlcera. No esperes lástima, querido tiempo. Las cosas se van y no tardan en irse. Con ese jugo mal azucarado vas a salir a la vida a pedir limosna. Después van a desear la gloria. Así funciona el mecanismo. Podemos arrojar toda la madera a la pira, que el cuerpo permanece intacto. Una mancha maldita en la pared. El síntoma de la culpa. El abismo de todas las mierdas juntas. 
Coleccionamos odio para usarlo en un mejor momento. Testigos del instante. Esa cabeza quebrada del uso. No se vende. No se regala. Se tira a la basura y se busca una nueva. Un portal para nuestras emociones, que quede bien pequeño total no son muchas.
Almacenemos consecuencias. La reunión de las avispas convergen en un deseo de sangre. De la totalidad de la carne deshecha. Estoy confundido, corto de realidad. Con la palabra a medio tomar. Ahogado, acaudalado en el momento. Haré guardia de mis espinas. El sol nunca amanecerá en el mismo sitio. 

sábado, 24 de diciembre de 2016

Día 951: Horóscopo jodido

Estudié las estrellas sin posibilidad del error. Todos nos equivocamos. Mucho. Con ganas. Doctos profesores de la derrota. Es el gusto de la carta de poco valor. Un triunfo en lo esperable. Luego viene la mañana nuclear. Debimos tener algo de la culpa. El gesto cómplice del astrónomo. Miles de asteroides anuncian el fin de los tiempos. No es la arrogancia del pedante, es sabiduría inútil.
Destilar medidas adecuadas de veneno. Me atreví a pagar los platos rotos. En aquella nave del infierno nadie sabía su nombre. Y todos estaban por algo. Eso de expurgar el mal nacido. Desatar el cordón que tanto aprieta. Nutrido momento de oscuro sentido.
Un hombre sinuoso y su espacio. Acata la orden. Es el perro. La superficie mordida. No hay tiempo. No pensar. No existe. No hay mayor existencia que la maldita, la eterna. La condena de no saber distinguir vida, muerte, vigilia o sueño. En un rato todo habrá desaparecido. Y acá estaremos. 

viernes, 23 de diciembre de 2016

Día 950: Adios, Tierra

Cultivé durante la noche las últimas semillas de mi resistencia. Me rendí para dar paso a la muerte y todo lo demás. Hacer lo que se debe, comida de gusano. Intenté enredarme en una pelea por última vez y no me dejaron participar. No me daba la altura. A ciertos individuos le ponen etiquetas. La paz o la guerra, el cielo o el infierno, caer o lo que sea. No debo confiar. No debo entregarme tan fácil.
Nos gusta ser inconscientes. Lamemos el riesgo con gusto, como un helado barato a punto de derretirse. Cautivos del momento, una instantánea negra. No ver todas las millones de estrellas sobre las cabezas. Nunca abandonamos la naturaleza. No del todo. Ahí esta, una rendija, el conducto.
Sale a la intemperie sin pasaporte, arriesgado y valiente indocumentado. Nada ilegal. Así predije la crisis, el fin del mundo y todo lo demás. No calculé el resto. Un factor inesperado en mis mejores momentos, los más bajos. Tengo una predilección a esa clase de catástrofes. Ideé una cápsula de escape para cuando sea indicado. Los minutos contados y el aire escaso. Es tiempo del adiós. Adiós, Tierra.

jueves, 22 de diciembre de 2016

Día 949: Almanaque amarillo

Resiste la avalancha, con todos los pedazos juntos. El monigote de fin de año. El síntoma más cruel se anida por lo bajo, es la voz que repica y muerde. Los hombres nos parecemos, nadie escapa. Remite la estática. Ruido blanco de ocasión. Nuestro fino cogote aventurero asoma. Otea el panorama. Es pasivo a lo que es. Existir como acto itinerante. No ver más brillo en la oscuridad. Ojos que asfixian. Ojos muertos.
Perdimos la fortaleza. La carne envejece y se hace dura al diente. La encía se parte y no hay diente. No nos vamos a despertar más de aquel sueño erosivo. Mendigaremos lo que sea necesario. Desenterrar la mierda de pozos ajenos. Lo que sea. Y por supuesto, el interludio. El cobarde sobrevive, más que la suerte del valiente.
Allá afuera, el confín de la situación máxima, de culpa y esperanza. Las ruedas se detienen, nunca se movieron. La inercia. La ilusión. Cuerpos que retozan sin apenas tocarse. Estamos mejor de lo que creemos. Peor de lo que sabemos. Y tal vez dé lo mismo. O no.

miércoles, 21 de diciembre de 2016

Día 948: Los ciclos del hambre

Las crónicas documentan que ocurrió en algún momento del siglo XXII. Los científicos se cansaron de descubrir cosas. Ya no quedan misterios. Todo resuelto. Es el final. Y lo fue para algunos, que optaron la vía del suicidio. Otros tantos, un poco menos melodramáticos, sentenciaron que había llegado la hora de inventar. Así que desempolvaron sus herramientas y volvieron al laboratorio. Mezclaban elementos irreconciliables con la esperanza de generar un nuevo agujero,  universo paralelo o superhéroe. Lo que salga primero. Fueron años oscuros. Muy oscuros.
A uno de ellos se le prendió el cerebro. Un rayo desconocido le pulverizó las neuronas. Fue a partir de ese accidente que los científicos empezaron a ser más precavidos con sus experimentos. El tipo de la idea brillante vino después. Dijo que no necesitaban inventar algo nuevo. Podían remodelar el pasado. Como lo hacían las máquinas del tiempo. O mejor, podían inventar lo ya inventado. Eso no requiere mucho trabajo.
Hoy entendemos esos percances con la naturalidad que nos brinda la distancia cronológica. Estaban locos. Locos y aburridos. Eran hombres sin propósito. Ante la posible extinción, decidieron aferrarse con uñas y dientes a su pequeña parcela de conocimiento. De esta manera no es extraño entender las motivaciones que llevaron a los científicos a resucitar uno de los viejos aparatos prohibidos por el Gobierno décadas atrás.
Se trataba del aneurismaton, una máquina capaz de generar falsos recuerdos, que colocada en cierta frecuencia puede inducir al sueño y al olvido. Algunos la llamaban flor de loto. La idea fue la siguiente: potenciar a través de los satélites los alcances del aneurismaton y enviar unas dosis de frecuencia de loto. Las instrucciones eran sencillas. Olviden el mundo que los rodea.
No tardaron en llegar los grandes descubrimientos. Un asombroso dispositivo capaz de limpiar los dientes. Una red de conductos que hace desaparecer los excrementos. Un cuadrado que guarda palabras, historias.
Los descubrimientos salían a la luz con un velocidad para el asombro. A los científicos le faltó la mesura del malvado nato. Quisieron descubrirlo todo (de nuevo). En cuestión de meses todo volvió a ser como antes. Sin mayores alteraciones.
Decidieron usar una vez más el aneurismaton. Pero algo se escapó a los cálculos. Una frecuencia insólita. El efecto pareció quedar nulo. Y no fue así. Desde entonces la Tierra genera reverberancias, imposibles de medir por los científicos del siglo XXII, mercaderes de la nueva era oscura. Estas reverberancias crearon el mundo aparte, una dimensión paralela, próximo a nuestro plano existencial.
Desconocemos la naturaleza real del mundo aparte. Algunos expertos sostienen que allí se encuentran todos los recuerdos perdidos del siglo XXII. Incluso piensan que tal vez existan criaturas que se alimentan de ellos. Aún desde entonces no hay respuesta. Los científicos no dejan de trabajar en eso.

martes, 20 de diciembre de 2016

Día 947: Anuncio

Prefiero marcar líneas. Dibujarla un poco. En mi juego están todas las excusas. Voy a retrasar al universo. Que la demora sea el modo de vida. Que actúe por contagio. A mi me puede la lástima. La autocompasión. Así podemos repetirnos hasta el hartazgo de la nada misma. Un hálito irrecuperable. Un brillo caótico, amanecer de huesos.
La codicia de mi muerte. El abanico definitivo. Haremos de cuenta que no pasó nada. El juego del amo y el señor, donde nadie es el esclavo. Nos limpiaremos el tizne de la nariz y juzgaremos a las cosas por su nombre. Respirar la falta. De nuestros sueños alimentados de metano y cromo. Suficiente es dormir sin descansar.
Mi resucitar belicoso se erige sobre el nuevo Campo Santo. Es dueño del cese de la vida. Rey del polvo. Diligente. Mis anhelo. La gloria del mundo aparte. Ese espacio de irreconciliable belleza y horror. El mundo aparte, la transición, el portal. De todas nuestras intenciones. Del lamentable paso atrás que deja al descubierto el velo. Allá vamos.

lunes, 19 de diciembre de 2016

Día 946: Sentimientos invertidos

De las escaras de mi padre nace un silencio. No es el goteo intermitente del suero. Es la acojonante falta de sonido. El mundo aparte, el que todos temen. Allá vi a un casi cadaver ofrecer pelea. Percibí un instante, el momento. Ya bajó la guardia, se va, se va. Y me quedé con la finta. El truco. Así no.
A cada semana lo mismo. No mejora. El doctor amable, que explica lo obvio. Es terminal, lo sabés. La enfermedad no siempre trabaja con las mismas ganas. A veces se toma un fin de semana largo, unas vacaciones y el cuerpo aprovecha. Unas cuantas refacciones y a seguir. En la espera. La más dulce y amarga de todas.
Muchos pierden sus estribos. Arrojan sus pensamientos y anhelos a dioses y sarasas redentorias. Que se vaya en paz. Que se vaya. Que algo. Y no. Kilometro cero. El coche no avanza. Mis manos exhiben surcos no antes conocidos.
Y me percato. El viejo tiene nueva piel. El espejo devuelve una escara, pero en un cuerpo diferente. Alguna brujería, vaya uno a saber. Muero a cada día que pasa mientras que ese hombre que me dio la vida mejora, contra todo pronóstico. Sabré que el bastardo me va a dejar en la cama. El cambio es inevitable.

domingo, 18 de diciembre de 2016

Día 945: Competiciones

No voy a poder conmigo hasta las últimas consecuencias. Me lucho fuerte, soy tozudo. Debo parecer el idiota más grande del universo ante toda la paz del discurso de los bienaventurados. Hombre, mujeres, animales, rocas, todos unidos en la suerte. Estoy ajeno a la buena fortuna. Soy la cosa que nadie quiere, ese pedazo de alimento que dejan al costado del plato. Un carozo imposible de tragar. La píldora de los nueve meses después. Prueben, intenten, soy la prueba viva de la superación inconsecuente.
El paseo en la Tierra, respirar y todo lo demás, un juguete tétrico, la diversión irrealizable. Caerán, arderán, el cometa último, el del juicio final. Emitirán sus opiniones sobre mi cadáver, y quizás en ese entonces tampoco me dejen ser. Soy prisionero del labio y las cadenas de ribosomas que conducen al cerebro. Hagan un podio, convenzan al ganador de retirar los cargos sobre mi persona. Alquilen un sendero alejado de mi tumba. No debería ser tan difícil. El conjunto de monstruos que se aprestan a la puerta de mi cajón.
Allá van a colocar el tótem. Tendrán su ritual de espacios comunes y palabras esperadas. Una vez más encontrarán el modo para dejarme de lado. Agitarán la bandera blanca, por cansancio o no se qué. Quizás sonría. La derrota me hizo un experto del fracaso. Acá juego yo.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Día 944: 1990

Unas cuantas canciones entraron en el cassette. Una de INXS, otra de Chris de Burgh. También hay lugar para un clásico de Sting, y quien sabe, tal vez algo de Toto. La música nos engolosina el cerebro. Es el portal a un mejor tiempo. O a uno no tan bueno. En los ochenta le ponían a todo sintetizadores y colores fluor. Creo que la idea era que todo se pareciera un poco a Blade runner. Ya saben, el miedo al futuro y esas mierdas. Síntoma inevitable, estimo, del miedo al presente sublimado en otra cosa.
Tampoco se trata de la fidelidad del oído. El cassette es una mierda si se lo compara al vinilo. Aunque es curioso, si colocan en una maratón a un CD y un cassette, tengan la seguridad que este último gana por afano.
Acá no llegó tanto la paranoia de la guerra fría. Creo que teníamos suficientes con nuestros propios miedos. Costó trabajo erradicar la peste verde. Aún el grupo de insurrectos de las cúpulas mayores nos hicieron sufrir un poco por las cosas recientes de nuestra historia. Buscamos afuera, es cierto. Pero no importamos más miedo. Nos aquerenciamos a The police, a Jackson, Bryan Adams y otros tantos.
Ese cassette testimonio evanescente de una era. El muro cambió las razones. Se movieron los capitales con los escombros. Quedamos abajo. Quedamos arriba. Hubo furia, enojo. Algunos recordaron tiempos perdidos. El limbo de los setenta. Cayó el muro y con él se vino abajo la grandilocuencia de un lenguaje. Decir. No decir. Decir poco. En Seattle están pasando cosas. Allá mamaron a Hendrix. Algo grande está por venir.

viernes, 16 de diciembre de 2016

Día 943: Rebelación

¡Eso no estaba en el contrato, hijo de puta! dijo el acomodador antes que lo rajaran del cine con una escena que dudo que alguien quiera presenciar. Guardamos silencio, unos veinte segundos quizás. Incomodidad. Pusieron los adelantos de las nuevas peliculas, como para cortar la tensión. Cabeceé en mi asiento. Otra noche sin cine, pensé. La caravana me pasaba factura otra vez. ¿O sería la petaca que pasé de contrabando? Nadie lo va a saber. Creo que ese hombre es mi héroe. El abanderado de los acomodadores. ¿Todavía existe eso? Antes era un solo trabajo, incluso en ciertos conciertos aún los usan. Ahora son chicos de menos de veinticinco años. Los ponen a hacer pochoclos, vender entradas, destapar inodoros, ah, y también le dan una linternita para conducir a los paspados que llegan tarde a la sala a sus asientos. Menudo trabajo. Chicos sobreexplotados, cierto.
A este no sé que bicho le picó. Supongo que habrá sentido la caricia de la opresión por algún lado. Es raro que ahora salgan revolucionarios. Por lo general entregan el culo sin preguntar siquiera si va a doler. Salvo este chico. Este acomodador sintió la punta gorda que llega tarde a la función y quiere acomodarse en la retaguardia. No, al carajo la linterna, al carajo el mundo, esto no es para mí. Bravo, bravo, lo aplaudiría, si no fuese por los paspados que también me hubieran mirado a mí como un pájaro salido del mismo reservorio. No les daré ese gusto.
No compré pochoclos. Me hacen mal a la resaca. El ácido de la bebida y sus efluvios me sientan para el orto. Debería haber muerto hace un par de años. Sin magia. No hay cáncer. Solo mi cruda obstinación hacia el desbarajuste. La última película que creo recordar el argumento es una que vi una vez en Montevideo, en el 79. No sé si era el Padrino II o Scarface. No, creo que Scarface no, ni sé si se había estrenado para ese año. Desde ese entonces las películas para mi han sido un gran misterio.
Uso las salas de cine para dormirme. Creo que me da una tranquilidad que no obtengo en casa. Mi mujer está muerta. Hace diez años. No vale la pena echarle la culpa de mis descalabros. Siempre fui yo. El delirante, el artista frustrado, el de pensamientos oscuros y otras tantas cosas más. Siempre. Como nunca cometimos el pecado de la paternidad siento la soledad como nadie. Mi familia desapareció en su mayoría o yo decidí perderlos, creo que es mas lógica la segunda opción. En fin, el cine me trae una clase de desahogo de la vida en la Tierra que no me lo da nada ni nadie.
De vuelta en mi cabeza se reproduce esa pequeña trama. El chico tira al costado su uniforme, revolea la linterna y sale echando putas al grito de ¡Eso no estaba en el contrato, hijo de puta! ¡El contrato! ¡Pueden creerlo! El imberbe tuvo hasta tiempo de leerlo y asesorarse al respecto. Yo lo aplaudo. La juventud perdió la capacidad de lucha. Antes nos obligaban a pelear. Era eso o amanecer en la cárcel o con una bala. A los adultos, una vez que perdemos el sentido de aventura, nos empiezan a parecer peligrosas las ideas emocionantes. Estos chicos, lo lamento, ya no las tienen, se contentan con la pala. ¿Para que llamar a la parca, no? Se entierran solos.
Los créditos iniciales y una escena rimbombante, de manufactura hollywoodense. Estoy atornillado al asiento. Nunca estuve más despierto en mi vida, creo que va a ser una película que nunca más voy a olvidar.

jueves, 15 de diciembre de 2016

Día 942: Litio

Me gusta advertir al pedo, me da una sensación de superioridad, una que nunca tuve. La miro desde arriba, con sorna mientras que me mojo los pantalones. No debo confesar el miedo, no debo sucumbir al terror ancestral. Los vínculos que se cortan, paredes caen. Y tu preciado muro, una montaña de mierda.
Puedo divagar en muchas lenguas aunqir para expresar mis deseos no existan palabras. Quedás corto con las alternativas y nadie se explica, como un hoyo, preciado, en el cerebro, puede ser la felicidad. Puede ser, todo o nada, aunque es posible que no lo sea. Me es fácil revolcarme en el hastío. Una aspiradora quiere vaciarme. La suciedad queda bien conmigo. Atorarme de mierda. Hasta que lo bueno termine.
Mi reinado está afuera. Nunca quise esta  corona de gusanos. Al menos en mi soledad me permito ser sincero. Puedo mentirme y ser tan abarcativo como el diccionario me lo permita. Estiraré la vida, como un buen sobreviviente. Y a veces sacar la lengua, que la depresión no me impida divertirme. Los reinados caen y ya saben, eso siempre da motivos para reir.

miércoles, 14 de diciembre de 2016

Día 941: Pasos de ballet

Tocar tanto como los dedos puedan. No dejar obra en pie, que nada es sagrado, dicen. El arte muere a nuestros pasos. El sintoma de la decadencia, pero la definitiva. Aceptamos nuestra parte con la parsimonia que corresponde al caso. Y no ventilamos un rumor mayor. Las cosas suceden, aún con nuestra voluntad que juega en contra.
Dejamos de contar la mentira del infinito. Hasta este pie el límite queda. Ni un paso atras. Ni un paso delante. Justo. Detenido en el limbo de todas las sensaciones del universo. Tantas pero contables, finitas. Lo que nuestras manos abarcan los dedos tocan. El tacto curtido de quien ya dejó las cosas del amor por detrás.
Las naciones del planeta unidas en la aflicción del divorcio. Disolución del común sentido, de aquello que nos rodea. Ejecutan el plan maestro con pasos de ballet, milimétricos. Justifican el asesinato siempre que sea el de unos cuantos, los necesarios. Se prestan al juego de dios, de Kurtz y todo lo demás. Sin volver a la periférica óptica, de ojos cegados. Cuerpos que chocan en la oscuridad, panderetas de la historia. El sentido no vuelve a ser encontrado. Anónimo aguarda la bala que siempre tuvo su nombre, y no más.

martes, 13 de diciembre de 2016

Día 940: Poeta maldito

A este señor le gusta juntar huesos. Huesos de gente, de cosas muertas, personas ya no vivas, si me entienden. Una vez juró en una radio de barrio, una con alcance de cinco cuadras, más o menos, que tiene guardado en su galpón mágico los restos del Conde de Lautréamont. Este señor, por supuesto, es un excéntrico. Un loco lindo, tal vez. La vida nos da huesos, es su lema.
Y de las puertas para adentro, la privacidad. Ahí el hombre descalabró. Primero fue la observación. Nada raro en un tomador de huesos. Pero llegó la hora del baño. Dicen que el arte de la transfiguración en objetos es poco practicada. Un oficio desconocido, descubierto por un idiota que se baña con una pila de huesos a las siete de la tarde.
Las esencias volaron en todas direcciones. Millares de portales se abrieron. Unos cuantos fueron a parar a este señor. Los suficientes como para hacer parecer a la esquizofrenia un juego tonto.
Todas se pelearon para tomar el control. El anhelo más profundo de los muertos es la vida. Se saben condenados y esa es la verdad. El hombre fumó opio sin saber el por qué. Recordó Francia con una extraña melancolía, aunque nunca visitó ese país. También tuvo ganas de exterminar judíos, a pesar que el odio religioso nunca estuvo en su menú. Esas y otras tantas actitudes fuera de sí.
Murió en la completa ignorancia de su mal. Culpó su inmanente deceso a uno de esos cánceres hijos de puta que vuelan por ahí. Nadie en la autopsia colocó la causa de muerte como producto del impulso que tienen las esencias a repetir las causas de sus propias muerte. Nadie. A ese hombre nunca lo abrieron. Lo enterraron en una fosa común.

lunes, 12 de diciembre de 2016

Día 939: Es mi ansiedad

El deseo de mi madre, de hacer mi vida un cementerio. Previne el acoso de lo que se vino después, una orgía de lamentos.  No voy a decir que la pasé bien. No voy a decir. Mejor es dejarlo que muera en mis labios, como el mejor secreto del mundo. El poder narcótico de una verdad. Confite y turrones para mi muerte. No me despierten. Tengo mucha vida por dormir.
El coro de acusadores entra conmigo al baño. Corto espacio, acotado. Siniestro. Lavar la herida, lavar hasta que desaparezca. Clavo la mirada en el espejo. Soy todo lo feo que deseo ser. El tintineo de una aguja me mantiene en ese estado de apatía permanente. Déjenme ser. Déjenme ser algo. Quiero un lugar en la cola.
La vela se contrae con el viento, embiste la tempestad y ya no parece de noche. Cuantos minutos podremos contar antes de perdernos en los números. Ese temor a lo conocido, ya no ser parte de la aventura última. Una pelusa se atasca en el inodoro. El vendaval de la puerta del baño nos despide hacia otro mundo. El mismo, quizás.

domingo, 11 de diciembre de 2016

Día 938: Empate

Me contagié de tu desidia para alimentar mi ego. En algún momento me pareció que iba a ocurrir, el mundo quebrado y yo adentro. Prisionero. Un accidente épico. No pude ver tus intenciones detras de tus verdades. Me dejé llevar por lo otro, por lo acariciable. Y no te pedí la cuenta. Salí echando putas, por la puerta del fondo.
No me confundas, soy un buen tipo. Puedo agitar las banderas de las causas mas nobles y aún sentir el corte. En la carne. Ahí derecho. Voy a destilar todo el odio que se me dé la gana, porque creo que un poco te lo merecés. Otro poco es gratuito, lo entiendo, es mi parte buena.
No puedo dejar de ser bueno, aún en el odio. Odiaré como el mejor, con la mandíbula apretada y la palabra puntiaguda a mano.
De este duelo no me sacás hecho cadáver. De algún modo voy a sobrevivir para contarla. Vas a ser tierra de escrache, augur de mis nimiedades. No vamos a hacerla larga. Vas a perder y lo sabés. Te tiré el auto encima y te vacié todo lo que mis ánimos pudieron. Consideralo un empate.

sábado, 10 de diciembre de 2016

Día 937: No llame más

Los clústeres de información, los últimos retoques. Y después de eso, no más preocupaciones, ya sería un problema de la máquina de pensar. Al menos era la promesa del comercial, no más preocupaciones. La vida y el estrés, esas cosas. De a poco se agotó su fuente. Y ocurrió lo esperado. Un océano de fuego electrocutó sus neuronas.
Señor F, dijo el médico, le aconsejo reserva. Estamos por iniciar un tratamiento experimental, bajo el consentimiento de sus familiares, por supuesto. Y fue todo. Luego la confusión. Falsas memorias. Como Robocop. Película de mierda. Unos últimos retoques. Actualizar el sistema operativo. Reiniciar.
Olvidar la vida propia, ya no existís. Imaginá que de algún modo moriste. El señor F daba el control de su cerebro a la máquina de pensar. Una freidora de ideas. La vida es corta como para no aceptar los riesgos. El señor F se desplazó hacia un lugar recóndito de su propia cabeza. Un fantasma en la máquina. 

viernes, 9 de diciembre de 2016

Día 936: Fervor religioso

Suponte, solo un eco boludo. Un reverberante estallido de palabras, consecuente. Somos el señuelo de las eras, aleluya. Hasta el último escombro removí, sin encontrar la decencia de tiempos mejores, fruta para otros. Fruta para mí. Todo el inconsciente bombardea. Es la puta bomba del fin de los tiempos. Aleluya.
Con estas letras remozadas salgo al mundo y digo lo que digo porque puedo lo que puedo. Desde otro planeta recibo señales. No hay vida inteligente. Ni acá ni en el culo más recóndito de las emociones. Solo un eco boludo. Un repite que repite. Estribillo desencantado, pelotudo. La canción más idiota del mundo. No entender más de qué va la cosa.
El meo de los dioses. La vida sabrosa. Congelarnos a la intemperie. Como el canario siberiano. El culo sin preguntas. Un premio Nobel más a la decadencia. Uno más, y no jodemos más. Nos fuimos sin volver. ïtaca quedó en la puta que lo parió. Tan lejos de la miopía de mis circunstancias. El ojo malo no puede más de bueno. Recibimos el cambio con un amén. Y con su espíritu. Y ni un carajo.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Día 935: Todo lo bueno

Tengo una solución y no se cuál es el problema. Supimos ser aquello que la gente pregunta. La noche de los demonios. Es la idea de un sueño rutilante. Si tantas veces podría decir lo mismo cuánto más lo diría. Mi boca puede estar trabada en esa obsesión. 
La causa de la guerra. Allá pierden algo más que las piernas. Golpeé con todas mis armas, directo al corazón de los novicios. Y pudo el efecto sorpresa. La decisión de los cobardes. Llené los pulmones con todo el aire que pude y grité tanto, tanto, una frase ininteligible, suelta. Libre. Consistí en dejarme llevar por el silencio de la tregua. Me amigué, ya saben, con el humo de la metralla.
Luego fui el emisario del escritorio. Traje respuestas rapidas. Palabras dulces. Conferí una gruesa capa de pintura a la obra mayor. Me hice llamar el artista, en mi cruda fascinación por la sangre. Serpentinas, confeti, fiesta para los valientes. Los muertos sí que la pasan en grande. Felices tumbas. Somos todo lo bueno de la civilización. Somos todo lo bueno.

miércoles, 7 de diciembre de 2016

Día 934: El rey del puto planeta

Escogimos las mejores piezas, como para capear la tormenta. Después fue cuando vino lo malo. El descubrimiento, triste, de saber que no éramos los únicos en ese planeta de piedras verdes. Los de mi grupo éramos cinco. Seis si contamos a José. José está a punto de morir. Enfermó al aterrizar la nave. El aire del planeta le debe haber caído mal. Cinco y medio.
Nunca tuvimos muchas instrucciones. De las que podrían dar a un astronauta. No. Somos tipos comunes. Con suerte. Cuando el gran conflicto hizo mierda la Tierra, naves como la nuestra se dispararon al espacio. Así, como quien dice, al azar. Nosotros sacamos el premio mayor. No tengo dudas en decirlo. Salvo los seis, cinco, que les refería, la humanidad hizo caput.
Al principio lo creímos un paraíso. Solos, vegetación por todos lados, aire como el nuestro. Pero no, nunca estuvimos solos. Nos observaron, nos estudiaron y nos midieron a cada uno de nosotros, vaya uno a saber por qué. Ahora creo que algo lo entiendo.
Nos querian cazar. Uno a uno nos fueron matando con sus fusiles de plasma. Nunca supe si la cacería tenía algún fin específico o solo era por diversión. Quedamos arrinconados en un pequeño valle. Solo yo. Bah, José y yo. Ese bastardo había agotado sus posibilidades de sobrevivir.
Va a ser el rey del planeta. Lo pensé como quien inventa una película para divertirse mientras espera que lo atienda el doctor. Va a ser el rey de este puto planeta. Esos bichos le obedecen, no sé cómo. Y lo entendí, parte de la película se hizo realidad. Lo entendí en un gesto del moribundo José.
Era la señal. Sentí el rojo de la mira sobre mí frente. Los bichos lo van curar, para luego coronarlo. El rey del puto planeta, quien sabe, tal vez el universo.

martes, 6 de diciembre de 2016

Día 933: Revelado

A veces me contento en este sentir licántropo. Con la mirada adobo la carne. Y en un silencio testigo me abandono al furor del hambre. Por la noche mis sentidos son confusos, me olvido del hombre que dejé atrás. El sueño fragmentado de una estampida debajo de mis pies. No ví más aquel jardín florecido donde mis esperanzas se marchitaron.
Fuí dejando los pedazos, a medida que el camino se hacía cuesta arriba. Olvidé tantas cosas. Los anhelos de mi especie, sobre todo. Un gran período de indeterminación cayó sobre mí. No pude más sedar la tortura. Me abalancé sobre el infinito y aguardé a que la nube se retirara.
El mundo se presentó ante mi en su realidad absoluta. Sin mentiras. Sin engaños. Solo lo que es, y tal vez será. En el medio quedaron mis latidos de hombre insulso. Creí por unos instantes en los poderes curativos de la misa negra. Estuvimos perdidos por eternidades. Sin saber encontrar lo que ya está. Un solo preludio nos antecede. Y nos condena.

lunes, 5 de diciembre de 2016

Día 932: Democracia fingida

Se abalanzó sobre los restos de comida. Cinco meses del último banquete. El rey ha muerto, que viva el rey. Esa fantochada dijeron antes de enterrarlo y comprobar que aún vivía. Así es la miseria humana. Cinco meses llevaba oculto en el palacio. Afuera el clamor de la revolución pedía su cabeza.
Le dimos muchas facilidades a la plebe, no es de extrañar que algún día quieran más. Palabras de su sobrino, Conde de Tierras Rojas. Tenía razón. Toda la puta razón. Quizás el hubiera sido un mejor rey.  Mejor que este viejo decrépito al borde de la inanición. Un fantasma al borde del espejo.
A esos les llamaba sus pensamientos de ventana. Desde allí observaba a su antiguo reinado. Era el lugar más algo del Castillo, y del pueblo también. Es cierto, estoy sitiado. La rebelión ya había asesinado a la reina, a dos Duques, un Conde y tenía prisioneros a los día hijos del rey. Ese hombre, encerrado, alejado del poder, ya es hombre muerto.
Cada tanto venía la ilusión. El rey imaginaba un trato benévolo. No van a repetir conmigo lo de Francia, no. Vamos a hablar en buenos términos y llegaremos a un acuerdo. Fin de la historia.
Las antorchas y las armas apuntadas en dirección a su castillo cambiaban sus ánimos. Las charlas consigo mismo de extendieron por un largo mes más. Agotada hasta la última reserva de comida del Castillo, el rey se dio por vencido. Moriré loco, se dijo.
Vestido con solo una túnica verde salió adonde la plebe lo aguardaba desde hace seis meses. No pudo ensayar palabra alguna. Le volaron cerdos, tortas, papas y toda clase de comestible. Ese hombre necesita comer, gritaban. Que lo llenen. Que lo llenen. Ese era el cántico que entonaban las masas. Nunca tuvo un mejor banquete. Un banquete romano, sin dudas, pensó el rey satisfecho, antes que el dolor que le nacía del brazo izquierdo interrumpiera el festín.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Día 931: Nociones de fantasmología

Encontré un modo para decir lo que quiero sin decirlo. Es un acto masoquista de supervivencia o más bien un secreto boludo. Las cosas deben morir en mí. Ese es el principio. Luego se necesita un poco de sangre de la víctima. El portal estará abierto por unos cuantos segundos. Los suficientes. El medium del más allá solicitará claves. A lo que uno debe responder: uno cuatro veinte, o tal vez el número de pin del cajero automático. Eso depende del interlocutor que se convoque.
Será el momento de fugarse a un otro país, conseguir pasaporte, aprender un nuevo idioma. La cagué. A los mediums no les gusta que los llamen. Te joden la mente. Violan tu cerebro. Te hacen decir cosas. Si, cosas sin decirlo. Claro. Esa era la premisa inicial. Pero nadie imaginó esta situación puesta en un cubo de maldad sempiterna.
El juego de los números se tiene que repetir, uno cuatro veinte o quizás los dieciséis números de tu tarjeta de crédito. Es posible que el rito termine de este modo. No se alarmen si su cuenta corriente aparece en cero. Gastos en su tarjeta de crédito, también es algo normal. Con el tiempo se disipa. Consigan un nuevo nombre, evadan al fisco y eso es todo.

sábado, 3 de diciembre de 2016

Día 930: Crónica del hambre

Los convocaron por sus aptitudes. Son materia maleable, decían. El refugio era una fiesta. El desvío fue preciso. La excusa, un accidente. El contingente tendría que caminar unos metros hasta el área de reunión. Tiempo justo para que los cazadores hagan su magia.
Los reducirían de a poco, por diversión. Después vendrían los negocios. Cien triunfos, el valor en el mercado negro. La gran hambruna, un mal que azotaba la Tierra desde hace diez años. El tabú lo impidió en un principio. Y de la necesidad vino el negocio. Demasiada pobreza, demasiada hambre, demasiadas personas. La ecuación es sencilla. Y el secreto se descubrió.
Los seres humanos eran contratados por empresas de alimentación, para alimentar a las masas con sus cuerpos. Carne humana. Más barato que criar una vaca. Y más nutritivo, decían algunos. Tampoco quedó opción, los vegetales y otras variedades alimenticias ya no existían. Sólo la carne que recubría los cuerpos de la humanidad. Y lo más relevante, era rica.

viernes, 2 de diciembre de 2016

Día 929: Coordenadas

La catástrofe inminente de los tiempos. El porvenir de la horca. Si todos apuntaran hacia el mismo lado. Síntoma. Guerra justa. Más vale no preguntar. Dejarlo. En lo figurado. La pena mayor. La que asfixia. El bagaje de la idea. Descarrilar en lo mejor del trayecto. Un rumbo fuera de la vía.
El simposio inaguantable. Calor helado en el alma. Tóxico amanecer. Nos propusimos todas las variantes del adiós. Descubrir. Redescubrir. El secreto del kamikaze. La belleza de un ocaso, de tantos. La precisión de una palabra. El hospedaje de una bala.
Sostener el peso de los huesos. Quedar en el umbral. No decir la contraseña. Expuesto. El corazón es una fractura. Quiebre. El primero de su especie. Tanto espíritu. Poca sombra. La luz y la polilla. Carne triturada. Pagar el precio. Un ritual. Hacia donde vamos.

jueves, 1 de diciembre de 2016

Día 928: Arena de reloj

TtInmenso océano. Destacado. Omnipresente. La medida de todas las cosas. Moja la sal, contiene el aliento. Ser el fragmento de muchos pedazos. Nadie quiere ser parte. Es el juego nocivo, un arbitrio. Sin efectos colaterales. Qué mejor esperanza que no tenerla, en absoluto. No es nacer, no siquiera existir. Es el fenómeno del tránsito, irrelegado.
Modular la inconstancia, de a poco volvemos al camino viejo. Repetido. De lo inalterable y otras yerbas. No poder ver al pueblo maldito con los mismos ojos. Ojos de muerte. Creemos reconocer la verdad a punto de quedar extintos. La tortura. Los lamentos. Y más de lo mismo. Un rejunte de cerebros achatados. La ignorancia del poder. Los muchos abrazos no reconocidos.
¿Quién puede declararse culpable? No existe el juicio. Los buenos valores caen, la carne, la nafta, el precio y todo lo demás. Pecar de inercias, saben de la nada, profetas del aire. El júbilo de la palabra pronto a desvanecerse. Confiar o no en el brazo. El costado de lo más siniestro, pero costado. Dejar que el cuchillo opere. La magia de la desfiguración. Asesinemos el tiempo. Una vez más.

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